Columnistas

El Cacco: un monumento al fracaso del Estado

Reconozco la necesidad de una cárcel capaz de contener criminales peligrosos e impedir que sigan delinquiendo. Lo que no comparto es que se presente como una solución, cuando es apenas una consecuencia

Mauricio París, abogado.
Mauricio París, abogado. Foto: cortesía

Cuando tenía dieciséis años, a mi padre lo mataron en un asalto. ¶ Un par de años después, en las aulas de la UCR, me tocó padecer a una congregación bastante organizada de profesores abolicionistas, de esos que ven en la cárcel un error histórico y en el delito una especie de malentendido social. Le rezaban a Zaffaroni y peregrinaban al Ilanud. Sin duda, por mi propia historia, siempre he criticado las políticas criminales que ven al delincuente con simpatía y a la víctima con distracción. ¶ Pero aun con estos antecedentes que me etiquetan como punitivista, no veo motivos para celebrar con gala y pompa de Estado la construcción del Cacco. Reconozco la necesidad de una cárcel capaz de contener criminales peligrosos e impedir que sigan delinquiendo. Lo que no comparto es que se presente como una solución, cuando es apenas una consecuencia. Eso se reconoce bajando la voz, con algo de vergüenza, no proclamando que seremos “referente mundial”. ¶ Me incomoda, para empezar, el nombre. Ese juego de palabras que a alguien le habrá parecido muy ingenioso para bautizar la cárcel con la forma despectiva de referirse a un ladrón de barrio. Un mal chiste para un Estado que debe tomarse en serio el crimen organizado. ¶ Sí coincido con quien lo calificó de “monumento” en la inauguración. Pero monumento al fracaso del Estado social de derecho. Cinco mil plazas para guardar a costa suya y mía, querido lector, a quienes el Estado no pudo ofrecer alternativas suficientes antes de que llegaran hasta ahí. Sacarlos de circulación es lo único que sabemos hacer a estas alturas. ¶ Y no lo celebro porque, más allá de un mamotreto de concreto, lo que veo es postureo y puesta en escena. Caras bravas, discursos inflamados, música de serie de Netflix, tomas aéreas y amenazas vacías. No veo una política criminal seria, ni una propuesta clara de resocialización que detenga la puerta giratoria que hará que quien salga de allí vuelva a entrar al poco tiempo, salvo que lo extraditen, para que, al menos, sean otros taxpayers quienes lo mantengan. ¶ Lo que más me perturba es que el mismo Estado que falló en llevar escuela y oportunidades a muchos de quienes hoy encierra, recorte además los programas que podrían evitar que sigan llegando. Es un circuito cerrado: el Estado genera la demanda de cárceles con los delincuentes que él mismo ayuda a producir. Nada de esto absuelve al que delinque, pero sí le quita al Estado la posición de mero espectador indignado y sorprendido. Que el delincuente la pase mal no me desvela; por eso se le llama pena. Pero que el Estado lo humille, sí, porque eso ya no es pena, es espectáculo. ¶ Por tanto, si el Cacco hubiera existido a inicios de siglo, no sé si habría cambiado la suerte de mi padre. Pero tal vez sí lo habrían hecho una escuela, un empleo y un libro en la vida de quien lo asesinó.

m@mauricioparis.com

Mauricio París es abogado.

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