Como triunfo, no fue inesperado, pero su enorme magnitud sí resultó sorprendente. El martes, los ciudadanos estadounidenses hablaron en las urnas con una claridad muy poco frecuente en la historia de su país. Rechazaron con contundencia al presidente Donald Trump, sus políticas, maniobras y actitudes; castigaron demoledoramente a su Partido Republicano y otorgaron al Partido Demócrata un apoyo profundo, extenso y diverso. El deseo de cambio es evidente; las implicaciones, enormes, con potencial transformador, y para bien.
Es frecuente que, en las elecciones estadounidenses de medio periodo, el partido del presidente en ejercicio retroceda. En ellas se vota por un tercio del Senado y por la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes. En este caso, el descontento del electorado era tal, que se daba por sentado que los demócratas arrebatarían a los republicanos su pequeño dominio de la Cámara. En cambio, existían serias dudas sobre su capacidad para pasar de los 47 senadores actuales a los 51 necesarios para la mayoría.
Hasta los más optimistas pronósticos se quedaron cortos. Siete candidatos republicanos a senadores, en los estados de Texas, Kansas, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Iowa, Ohio y Maine, sufrieron claras derrotas. Todos –en particular, los cinco primeros– han sido tradicionales bastiones de ese partido. Kansas no elegía un senador demócrata desde 1932 y Texas, desde 1988. Además, avanzaron en todos los grupos étnicos, demográficos y socioeconómicos, particularmente la población hispana y las personas de entre 18 y 44 años.
El vuelco asegura que los demócratas contarán, al menos, con 54 escaños senatoriales (la cifra oficial avanzada la noche del jueves). Sin embargo, es posible que logren dos más, en Alaska y Misisipi, donde tienen pequeñas mayorías en conteos aún inconclusos. En la Cámara, según el último recuento disponible la noche del jueves, alcanzan los 252 escaños, frente a 216 en la actualidad, y podrían avanzar conforme se añadan resultados de varios distritos.
El éxito, sin embargo, va mucho más allá. En las legislaturas estatales también avanzaron con contundencia, lo mismo que en las gobernaciones. Ya han añadido cinco que controlaban los republicanos (Texas, Georgia, Iowa, Ohio y Nevada) a las 24 actuales, y tienen posibilidades de sumar Kansas y Alaska. El martes en la noche, Trump aceptó el resultado.
Existieron móviles múltiples para la decisión de los electores. Uno, envolvente, fue la impopularidad de Trump. A pesar de que estaba claramente reflejada en las encuestas, el presidente insistió en hacer campaña y pidió a la gente votar como si él estuviera en las papeletas. Así, convirtió la elección en un virtual referendo sobre él y su gobierno, una apuesta que perdió estrepitosamente y acentúa su debilidad en el gobierno y el partido.
Ese sentimiento de rechazo tenía causas más concretas: la guerra en Irán; el incremento en el costo de vida, producto de esta y de su política arancelaria; la corrupción; la creciente desigualdad y el rechazo a los centros de datos para alimentar la inteligencia artificial, que los electores asociaron, mayoritariamente, con Trump y su partido.
No es exagerado, entonces, hablar de un tsunami político. Su magnitud superó todas las maniobras oficialistas para incidir indebidamente en la votación. Entre ellas estuvieron diseñar distritos electorales que beneficiaran a los republicanos, esfuerzos por alimentar teorías de fraude y fallidas acciones del Departamento de Justicia para amedrentar y entorpecer la independencia de funcionarios electorales.
La democracia estadounidense ha ganado. El Partido Demócrata no ha planteado una agenda clara por seguir en el Congreso, pero ha adelantado algunas iniciativas. Eliminar recortes a la salud y otras provisiones sociales. Investigar los posibles actos de corrupción de familiares y asociados de Trump. Ejercer sus potestades sobre política arancelaria y bélica. Escrutar o frenar nombramientos del Ejecutivo en jurisdicciones federales. Llamar a cuentas a miembros del gabinete, en particular de Defensa y Justicia. Frenar los aspectos más represivos de la política migratoria. Utilizar el presupuesto como mecanismo de control. Esta es parte de la lista conocida.
Algunas de esas iniciativas serán del resorte único de la Cámara y el Senado. La legislación, en cambio, enfrentará un gran escollo: los eventuales vetos presidenciales y la falta de suficientes votos para resellarlos. La alternativa será negociar o confrontar alrededor de temas puntuales. Trump ha emitido algunos gestos conciliadores, pero dada su volatilidad, nada garantiza que se mantendrán.
El triunfo de la democracia estadounidense trasciende por mucho sus fronteras. Su mensaje resonará entre los electores en otros países. Y si bien la política exterior y de seguridad son resortes del Ejecutivo, el Legislativo puede incidir en ellas, para frenar los peores impulsos de Trump, limitar su proclividad hacia la autocracia, hacer menos errática la política arancelaria, impulsar el reforzamiento de alianzas y restaurar ámbitos de la cooperación internacional.
Estas elecciones y los realineamientos a que han conducido marcan un cambio fundamental en la política estadounidense. Elevarán las barreras contra los ímpetus autoritarios, propiciarán mayor transparencia en los asuntos públicos, abrirán oportunidades para una mejor justicia y podrán impulsar no solo el ejemplar dinamismo de su economía, sino también la mayor equidad de sus resultados.
Sobran motivos para el optimismo y la celebración.
