Cada vez con mayor ímpetu y velocidad, el calentamiento global ha dejado de ser solo un riesgo existencial inminente para convertirse en disparador de crecientes, sucesivos e inmediatos desastres. Como saldo, las temperaturas rompen récords, las muertes se acumulan y la destrucción pasa enormes facturas. Pero las respuestas concertadas para frenar estas tendencias son débiles y, en algunos casos, regresivas. Varios hechos, anuncios y decisiones recientes lo atestiguan.
El colapso de un inmenso glaciar en la cordillera del Himalaya, en agosto, arrastró enormes cantidades de rocas y produjo súbitas y masivas inundaciones en Nepal y el Tíbet, región controlada por China. Las muertes confirmadas suman alrededor de 1.500 personas; las desapariciones, muchos miles más. Ya no existen posibilidades de localizarlas con vida. El origen de esta tragedia no admite dudas. Fue el proceso de deshielo en la zona, impulsado por el incremento en las temperaturas.
El verano europeo recién pasado se convirtió en el más caliente de su historia. Produjo 35.000 muertes más de lo usual en esa estación, generó sequías en varios países y atizó amplios y devastadores incendios forestales. Estos también fueron más intensos y extensos que de costumbre en Canadá.
A principios de este mes, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) dio una nueva voz de alerta que superó en gravedad a las emitidas en años recientes. Su pronóstico es que, en los próximos años, el promedio acumulado del calentamiento global superará el límite de 1,5 grados centígrados sobre el nivel de la época preindustrial.
Ese umbral fue establecido hace poco más de diez años por el Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Ante la inminencia de que sea imposible cumplirlo a corto plazo, la entidad ha planteado una ruta menos optimista. Se trata de gestionar el “rebasamiento” de temperaturas, mientras se toman medidas para revertir la tendencia a corto plazo. Dadas las tendencias globales, la apuesta parece poco probable.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) reportó que el fenómeno climático El Niño, con sus cíclicas temperaturas extremas, se intensificará a niveles quizá nunca vistos y se mantendrá activo, al menos, hasta febrero de 2027. En Costa Rica, el impacto ya se siente. Su interacción con el calentamiento global general es lo que explica que se haya acentuado.
El costo anual de los desastres naturales, calculado por la gestora de riesgos Verisk, se encamina a costar $450.000 millones, según informó el diario británico Financial Times. Aunque no solo toma en cuenta las de origen climático, estas son determinantes. Tal como informamos ayer, el Ministerio de Hacienda nacional considera que el posible impacto de un evento catastrófico en las finanzas públicas superaría al generado por la apreciación del colón.
Entretanto, ¿qué estamos haciendo? Nos referimos, sobre todo, a los dirigentes y gobiernos con más capacidad de incidencia en el calentamiento global. La respuesta es que muy poco. Además, la reacción es errática, con algunas esperanzas de largo plazo, pero importantes retrocesos inmediatos.
La invasión rusa contra Ucrania y la guerra en Irán generaron sucesivos shocks en el suministro de hidrocarburos. Han impulsado la conciencia sobre cuán riesgoso es depender de sus flujos, y han acelerado esfuerzos de transición a energías limpias. A la vez, ha aumentado el consumo de carbono, con un impacto mucho mayor en las emisiones de gases de efecto invernadero.
Para peores, el lunes 14 de este mes, Estados Unidos anunció que eliminará las restricciones a las emisiones de sus plantas generadoras. Esto coincide con el voraz consumo energético por parte de los centros de datos para la inteligencia artificial, que en gran medida prescinden de fuentes limpias.
Además, su gobierno está ejerciendo una fuerte presión sobre los bancos Mundial, Interamericano de Desarrollo y Asiático de Desarrollo, para que reduzcan el financiamiento a proyectos de transición climática. Y a esto se suman políticas energéticas mucho más laxas en una enorme cantidad de países.
¿Despertarán a tiempo los principales actores globales para evitar una ruta irreversible? Quizá la presión pública, las nuevas tecnologías verdes, la insistencia de grupos ciudadanos y organizaciones sociales y hasta las urgencias económicas, puedan inducir un cambio. Hasta ahora, su respuesta no llama a la esperanza. Y aunque la factura material y humana sea general, golpea con mayor intensidad a los países y poblaciones más pobres.
Luchar contra el calentamiento global es, también, luchar por la justicia universal.
