
Lo que comenzó, a finales de diciembre, como una protesta puntual, por motivos económicos, muy pronto se transformó en un masivo y extendido clamor por la libertad y la democracia en Irán. El pueblo dijo “basta” y se lanzó a las calles de múltiples ciudades, con un mensaje de absoluto rechazo a la dictadura teocrática que, bajo la cobertura de una “república islámica”, domina el país desde 1979.
La brutal represión no se hizo esperar, y continúa, pero la férrea voluntad de cambio se mantiene en su desafío, al costo de múltiples vidas.
El saldo es imposible conocerlo con precisión, dado el bloqueo casi total de las comunicaciones hacia el exterior. Las estimaciones más conservadoras, divulgadas por grupos defensores de los derechos humanos, hablan de al menos 2.000 muertes, pero existe evidencia de que pueden ser muchos miles más. A ellas se suman las detenciones masivas y la amenaza de que, tras los “juicios” expeditos que se anuncian, se produzca una oleada de penas capitales. Estamos ante una tragedia de enormes proporciones y evolución incierta.
El régimen está muy debilitado. Ha perdido su escasa legitimidad interna, ante lo cual solo se perfilan dos caminos: o recuperar la iniciativa mediante el inicio de un proceso de reformas genuinas, o arreciar la represión hasta ahogar por completo las protestas. Por el momento, esta ha sido la opción, pero nada garantiza que sea sostenible a mediano plazo. Entretanto, el riesgo del caos no puede desdeñarse y el de un conflicto armado entre facciones no puede descartarse.
Una gran incógnita es si el presidente Donald Trump cumplirá con su amenaza de intervenir en Irán si el régimen no modifica su rumbo y estrategia de muertes. De hacerlo, no sabemos cuáles serían las acciones, y cuáles las consecuencias para el país y más allá de él.
A lo anterior se suma, para mal de los dictadores, el severo debilitamiento –en algunos casos, virtual extinción– de grupos militantes externos que la teocracia ha controlado y utilizado para intervenir en países de la zona, en particular Líbano, Siria y Yemen. Esto le resta capacidad de chantaje externo, aunque el régimen mantenga un músculo militar muy considerable.
Irán ha sido escenario de múltiples protestas en los últimos años. La más reciente, en 2022, fue detonada por la captura, y muerte bajo custodia, de una joven kurda iraní de 22 años, que desafió el estricto código de vestimenta femenina del país. Las autoridades respondieron como siempre lo han hecho: represión en las calles, bloqueo de Internet, arrestos y penas brutales; además, dieron algunas mínimas concesiones sociales para aplacar el enojo. Así, lograron recuperar el control, como también lo hicieron tras las manifestaciones de 2017, 2018 y 2019.
Ahora ha sido distinto. El inicio de la rebelión popular fue una huelga decretada el 28 de diciembre en Teherán, la capital, por vendedores de artículos electrónicos importados, golpeados fuertemente por los altos precios resultado de la devaluación. El pasado año, el rial, su moneda, perdió 84% de valor, y solo en diciembre cayó 16%, mientras la inflación se ha disparado.
La protesta de esos comerciantes se extendió al neurálgico “Gran Bazar”; las reivindicaciones se ampliaron, y en pocos días se convirtieron en exigencias de cambios políticos mayores, captaron multitudes y se extendieron a decenas de ciudades.
La única respuesta propositiva del régimen fue anunciar un subsidio equivalente a ocho dólares mensuales para las personas pobres, algo totalmente insuficiente y tardío; además, desvinculado de las exigencias de libertad y democracia. Por esto, la fórmula de otras épocas para restaurar la calma fracasó.
Hoy, la teocracia está más débil que nunca. Un problema para impulsar el cambio desde dentro es la dispersión del movimiento de protesta, que carece de una estructura de liderazgo claro, capaz de articularlo con real eficacia. En este vacío, ha comenzado a perfilarse como figura Reza Pahlavi, hijo del shah (monarca) depuesto en 1979 en una masiva revuelta social y religiosa que derivó en el control de los ayatolas. Sin embargo, hasta el momento no ha sido un factor aglutinante suficientemente poderoso, algo que su residencia en el exterior torna aún más difícil.
Otra posibilidad es que se produzca un conflicto entre las facciones del régimen, pero nada garantiza que, de ocurrir, se impondrá la más reformista y dispuesta al cambio. La otra es la eventual intervención externa, en particular de Estados Unidos y, quizá, también Israel. En este caso, las consecuencias estarían por verse.
La gran lección es que el sometimiento de todo un pueblo, todo el tiempo, es imposible. Podrá durar más o menos, pero en algún momento termina. La tragedia es que, antes de poder siquiera imaginar un mejor futuro, el camino estará plagado de muertes. El caso de Irán es uno de los más extremos, y aún sin salida clara.
