Editorial

Editorial: Debemos aprender a prever

Las necesidades de adaptación al cambio climático alcanzan todos los ámbitos, pero la preparación de los asentamientos humanos es inaplazable

Todos los años el invierno nos señala la imprevisión individual y colectiva que desemboca, temporada tras temporada, en graves pérdidas humanas y materiales. El primer señalamiento suele ser el alcantarillado obstruido por desechos acumulados a lo largo de las escorrentías y arrastrados hasta puntos donde se constituyen en diques.

Viene pasando desde hace semanas, y el domingo los aguaceros crearon obstrucciones en 32 comunidades del Valle Central. En muchas de ellas, hubo casas inundadas, según la Comisión Nacional de Emergencias (CNE). También hubo tres deslizamientos, sin mayores consecuencias. Los cantones más afectados no sorprenden, porque en ellos el problema es recurrente: Desamparados, Alajuelita, Moravia, Santa Ana, Escazú, San José, Mora y Puriscal.

Las lluvias de los próximos días agravarán la situación porque, según el Instituto Meteorológico Nacional (IMN), los suelos del Valle Central, el Pacífico sur y Sarapiquí ya fueron saturados por las precipitaciones recientes. La falta de limpieza de alcantarillas y acequias se confabula con la construcción en terrenos inestables para amenazar bienes y vidas. Asentamientos enteros, como Nuevo Amanecer, en La Aurora de Alajuelita, o la urbanización Valladolid, en Desamparados, sufren por este otro tipo de imprevisión.

El Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos no cesa de llamar a las autoridades a controlar la construcción sin permiso ni inspección. No obstante, los números de la construcción informal son asombrosos y algunos de los cantones más afectados por los fenómenos naturales —siempre y en los últimos días— están entre los más proclives a la informalidad. En la primera década de este siglo, unas 300.000 viviendas se alzaron al margen de la ley. En algunos cantones, el incumplimiento alcanzó el 60%.

Los llamados a la prevención también surgen del Programa Estado de la Nación. La queja permanente de sus investigadores es el bajo número de cantones con planes reguladores actualizados y el crecimiento desordenado de las concentraciones urbanas, incluidas las llamadas “ciudades intermedias”, como Ciudad Quesada y San Isidro.

Los planes reguladores son indispensables para orientar la concesión de permisos y darle dirección a la extensión de las manchas urbanas, a fin de alejarlas de terrenos en riesgo por sismos, inundaciones y deslizamientos. Si Alajuelita hubiera tenido un plan regulador y sus disposiciones se respetaran, quizá Nuevo Amanecer no habría crecido sobre una ladera inestable.

También la Academia Nacional de Ciencias llama la atención sobre los peligros del crecimiento urbano sin planificación, pese a las condiciones geográficas, geológicas y climáticas de Costa Rica, siempre amenazada por ciclones, frentes fríos, sistemas de baja presión, ondas tropicales y otros fenómenos.

La previsión es cada vez más crítica. Si algo podemos ver con claridad en el futuro, es el incremento de los fenómenos climáticos extremos. Ya lo experimentamos en nuestro país y se nos hace evidente en todos los rincones del planeta. Centroamérica será una de las regiones más afectadas por el cambio climático causado por el calentamiento global. El consenso es abrumador sobre la necesidad de disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y prever la adaptación al cambio.

En el primer aspecto, Costa Rica está encaminada a hacer contribuciones significativas en relación con su tamaño. En el segundo, estamos lejos de lograrlo. Las necesidades de adaptación alcanzan todos los ámbitos, pero la preparación de los asentamientos humanos es inaplazable.

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