
Hay datos que incomodan y datos que interpelan. El que publicó la semana pasada el Instituto de Investigación en Educación de la Universidad de Costa Rica (UCR) pertenece a la segunda categoría: ocho de cada diez estudiantes que ingresaron en 2025 carecen de la comprensión lectora necesaria para enfrentar los textos universitarios.
No es una estimación ni una percepción docente. Es el resultado de una prueba aplicada a 2.000 estudiantes en todas las sedes, con metodología rigurosa y métrica internacionalmente validada. No es, tampoco, un fenómeno nuevo: en 2024, un estudio en la Universidad Nacional (UNA) reveló que el 86% de sus estudiantes de primer ingreso carecía de comprensión lectora satisfactoria.
El dato, por sí solo, es grave. Pero su verdadero peso se revela en los márgenes: en las sedes de Golfito y Santa Cruz, ningún estudiante –literalmente ninguno– alcanzó el nivel necesario. Los universitarios con peor desempeño leen como alumnos de sétimo año de países industrializados. Se trata de jóvenes que llegaron cargando un rezago de años, no porque sean incapaces, sino porque el sistema nunca les enseñó a comprender lo que leen.
Estos informes ponen el espejo frente al país. Pero el reflejo no es solo universitario; es estructural. La investigación confirma lo que el Estado de la Educación viene advirtiendo: estudiantes de noveno año que leen como si estuvieran en tercer grado, colegios con programas de Español que no enseñan a comprender textos, sino apenas a reproducirlos. La universidad recibe lo que el sistema produce. Y lo que produce, en demasiados casos, son lectores que pasan la vista por las palabras sin que las palabras les digan nada.
Costa Rica presume, con razón, de una tasa de alfabetización superior al 98%, la más alta de América Latina, según la Unesco. Es un logro real, construido durante décadas de inversión pública y voluntad política. Pero ese dato, celebrado durante tanto tiempo, hoy es insuficiente.
Saber leer y comprender lo que se lee son dos habilidades distintas. Que casi toda la población pueda decodificar palabras en una página es una condición necesaria, pero en un mundo donde la información es compleja, abundante y muchas veces engañosa, la alfabetización mecánica sin comprensión crítica no protege; apenas rasguña la superficie del problema.
Y es que la comprensión lectora no es una habilidad cualquiera. Es la habilidad sobre la que se construyen todas las demás. Comprender un texto es comprender un argumento, evaluar evidencia, distinguir entre lo que se afirma y lo que se implica. Es, en el sentido más literal, pensar. Cuando esa capacidad es frágil, no solo se resiente el rendimiento académico; se resiente la posibilidad misma de participar en una sociedad compleja.
Una democracia que no lee bien no delibera bien. Y una que no delibera bien se vuelve vulnerable a la demagogia, a la desinformación, a los atajos que ofrecen soluciones simples en lugar de respuestas verdaderas. Resulta irónico que, en la misma semana, un vehículo disparara en la madrugada contra la fachada de la Biblioteca Nacional. La violencia, en este país, ya no se ensaña solo con las personas, ahora incluso con los lugares donde los libros esperan a sus lectores.
La geografía del problema agrava el diagnóstico. Que las sedes con peores resultados sean las más periféricas no es coincidencia; es un patrón. La desigualdad tiene coordenadas precisas y apuntan casi siempre hacia las mismas regiones. La comprensión lectora deficiente no es solo un obstáculo académico; es un mecanismo de reproducción de la desigualdad. Quien no puede leer con profundidad tiene menos herramientas para adaptarse y navegar mercados que cambian más rápido de lo que el sistema puede seguir. La brecha es también de movilidad social.
A este panorama se suma una variable nueva que seguramente no se registra aún en los estudios: la inteligencia artificial. Cuando una herramienta puede resumir y responder en segundos un texto, la tentación de delegar el esfuerzo cognitivo es alta. El riesgo no es que la tecnología reemplace el pensamiento, sino que haga invisible su ausencia. Un estudiante que no comprende un texto, pero obtiene su resumen automático, no ha aprendido a leer; ha aprendido a eludir la lectura. Esa elusión, repetida, profundizará la carencia en vez de corregirla.
La pregunta que queda es política. Costa Rica ha construido durante décadas una narrativa de orgullo sobre su educación. Esa narrativa mereció celebrarse, pero los datos exigen actualizarla, no con pesimismo, sino con la honestidad que se le exige a cualquier lector serio frente a un texto difícil.
El país que no forma buenos lectores termina siendo un país que no puede leerse a sí mismo. Y un país que no se lee con claridad tiene dificultades para saber qué le está pasando y hacia dónde debe ir. Ese es el verdadero costo de este déficit. No lo que ocurre en las aulas, sino lo que ocurre después.
