Hace 6 días

Hace pocos años, cuando el futuro de la eurozona parecía estar en juego en Grecia, el inusitado endeudamiento de ese país sirvió a muchos para advertir sobre escenarios similares en Costa Rica. La respuesta de quienes no encuentran motivo de preocupación en el déficit fiscal y más bien se burlan de la “obsesión” de sus contrarios con el problema era señalar el nivel comparativamente modesto de la deuda costarricense (algo menos de un 40% del producto interno bruto) medida contra la griega (188 %). La contrarréplica de los “obsesionados” era que para llegar a ese punto Grecia pasó por el 40 %.

Grecia es un país muy distinto y sus circunstancias no podrían distar más de las nuestras, pero eso no impedía, ni impide, extraer enseñanzas. La verdadera lección no es de porcentajes, sino de los excesos capaces de llevar a un país al borde de la ruina. El endeudamiento tiene una dinámica ingobernable a partir de cierto punto. A finales del 2007, la deuda pública griega rondaba el 90 % del PIB y, en el 2010, tres años más tarde, había alcanzado el 143 %.

En forma muy parecida, la deuda nacional había alcanzado el 58,5 % del PIB el año pasado —para alarma de los “obsesionados”— y, a finales del 2021, llegará al 80,5 % según el proyecto de presupuesto nacional del 2021 entregado a la Asamblea Legislativa por el Ministerio de Hacienda.

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En el 2019, el endeudamiento público cerró en ¢21,2 billones, en el 2020 llegará a ¢24,2 billones y en el 2021 se disparará a ¢28,8 billones. Las dimensiones griegas no estarían tan lejanas si encontráramos quien nos preste y nada hiciéramos por contener el crecimiento del déficit, lo cual no es posible por la sola vía del ingreso y tampoco únicamente por la del gasto.

Guardando las grandes diferencias, conviene recordar que Grecia, no obstante su participación en la Unión Europea y en la zona del euro, se vio obligada a hacer enormes ajustes para recobrar una esperanza de progreso. Como deberá hacerlo Costa Rica, recortó gasto público, revisó sus ruinosos regímenes de pensiones, traspasó activos, moderó las erogaciones salariales y ajustó impuestos y tarifas de servicios públicos.

El severo ajuste fue adoptado a regañadientes por Syriza, movimiento de izquierda incapaz de ofrecer una alternativa porque simple y sencillamente no la había. El realismo caló tan hondo que las medidas aplicadas fueron más allá de las exigidas por los organismos internacionales y rechazadas por el 61 % de los votos en un referendo de cuyo resultado los gobernantes pronto se vieron obligados a apartarse.

Las nuevas políticas, negociadas con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, permitieron revertir el déficit fiscal, producir un superávit primario y volver a un modesto crecimiento económico, pero la deuda mantendrá niveles estratosféricos por décadas.

Costa Rica puede intentar el camino fácil de quienes rechazaban la “obsesión” con el déficit y no encontraban punto de comparación con Grecia ni oportunidad de aprendizaje a partir de sus apuros. Después de todo, nuestra deuda “apenas” va a superar el 80,5 % el año entrante. Podemos, por el contrario, poner los pies en la tierra, como lo hizo Syriza y darnos cuenta de que cada minuto perdido es un paso en dirección al crecimiento acelerado del endeudamiento y la posible implosión de nuestra economía, con terribles consecuencias políticas y sociales. Esa es la prueba que tenemos por delante en la negociación con el Fondo Monetario Internacional y en los acuerdos internos que le sirvan de base.