“Acostúmbrense”. Con esa palabra, el presidente Rodrigo Chaves respondió a las críticas por la caída del tipo de cambio. Pronunciarla sugiere que el debate está cerrado: el dólar es bajo y el país debe adaptarse a esa realidad. Sin embargo, más que zanjar la discusión, abre una pregunta: ¿a qué exactamente debería acostumbrarse Costa Rica?
A primera vista, un dólar bajo luce como una buena noticia. Reduce el costo de los bienes importados, modera presiones inflacionarias y alivia la carga de quienes mantienen deudas en moneda extranjera. Al menos en teoría, porque en la práctica, muchos de esos beneficios no se han trasladado a los precios. El dólar baja diariamente, pero el costo de vida no lo hace en la misma proporción.
El tipo de cambio es una variable que redistribuye costos y beneficios entre sectores productivos. Lo que en un extremo se percibe como alivio, en otro se traduce en presión. Lo que se celebra en el corto plazo puede tener efectos menos visibles, pero más profundos, en el mediano plazo.
Esta dinámica revela que Costa Rica no es una economía homogénea. Conviven en ella dos realidades distintas. Por un lado, la economía internacionalizada, integrada a los flujos globales: zonas francas, exportaciones de bienes, servicios empresariales, turismo. Este segmento genera una proporción significativa de las exportaciones, atrae inversión extranjera y ofrece, en muchos casos, empleos de mayor calidad y remuneración.
Por otro lado, existe una economía doméstica, más vinculada al mercado interno: comercio local, servicios tradicionales, sector público y pymes que operan fundamentalmente en colones. Este segmento depende más del consumo interno y de la dinámica de los precios locales.
El tipo de cambio opera como una línea de tensión entre ambas. Cuando el colón se aprecia, la economía doméstica tiende a beneficiarse. Pero ese mismo movimiento tiene un efecto inverso sobre la economía internacionalizada. No existe, por tanto, un tipo de cambio que satisfaga a todos por igual. Pero la aparente simplicidad del debate dólar alto vs. dólar bajo oculta una tensión estructural: el tipo de cambio implica una redistribución de beneficios entre sectores con intereses distintos, e incluso contrapuestos.
En ese contexto, “acostumbrarse” no es un acto neutro. Es, en la práctica, aceptar que los costos que enfrentan ciertos sectores son parte de un nuevo equilibrio. Implica asumir que la pérdida de competitividad de actividades clave que sostienen la inserción internacional del país son un efecto secundario tolerable.
Y ese es un supuesto que merece mayor cuidado. Las economías pequeñas y abiertas, como la costarricense, dependen en gran medida de su capacidad para competir en mercados internacionales. No cuentan con la escala ni con la diversidad productiva de economías más grandes que pueden absorber desajustes internos sin consecuencias inmediatas. Su margen de maniobra es menor, y sus equilibrios, más frágiles.
En ese contexto, una apreciación sostenida del colón erosiona gradualmente la competitividad de los sectores exportadores y de servicios globales. No se trata necesariamente de un impacto abrupto o visible de inmediato. Es, más bien, un proceso acumulativo de decisiones de inversión que se postergan, operaciones que se trasladan a otros mercados, márgenes que se reducen hasta volverse insostenibles. El riesgo es la pérdida progresiva de dinamismo en aquellos sectores que han sido motores del crecimiento en las últimas décadas.
Esto no implica que el país deba aspirar a un tipo de cambio artificialmente alto ni que el Banco Central deba intervenir de forma sistemática para influir en su nivel. Tampoco se trata de negar los beneficios que un colón fuerte puede generar en términos de estabilidad de precios y poder adquisitivo. El punto es otro.
Reducir el debate cambiario a una orden a la adaptación pasiva equivale a simplificar un fenómeno que tiene implicaciones estructurales. El tipo de cambio es, en gran medida, el resultado de factores que exceden el control directo de las autoridades: flujos de capital, condiciones financieras internacionales, expectativas de mercado. Pero también es una variable que incide, de forma directa, en la configuración del modelo económico.
Por eso, la discusión no puede limitarse a si el país debe o no “acostumbrarse” a un determinado nivel del dólar, así como se ha acostumbrado a la inseguridad o al colapso vial. La pregunta relevante es si el país está dispuesto a asumir las consecuencias de ese equilibrio. En el fondo, el debate sobre el tipo de cambio no trata sobre el dólar, sino sobre el tipo de economía que Costa Rica quiere consolidar: una que privilegia el alivio inmediato en el consumo, o una que preserva las condiciones necesarias para competir, atraer inversión y generar empleo de calidad en el largo plazo. No son opciones excluyentes, pero sí exigen un balance consciente.
Ignorar esa tensión, o pretender que puede resolverse por simple adaptación, es desconocer la naturaleza del problema. Y en un país con márgenes cada vez más estrechos para equivocarse, posponer esas decisiones también tiene un costo. La pregunta no es si debemos acostumbrarnos, sino si podemos permitirnos hacerlo.
