Eduardo Ulibarri. 22 octubre

Los enormes aprietos económicos y fiscales que vivimos tienen orígenes múltiples. Algunos son agudos, sobre todo el desplome generado por la covid-19; otros, crónicos, como el modelo de Estado construido a lo largo de décadas, con sus enormes virtudes —que nos fortalecen— y evidentes excesos, privilegios, distorsiones y rigideces, que nos golpean. El abordaje de estos retos, sin embargo, es esencialmente político, y en democracia depende de las instituciones legítimas, en particular del Ejecutivo y el Legislativo.

Pero cuando más necesitamos su funcionalidad, la interacción entre ambos se ha hundido en las recriminaciones y poses, que nos acercan más a una crisis múltiple. Hay que frenar el proceso, con madurez y responsabilidad nacional.

El epicentro de la discusión sobre qué hacer ante la emergencia se desplazó de cómo articular un plan para evitar el colapso fiscal, abrir la vía a la estabilidad y suscribir un convenio con el FMI, a una lucha campal por el presupuesto del 2021. Si no se reencauza, peligrará no solo el desempeño del Estado el próximo año, sino la estabilidad macroeconómica en general.

El Ejecutivo cometió la gran falta de no contener, explicar ni negociar razonablemente el presupuesto con la oposición antes de enviarlo a la Asamblea; peor, atravesó en el camino una convención colectiva indignante con un gremio magisterial. Pero, una vez que cayó en comisión, lo que pudo ser una oportunidad para acercar posiciones hacia la baja, con firmeza, pero racionalidad opositora, se convirtió en una vendetta del PLN y el PUSC. En lugar de aprobar recortes generales, como correspondía, se enfrascaron en ordenar qué partidas podar y cuánto, sin valorar sus repercusiones. Es decir, coadministrar a machetazos, en lugar de legislar con estrategia.

Los diputados del PAC, por su parte, armaron una defensa de trincheras, que exacerbó más los ánimos. Resultado en Hacendarios: un caos presupuestario, que transformó un posible mensaje de seriedad fiscal en un virtual asalto a las funciones estatales, precisamente cuando más necesitamos su gestión robusta, eficaz y eficiente. Los bloqueadores y antisistema tienen razones para celebrar. Los demócratas genuinos, para lamentar. Los riesgos desbordan el flamante cajón de Cuesta de Moras. Hay que contenerlos.

Twitter: @eduardoulibarr1