
La Copa Mundial de la FIFA 2026, la más grande y exitosa de la historia, se jugó en nuestro propio barrio y sin nosotros. Más allá de la nostalgia por la ausencia de la Sele, el torneo nos deja mucho que observar y anotar fuera de lo deportivo.
Lo primero que queda claro es que Estados Unidos sigue siendo la capital del entretenimiento mundial. Su capacidad de organización, su infraestructura, su apetito por el espectáculo y la disposición a pagar de sus consumidores no tienen comparación. Estadios llenos con entradas a precios impensables en otras latitudes, así como ciudades convertidas en parques temáticos del fútbol, confirman que ningún otro mercado puede brindar lo que ofrece el estadounidense.
Sobresalió la capacidad de gestión de la FIFA. Pocas organizaciones en el mundo pueden competir con ella. Bajo la sombrilla de una federación de asociaciones nacionales, sin fines de lucro y registrada en Suiza, dirige una maquinaria deportiva y comercial sin precedentes. Por un lado, es la depositaria, garante y ejecutora de las reglas del juego; por otro, es la organizadora del torneo y la dueña de todos los derechos y de la propiedad intelectual que lo rodea. Y es, al mismo tiempo, una empresa multinacional innovadora, ágil, flexible y con una extraordinaria habilidad para leer el escenario geopolítico. Esa versatilidad explica buena parte de sus logros, aunque también despierta preguntas sobre su gobernanza, transparencia y rendición de cuentas.
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El éxito económico fue rotundo, con el consumo como gran dinamizador del comercio. Las cifras lo constatan. El torneo alcanzó una audiencia global estimada en 6.000 millones de personas y llevó a más de seis millones de aficionados a los estadios, números sin precedentes en la historia del deporte. Solo por esta edición, la FIFA proyecta ingresos cercanos a los 9.000 millones de dólares, y unos 13.000 millones de dólares para el ciclo mundialista completo. La bolsa de premios alcanzó un récord de 871 millones de dólares, con 50 millones para el campeón y un mínimo de 12,5 millones por selección clasificada.
Para las economías anfitrionas, el efecto fue igualmente tangible. Bank of America estima que el torneo dejó alrededor de 20.000 millones de dólares en la economía estadounidense, con un gasto de visitantes que creció un 17% en las ciudades sede y aficionados que desembolsaron, en promedio, 416 dólares diarios, mientras que en México la derrama se acercó a los 2.000 millones de dólares. La FIFA aplicó por primera vez el sistema de precios dinámicos, ajustando el valor de las entradas según la demanda de cada partido, y maximizó cada fuente de ingreso disponible: derechos, patrocinios, hospitalidad y licencias. Dicho en términos coloquiales, no dejó un cinco sobre la mesa.
Credibilidad en juego
Llamó la atención la relación entre política y fútbol. Aunque siempre han estado cerca, esta vez la línea divisoria fue tenue como nunca. El anuncio del FIFA Peace Prize, la llamada del presidente Trump durante el torneo, la discusión sobre la eliminación de la expulsión por tarjeta roja y las reiteradas visitas de Infantino a la Casa Blanca evidencian una cercanía entre el poder político y el ente rector del fútbol que habría sido impensable hace algún tiempo. El fútbol se convirtió en un instrumento más de la diplomacia y de la arena política, con riesgos evidentes para su credibilidad.
El apunte más interesante se refiere a los determinantes del éxito deportivo. Las instituciones importan, en el sentido que les dan Acemoglu y Robinson, como reglas del juego que crean oportunidades, premian el esfuerzo y permiten que el talento florezca.
Los países con una diáspora importante, como Marruecos, Senegal, Ghana, la República Democrática del Congo, Cabo Verde y Curazao, reclutaron jugadores formados en ambientes propicios para el alto rendimiento, con academias de primer nivel y ligas competitivas. Los países con buenas instituciones y progreso social sobresaliente, como Francia, España, Países Bajos, Bélgica y Portugal, tienden a ser más ganadores. No es casualidad que Argentina y Uruguay, dos potencias futbolísticas de este lado del charco, figuren entre los primeros lugares del índice de progreso social en América Latina. Lo mismo se aplica para las organizaciones del fútbol. Federaciones y clubes con dirigencias serias, visión de largo plazo y procesos de formación consolidados producen resultados sostenidos. A ello se suma la herencia y la cultura futbolística, ese acervo acumulado por generaciones que hace que en Argentina, por ejemplo, el fútbol se viva, se enseñe y se juegue desde la cuna.
Mirar hacia adentro
Esto nos lleva a nuestro caso. Costa Rica no clasificó al Mundial con más participantes de la historia y con la eliminatoria más sencilla que hayamos enfrentado. ¿Qué pasó? El deterioro de nuestras instituciones y del progreso social se refleja en la cancha. Por ejemplo, Costa Rica es el país de América Latina con mayores dificultades para movilizarse, con tiempos de traslado que castigan a las familias todos los días. Eso ya de por sí impide que niños y jóvenes practiquen más fútbol, pues llegar a un entrenamiento es una odisea. Agréguese el crecimiento de la inseguridad, que ha vaciado las plazas y las calles donde antes se jugaba, y el rezago educativo que limita el desarrollo integral de los futuros deportistas. La organización de nuestro fútbol tampoco escapa al diagnóstico. La Federación Costarricense de Fútbol, las ligas y los clubes arrastran debilidades de gobernanza, transparencia y procesos de formación inconsistentes. Los escándalos de las últimas semanas son un fiel reflejo de lo que sucede. El fracaso deportivo no es un accidente, sino el síntoma de un problema mayor.
Y ese fracaso tiene un precio. En un estudio reciente estimé, con base en la matriz insumo-producto del Banco Central, que la no clasificación le costó al país alrededor de 250 millones de dólares. El hallazgo más revelador es que la mayor parte de la pérdida no la sufre la industria del fútbol, sino el comercio, los restaurantes y los servicios asociados al consumo mundialista de los hogares. Perdimos la oportunidad de exponer nuestra marca a los miles de millones de espectadores a nivel global, con impactos previsibles para el turismo y la promoción de nuestro país.
¿Qué sigue? Los países exitosos señalan el camino, pues cosechan hoy lo que sembraron hace décadas con sistemas de formación que combinan escuela, club y familia. Dos buenos ejemplos son Lamine Yamal y Lionel Messi, que no son un milagro aislado, sino el producto de un sistema que los formó como futbolistas y que los acompaña como personas. Precisamente en Costa Rica, don Ricardo Saprissa creía profundamente en formar campeones de vida. Por eso exigía a sus jugadores buenas calificaciones para poder jugar y les repetía que el fútbol es una carrera corta y que hay que prepararse para la vida posterior.
Necesitamos canchas seguras e iluminadas en cada comunidad, educación física en todas las escuelas, ligas menores articuladas con el sistema educativo, transporte seguro que permita llegar a los entrenamientos y una federación a la altura de sus responsabilidades. El Mundial 2026 terminó sin nosotros. Que el del 2030 nos encuentre con la tarea hecha, no por la plata perdida, sino porque un país donde los niños pueden jugar y soñar con el escenario mundial es, sencillamente, un mejor país.
victor.umana@incae.edu
Víctor Umaña es economista.