
Generosamente subvencionada por Moscú durante más de 30 años, la Revolución cubana consiguió éxitos indudables, sobre todo en el plano de la justicia social. La educación y la salud públicas fueron declaradas prioritarias; su cobertura se generalizó y su calidad mejoró visiblemente.
Las desigualdades sociales, raciales y regionales disminuyeron sin duda alguna, entre otras razones debido al éxodo masivo de miembros de las clases altas, medias altas y medias, quienes, huyendo de la falta de libertades, buscaron refugio en la vecina Florida.
Cuba se convirtió también en un actor importante en el escenario internacional al apoyar logísticamente a los movimientos de liberación nacional en África contra el colonialismo portugués. En Centroamérica, La Habana fue protagonista activa durante los conflictos armados, al respaldar de manera irrestricta a las insurgencias en Nicaragua, El Salvador y Guatemala.
La disolución de la Unión Soviética y el fin de la solidaridad socialista significaron, en esencia, el fin del experimento revolucionario. El embargo comercial y financiero impuesto por el gobierno de Estados Unidos desde 1962 había sido parcialmente compensado gracias a la ayuda soviética, pero se convirtió en un gran obstáculo para la modernización de la economía cubana exigida por el nuevo entorno internacional.
La última década del siglo XX fue particularmente dura para la economía y la sociedad cubanas. Los hermanos Castro accedieron, a regañadientes, a liberalizar algunos aspectos de la economía, como permitir la inversión extranjera, la creación de microempresas y el fomento del turismo, pero nunca fueron más allá.
El gobierno ha desoído sistemáticamente a los economistas que abogan por reformas más profundas. Las autoridades han sido incapaces de reorientar la economía socialista hacia un modelo de capitalismo de Estado, siguiendo los ejemplos chino y vietnamita. Además, han sido erráticas en materia de política monetaria y cambiaria y han descuidado la producción agrícola. Cuba importa casi todos sus alimentos.
Con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela, La Habana encontró otro mecenas. La revolución bolivariana estableció intercambios preferenciales, en particular mediante el suministro de petróleo a precios subsidiados. Las reformas fueron enviadas a calendas griegas.
Después de los tímidos intentos de apertura del presidente Obama y del inmovilismo de Biden, la administración Trump ha endurecido el embargo, obligando a la sucesora de Maduro en Venezuela a cesar los envíos de crudo, al gobierno mexicano a suspender las ventas de petróleo y a los inversionistas extranjeros a abandonar la isla, so pena de sanciones.
Paralelamente, Washington ha posicionado el portaaviones Nimitz, acompañado de su grupo de ataque, en aguas internacionales frente a las costas cubanas, listo para intervenir en cualquier momento. Ya sea en caso de un intento de cambio de régimen decidido por Washington, siguiendo el modelo de la intervención en Caracas; ya sea para sofocar alguna tentativa de sublevación popular caótica o para impedir un éxodo masivo de cubanos hacia Florida.
Ahora bien, un cambio de régimen sería apenas el principio de un largo proceso de reforma económica, reconstrucción de una infraestructura seriamente deteriorada y reconciliación nacional entre la diáspora y aquellos que permanecieron en la isla.
Hoy, una quinta parte de la población cubana vive fuera de Cuba. Y, posiblemente, la tarea más difícil para una economía en ruinas sería la indemnización por las expropiaciones realizadas por el gobierno revolucionario a ciudadanos estadounidenses, incluidos aquellos que adquirieron esa nacionalidad después de abandonar el país.
La dirigencia cubana podría prepararse para resistir. No sería tan descabellado como parece a primera vista. Si en Oriente Medio no se logra un alto el fuego estable, y si, por otro lado, el Partido Republicano pierde la mayoría, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, el gobierno de Trump se vería seriamente debilitado. Ello lo inhibiría de emprender nuevas aventuras de política exterior, por muy tentadoras que estas pudieran parecer.
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Cristina Eguizábal Mendoza es politóloga.
