La creación, en 1996, del Ministerio de Comercio Exterior (Comex) como entidad independiente respondió a tres grandes razones: 1) concentrar en un eje rector y ejecutor el manejo de funciones hasta entonces dispersas; 2) otorgarle mayor discrecionalidad y flexibilidad operativa, al margen de las normas que enmarcan otros ministerios, y 3) aislar lo más posible su carácter técnico-operativo de las consideraciones y fricciones políticas consustanciales a la Cancillería.
A lo largo del tiempo, hemos evitado la contaminación entre ambos campos. Ese año, por ejemplo, ganamos a Estados Unidos una disputa en la Organización Mundial del Comercio (OMC), por su imposición de cuotas restrictivas a ropa interior producida aquí. La decisión no alteró en nada nuestras cordiales relaciones bilaterales. Claro, el presidente era Bill Clinton, no Donald Trump, y la OMC tenía gran músculo.
La actual disputa comercial con Panamá, por las restricciones que en 2019 impuso a varios productos nacionales, ha tenido otro rumbo. En 2021 llevamos el caso a la OMC; en 2024, un panel de expertos nos dio la razón, pero en enero de 2025 los panameños apelaron ante un órgano de alzada que, por no tener cuórum desde hace años, es inoperante. El oportunismo y torcida intención fueron evidentes.
Desde entonces había que pasar al ámbito político-diplomático. Así ocurrió. Pero si algo debe imponerse en esta instancia, es una lúcida mezcla de firmeza y mesura. Como jerarca de Comex y ahora canciller, Manuel Tovar sin duda lo entiende; la presidenta Laura Fernández, parece que no. El miércoles abrió una riesgosa guerra retórica alrededor de la disputa; incluso, dijo que no asistiría a la Asamblea General de la OEA que se celebrará en Panamá.
En su declaración, obvió algo que debería saber: usualmente, los jefes de delegación a esas asambleas son los cancilleres, no los presidentes. Es decir, agudizó la disputa con mala información. Penoso doble problema, con consecuencias: ayer, Panamá anunció que no nos venderá energía.
Moraleja: el uso del podio presidencial para buscar réditos volátiles desde el conflicto siempre es un mal camino; en relaciones exteriores, peor. Quizá ha llegado el momento de que la presidenta intervenga, pero como corresponde a su investidura y la delicada tarea por delante.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.