Columnistas

El ser humano mercancía

Decía el escritor Mark Twain: ‘Es tan mala la moda, que hay que estar cambiándola cada seis meses’

La mercantilización es uno de los subproductos del capitalismo. Su principio operativo es justamente ese: convertirlo todo en mercancía. Resulta irónico que, en su infinita elasticidad y capacidad para fagocitar a sus detractores, el capitalismo haya convertido al Che Guevara en calcomanía, tatuaje, lonchera, motocicleta, camiseta estampada, corte de pelo, collares, llaveros, marcalibros, cuadernos, cajas de galletas, calzado deportivo, gorras, muñequitos de plástico y todo un bazar de chucherías. Sí, es una macabra, sardónica ironía.

Así, opera el capitalismo: sus linfocitos corren a envolver al detractor, lo asimilan (en el sentido digestivo tanto como analógico: lo convierten en símil, esto es, en algo semejante y compatible con el sistema que lo acoge), y por último lo ponen a jugar a su favor. Con la caída de las Torres Gemelas se perdieron varios cuadros y esculturas de Picasso que dignificaban algunas de sus salas. Volvemos a chocar con la irónica y viral mutabilidad del capitalismo, su polimorfismo, su adaptabilidad. Uno de los grandes adalides del comunismo, el gran Pablo Picasso, ornando los dos símbolos fálicos más conspicuos del sistema que tanto combatió.

Otro tanto sucede con Diego Rivera, militante de la Internacional Socialista, el gran muralista del pueblo, comunista furibundo… pintando murales para Rockefeller y revolcándose en dólares en San Francisco, Detroit y Nueva York. Todo hombre tiene su precio, es cuestión de llegarle a él, subastarlo, y a partir de ese momento se venderá al mejor postor. Es lo que nos enseña Dürrenmatt en su obra maestra, posiblemente la más representativa pieza de teatro del siglo XX, La visita de la vieja dama.

¿Quiénes no han sido sobornables? Sócrates, Jesucristo, Tomás Becket, William Wallace, Tomás Moro (a man for all seasons), las monjas del convento de Compiègne durante la era napoleónica, mahatma Gandhi… todos fueron envenenados, crucificados, emasculados, eviscerados, desmembrados, decapitados, guillotinados o asesinados a balazos. Así, premia la sociedad a sus mejores exponentes. ¡Ah, que viva el ser humano, faro ético del mundo, luz en «la noche oscura del alma» (san Juan de la Cruz), inteligencia en acción, todo justicia y misericordia, la obra maestra de Dios!

Ciclo de obsolescencia. La dinámica de la mercancía es muy simple. Emerge con grandes fanfarrias publicitarias en el mercado. Se exhibe en la universal pasarela de los medios. Genera locura entre los prosumidores (paparrucha inventada por los mercachifles para hacer creer a los consumidores compulsivos que gozan de cierto grado de creatividad en la factura de cada nuevo producto). Satura el mercado. Comienza a caer en desuso. Entra en su fase de subducción y pasa de moda. Su ciclo vital es extremadamente corto. El capitalismo estimula todo aquello que sea efímero. Lo universal, absoluto, duradero y perenne conspira contra su mecánica y debe ser destruido.

Pero no hay nada de que preocuparse, mientras la anterior mercancía vivía su giorno di regno y era el sabor del mes, ya el sistema tenía otra mercancía para reeditar el ciclo de vida de su predecesora. Por esto, el diktat de la innovación (especialmente en las sociedades tecnólatras, las que viven en la idolatría supersticiosa y bobalicona de la tecnología) es indispensable para el funcionamiento del engranaje capitalista. ¡Innove o se muere! Inútil describir el quantum de neurosis, ansiedad y sufrimiento que esta consigna genera.

Durante los treinta años que constituyeron la bisagra entre los siglos XIX y XX, la vertiginosa sucesión de las vanguardias pone en evidencia cómo el arte asume, también, la dinámica de la mercancía. En cuestión de tres décadas, se sucedieron, como meras modas vestimentarias, el impresionismo, abstraccionismo, expresionismo, cubismo, puntillismo, surrealismo, dadaísmo, fauvismo, tachismo, orfismo, futurismo, neorrealismo… como quien cambia de sombrero o de color de medias.

Decía Mark Twain: «Es tan mala la moda, que hay que estar cambiándola cada seis meses». Y es así como el arte adopta también la forma de mercancía e inclina su cráneo vencido para que sobre él clave su negro estandarte el capitalismo rampante, padre de lo fugaz, efímero, cambiante, inestable, lo que carece de vocación de eternidad. El posmodernismo se puso al servicio del capitalismo y encarnó su ápex, su culminación, su más insidiosa manifestación. Al negar los absolutos, los universales, la solidez de todo basamento histórico de pretensiones duraderas, al entonar la apología del relativismo, el subjetivismo, el individualismo y la différence irreductible, se convirtió, sin quererlo, en el más poderoso aliado del capitalismo.

Hecho a la medida. La fementida différence es una noción utilísima para el capitalismo. El mecanismo consiste en hacer creer al consumidor que un auto fue hecho especialmente para él. Al personalizar la mercancía, se le hacen cosquillitas al ego del comprador, y este cae en la trampa irremisiblemente. En realidad, una sociedad regida por la verdadera individualidad y la diferencia esencial de los gustos y necesidades, sería absolutamente incompatible con el capitalismo, que solo puede operar masificando, adocenando, homogeneizando la demanda (y esa es la raison d´être del fordismo, del ensamblaje en línea, de la uniformización del deseo, motor de la lógica capitalista. En un mundo donde cada consumidor realmente exigiera un producto tailor made para él, el capitalismo naufragaría irremisiblemente.

Por eso, el capitalismo opera como un excitador del deseo. Su esencia misma es la concupiscencia, la libido sentiendi (el apetito de sensaciones) de que hablaba Pascal. Azuza, atiza sistemáticamente los nervios del deseo en la psique humana, su naturaleza es inherentemente erótica. Existe una economía libidinal en las sociedades, y es regida por el capitalismo.

El juego consiste en convertir a la raza humana en una manada de seres deseantes, concupiscentes, atenazados por el apetito, el antojo, las ganas, la necesidad de gratificación inmediata. El sistema juega con nuestras hormonas. Según Walras, es la cantidad de deseo que una mercancía es capaz de suscitar en los consumidores lo que fija su precio en el mercado. Las cosas valen más o menos según el volumen de deseo que movilicen. El valor-trabajo de Marx, el valor-tiempo de Ricardo fueron desplazados por el valor-deseo de Walras.

Todos entramos en el juego, bailamos al compás de los mismos tambores ideológicos, acatamos con perruna docilidad los mandatos del capitalismo. A quien se quiere salir del infernal tiovivo, ese que sin cesar da vueltas y nos genera la ilusión del movimiento de traslación, lo marginan y lo castigan socialmente motejándolo de loco o de inadaptado social… el resultado es que el infeliz no tardará en volver a subirse al carrusel, justo en el caballito que le había sido asignado… hasta que la muerte lo prende, y ahí termina su aventura vital.

Creemos haber vivido, pero no fuimos más que galeotes, piezas de un engranaje especializado en moler seres humanos, y generar por doquier marejadas de dolor.

jacqsagot@gmail.com

El autor es pianista y escritor.