
Este viernes 22 de mayo, el rutilante Festival de Cannes, el más prestigioso e influyente del mundo cinematográfico, escuchó voces de Costa Rica en el escenario. Las tres actrices de la película Siempre soy tu animal materno –Daniela Marín Navarro, Mariángel Villegas y Marina de Tavira (mexicana nominada al Óscar por Roma)– compartieron el premio a la interpretación femenina en la segunda sección de Cannes, Un Certain Regard.
Al recibir el galardón a sus intérpretes, la directora Valentina Maurel reiteró una reflexión que ha brindado consistentemente: “Estamos tratando de inventar una nueva industria cinematográfica allá porque no existe ninguna, y estamos intentando cambiar las prácticas también; imaginar un cine que sea más colectivo, más inclusivo, más abierto a nuevas voces”.
En efecto, en la incipiente industria audiovisual local queda mucho por inventarse. Tras el accidentado siglo XX, varios factores se conjuntaron después del año 2000, y en especial desde 2010, para que las producciones cinematográficas de Costa Rica y el resto del Istmo empezaran a ser más frecuentes y de mejor calidad técnica y artística.
Esfuerzos pioneros de décadas anteriores allanaron el terreno para la feliz cosecha de hoy. Incluso se ha diversificado la mirada: esta semana, también se anunció que Felipe Vega había ganado la categoría de jóvenes exploradores en el Festival Santiago Wild 2026, el certamen de cine de naturaleza más importante de Latinoamérica. Y podríamos seguir.
Pero una industria no se consolida solo con premios en el extranjero. Esos galardones deben servir como una alerta para industrias pequeñas o nacientes como la costarricense. Si queremos que esto siga, debemos fortalecer las condiciones que lo permiten, disolver los estorbos y desarrollar políticas públicas inteligentes y modernas que nutran el talento local. Aunque este comentario no se refiera al financiamiento específico de estas cintas premiadas, sí deseo señalar el contexto que permitirá que otras similares florezcan.
Costa Rica ha hecho avances significativos en varias administraciones seguidas, lo cual no es menor considerando la historia de amnesia con la que empiezan los gobiernos. Las políticas culturales toman tiempo para madurar; además, deben ser especialmente sensibles a las dinámicas del sector, que van cambiando aceleradamente. Por eso, es importante darles continuidad a los marcos globales.
Es por ello que, cuando se despiertan cuchicheos sobre suspensiones de programas, pausas en fondos o afiliaciones institucionales, o se dan rebajas presupuestarias a rajatabla (minúsculas para Hacienda, a veces desastrosas para Cultura), el temor se esparce rápido. ¿Sería viable una industria audiovisual de Costa Rica sin Ibermedia? No. ¿Sin El Fauno, el fondo del Centro de Cine, o si se da con montos minúsculos? Menos. Esos mecanismos deben afianzarse, ampliarse y mejorarse.
Aquí cabe disipar un mito duro de matar. No existe cine sin fondos nacionales, estatales, provinciales, temáticos, etcétera. No hay industria audiovisual sin incentivos fiscales, exenciones, condiciones flexibles, líneas de crédito especiales y demás. Ni siquiera la de Hollywood; de hecho, esa industria está en crisis, en parte, porque en otros sitios se ofrecen mejores condiciones.
¿Hay excepciones? Sí; son eso: excepciones. Gran parte del cine que consumimos tiene fuerte apoyo estatal por una u otra vía. Si desea aprender sobre el tema, basta con prestarle atención a la seguidilla de logos que vemos al inicio y al final de las películas.
La razón para este apoyo es doble. Por un lado, porque desde su nacimiento, el cine ha sido un negocio de riesgo: se producen 10 películas para que peguen dos o una y, ojalá, eso permita hacer otras que durarán más en recuperar la inversión, o no lo harán del todo. Pero se invierte en ellas porque los países consideran el arte un bien cultural, algo que es provechoso para sus ciudadanos, aparte del beneficio económico de los productores. Todos tenemos derecho al ocio, al disfrute del arte.
Además, el cine genera empleo, visibilidad de los países productores, encadenamientos productivos muy tangibles para las comunidades que reciben producciones. También aquí en Costa Rica. Piense en una filmación como una mediana o gran empresa temporal: docenas o cientos de empleos por unos meses, empleos que abarcan el servicio y la logística, así como puestos altamente especializados. Por otra parte, a veces esos fondos públicos son la parte minoritaria, pero enganchan apuestas privadas o fondos de otros países que permiten completar la producción.
Por eso, todo premio es una advertencia. Si queremos que estas alegrías sigan, debemos continuar por la senda del mejoramiento de nuestras políticas públicas. Una sociedad es mejor con arte que sin él; mejor con empleo que sin él. Felicidades a Valentina Maurel por recordar su valor desde el gran escenario que la acogió con aplausos.
