Juan Fernando Lara. 17 junio
Cruce de La Galera, en Curridabat (San José). Los choferes de autobuses sufren por el cansancio que las presas y las largas jornadas de trabajo, entre otras cosas, les genera todos los días. Foto: Rafael Pacheco
Cruce de La Galera, en Curridabat (San José). Los choferes de autobuses sufren por el cansancio que las presas y las largas jornadas de trabajo, entre otras cosas, les genera todos los días. Foto: Rafael Pacheco

Trabajar como chofer de autobús implica jornadas de 12 o más horas tras el volante lidiando con presas y la tensión de cumplir la ruta en un tiempo específico; una cruz que algunos abrazan seducidos por el cobro de horas extra. Sin embargo, por ese dinero también se paga un alto precio.

Este diario conversó con uno de estos trabajadores a cargo de un circuito urbano que entra y sale de San José. Su nombre verdadero se lo guarda por temor a represalias de su empleador, por lo que se le llamará Leonidas para esta nota.

"Son jornadas bastantes duras, de 14 a 16 horas. Hay días que tenemos roles de paro donde hacemos dos carreras en la mañana y cuatro en la tarde para tener algo de descanso", explicó Leonidas quien arranca su faena a las 3:45 a.m. y es chofer hace 8 años.

Los "buenos días" con los cuales dice que se inician sus mañanas suelen ser gritos mezclados con insultos de otros conductores, además de gestos obscenos. Esto dice molestarlo y cargarlo por dentro, pero sin competir con el nivel de tensión que implica cumplir los tiempos de cada carrera.

El rato de desayuno lo separa él mismo si se lo permite el trajín matutino. A veces, cuando llega al final de su primer recorrido, maneja rápido de vuelta a San José para apartarse 15 minutos para comer. Con el almuerzo, el tiempo disponible mejora un poco: entre 30 y 40 minutos. Sin embargo, estas pausas son por completo relativas.

Su rato para alimentarse se esfuma si un choque en la vía atasca la circulación o cuando las presas le impiden llegar a tiempo: al ser prohibido comer dentro del autobús (y con el apremio de cumplir el recorrido en el tiempo fijado) ocasionalmente aguanta hambre.

Si es lavarse los dientes, solo a la hora de almuerzo. Si es ir al baño, únicamente en el plantel de autobuses de su empresa. Si tiene una urgencia en carretera, también hay que aguantar.

"Si son muchas las ganas y hay que ir al baño, uno estaciona para ir a una soda o a una estación de servicio; la gente suele ser comprensiva", aseguró.

Su última carrera entre semana empieza a las 5:56 p.m. y de regreso a San José. Suele ser las 6:30 p.m. cuando ya estaciona y apaga el autobús en el plantel de su compañía. Sin embargo, llega a su hogar (en Los Guido, Desamparados) pasadas las 9 p.m.

Tiene libre sábado o domingo, únicamente.

"Llego a ver a mis hijos dormir, este es un trabajo que tengo por necesidad", confesó este padre y único proveedor en un hogar compuesto también por dos hijos menores de edad y su esposa, quien actualmente también está embarazada.

“Lo que no me gustan son los rebajos que me hacen injustamente, me rebajan hasta ¢40.000 por culpa de las barras de pasajeros; eso me hace falta en el bolsillo, es lo que más me incomoda y estresa. Y nos pasa a bastantes. Casi le digo que es una manipulación de los encargados de esas barras y eso lo terminamos pagando nosotros”, Leonidas, chofer de autobús en San José.

"De feria, hace poco me detectaron lumbalgia (dolor en la parte baja de la espaldad) y eso me tiene preocupado. Ese estrés del trabajo lo paga la familia porque no es sencillo sacarse la tensión de todo el día con estas presas si solo tengo 45 minutos para ir y venir y cumplir cada carrera", aseguró.

El imán de las horas extra

Sin embargo, insiste en que se mantiene en esta actividad porque dice ganar bien.

Por semana, Leonidas supuestamente se deja hasta ¢140.000 pero recalca que eso es gracias al pago de horas extra porque sin ellas, su ingreso mensual sería de solo ¢350.000; "el trabajo de un guarda", comentó.

Ese monto, afirma, no es un salario digno para una persona que traslada y es responsable de otras personas; quien además se expone a otros riesgos.

“Nunca me pasado nada malo pero el viernes pasado en el Parque de la Paz, a un compañero se le subieron tres sujetos y, llegando al parque, lo encañonaron y les robaron todo a los pasajeros y la plata”, recordó.

Leonidas afirma que intentó trabajar en otra cosa, pero desistió porque se ganaba menos.

"Las cosas cambian cuando hay familia, por eso uno vuelve. Siento que soy responsable con ellos y quiero que tengan lo que necesiten, los pañales, la comida, la ropa y eso lo mantiene a uno en esto".

De todos los aspectos que cambiaría en su trabajo, el que más lo afecta son las rebajas al salario por supuestos faltantes de dinero de los pasajes. En su opinión, esa es una situación generalizada que afecta varios de sus compañeros.

Los rebajos en su pago semanal van ¢20.000 a ¢30.000 y han llegado a ¢40.000; situación que describe como su principal fuente de tensión y estrés. No solo eso: según denuncia, sospecha que los encargados del sistema de conteo de pasajeros manipulan los dispositivos.

“Este es un buen trabajo porque uno se acostumbra siempre pero si se pudiera eliminar el sistema de barras y se implementara el pago electrónico, si eso se hiciera, le aseguro que hasta sobrarían choferes; eso es en realidad lo que aleja a los choferes de cualquier empresa”, concluyó.