Mauricio Meléndez. 26 agosto

¿Con cuál nombre registrarán sus padres al niño cinco millones? Difícilmente, lo llamarán José Macario de Jesús o Fermina Luisa de la Trinidad, como era la usanza a mediados del siglo XIX.

Tampoco le pondrán una larga hilera de nombres, como lo hacían en aquellos lejanos años, cuando los pequeños tenían que aprender a escribir y memorizar hasta cinco.

Hay más probabilidades de que ese niño o niña, cuyo nacimiento se espera para el 1.° de setiembre, sea anotado en el Registro Civil como Angelina, Emma, Ronaldo o Keylor.

Así se podría concluir del análisis sobre la evolución de los nombres a lo largo de la historia del país con una perspectiva histórica y cultural, a propósito del nacimiento del habitante 5 millones.

Este análisis se hizo con la información facilitada por el Registro Civil, entidad adscrita del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).

La evolución de la sociedad moderna, donde la radio, el cine, la televisión y, más recientemente, la Internet han puesto en contacto a las personas de todo el planeta, con lo que se abrió un enorme abanico de opciones en la onomástica.
La evolución de la sociedad moderna, donde la radio, el cine, la televisión y, más recientemente, la Internet han puesto en contacto a las personas de todo el planeta, con lo que se abrió un enorme abanico de opciones en la onomástica.
De cinco nombres a uno solo: los más frecuentes en Costa Rica

El nombre propio que nos diferencia de otros y nos identifica durante toda la vida, es escogido por nuestros progenitores de entre los que ha habido antes en la familia, de alguien muy querido y admirado, de algún personaje histórico famoso o de una figura pública actual: desde la farándula y el fútbol hasta la política y la ciencia.

Sin embargo, en las familias de tradición hispano-cristiana –como las costarricenses– hace apenas 450 años la costumbre ofrecía opciones delimitadas: el santoral, donde se consignaban aquellos nombres que la Iglesia católica consideraba elegibles, o la Biblia, de la cual era posible tomar nombres del Antiguo y del Nuevo Testamento, visto bueno previo del párroco.

El santoral católico incluye a todas las personas veneradas como santos o beatos en una fecha específica, cuando se conmemora su muerte. Los padres de la criatura escogían opciones de este listado para bautizarla.

De aquella época en que se nombraba una persona según el santo del día, solo quedan las anécdotas y quizá alguno que otro adulto mayor que aún celebra el día de su santo…

En otras ocasiones, el nombre de los padres, abuelos o bisabuelos eran la inspiración. Un padrino, un tío o algún allegado de la familia podrían ser otra opción.

También desde tiempos remotos y todavía a fines del siglo XX, muchas familias católicas añadían un nombre que correspondía a la advocación; es decir, una divinidad o santo que protegería o patrocinaría al bautizado.

No obstante, en los últimos 150 años se ampliaron las posibilidades con la inclusión de nombres de otras culturas y lenguas.

La evolución de la sociedad moderna, donde la radio, el cine, la televisión y, más recientemente, la Internet han puesto en contacto a las personas de todo el planeta, con lo que se abrió un enorme abanico de opciones en la onomástica.

Asimismo, surgieron otras religiones que mermaron la primacía del santoral y beneficiaron, algunas de ellas, el uso de nombres bíblicos del Antiguo Testamento, que antes no se permitían.

También algún famoso podía inspirar el nombre que se le asignaba al recién nacido. Por ejemplo, en tiempos coloniales podía ser un gobernador, un sacerdote o un rey de España. Varios siglos después, lo serían una cantante, una actriz, un futbolista o un presidente de un país poderoso.

Por ejemplo, don Francisco Serrano de Reina asumió la gobernación de Costa Rica en 1698. Llegó a Cartago con su esposa e hijos, entre ellos Francisco Bruno, nombre que se haría frecuente entre los niños nacidos en la entonces capital colonial.

También a principios del siglo XVIII, arribó a la citada ciudad, don Cosme Damián Juárez, quien asumió el curato del lugar; su buen desempeño y las relaciones de amistad con diversas familias generaron que el nombre Cosme Damián se le asignara a varios niños nacidos en Cartago.

Hoy, en cambio, el nombre Shakira –de la cantante colombiana–, Angelina –de la actriz norteamericana Angelina Jolie– o Keylor –del guardameta tico del Real Madrid–, podrían ser una opción para padres más jóvenes.

Aunque inicialmente se escogía un solo nombre, luego se fueron añadiendo opciones hasta llegar, en Costa Rica, a cuatro nombres en la década de 1860 y a un máximo de cinco entre fines del siglo XIX y principios del XX.

Aquí algunos ejemplos: José Leocadio de la Concepción (1849), José Macario de Jesús (1850), Fermina Luisa de la Trinidad (1850), Juan José de Dios (1855), José María Rafael de Jesús (1863), Jesús María Engracia Eloísa Rafaela (1882), Ramona Valeria Rosalía de Jesús (1894), Arturo José Domingo Bernardo (1901), Rafael Anselmo Gonzalo Benito (1914) y Óscar Luis José Antonio de Jesús (1928). En todo este periodo sin embargo, el promedio era darle al niño al menos tres nombres.

De todos esos nombres, la persona era conocida con uno o dos; solo en la intimidad familiar –algunas veces– se sabía el nombre completo.

Posteriormente, en la década de 1930 se evolucionó a un máximo de tres –muy rara vez cuatro– que se redujo a dos a partir de 1964, y se ha llegado de nuevo a un solo nombre de pila en el siglo XXI.

Aunque los registros más antiguos de la Iglesia católica costarricense se perdieron irremediablemente por el clima húmedo de Cartago y los azares del tiempo –recordemos que esta ciudad fue fundada en 1561–, se puede hacer un recuento de los nombres consignados en el primer libro de bautizos que se conserva (1594-1625) y el de las confirmas de 1625.

Por supuesto, en la lista de los nombres de ese periodo que hoy no son usuales entre los costarricenses del siglo XXI tenemos los siguientes: para mujer, Jerónima, Úrsula, Violante, Elvira, Damiana, Sabina, Gertrudis, Josefa, Dominga, Pascuala, Magdalena, Juana, Margarita, Gracia, Petrona (o Petronila), Fabiana, Clara y Micaela. Para hombre, Melchor, Antón, Cristóbal, Salvador, Hernando, Pascual, Jerónimo, Leandro, Jacinto, Lázaro, Lucas, Ambrosio, Baltasar, Domingo, Buenaventura, Cosme, Gaspar, Isidro y Agustín.

Hay otros que aún siguen vigentes, como Ana, Catalina, María, Francisca, Luisa, Leonor, Inés, Lucía, Beatriz, Andrea, Elena, Isabel, Juan, Diego, Francisco, Andrés, Pedro, Miguel, Sebastián, Santiago, Mateo, Vicente, Bernardo, Alonso, Esteban, Marcos, Rafael, Tomás, Pablo, Simón, Antonio, Matías, Luis, Felipe y José.

Asimismo, entre los siglos XVII y XX, hubo una gran cantidad de nombres cuya vitalidad presente es prácticamente nula; algunos de ellos son Águeda, Antonia, Bartola, Benita, Bernabela, Bernarda, Cesárea, Dorotea, Efigenia, Egipciaca, Estéfana, Felipa, Hermenegilda, Ildefonsa, Práxedes, Rita, Sinforiana, Teodosia, Tomasa, Tomasina, Alejo, Amparo, Anacleto, Basilio, Blas, Bonifacio, Casimiro, Cayetano, Clemente, Cornelio, Dámaso, Dionisio, Hilario, Jacobo, Justo, Narciso, Lázaro, Lorenzo, Nicomedes, Pancracio, Pánfilo, Romualdo, Silvestre, Ulises, Victorino y Zacarías.

En aquellos siglos, eran impensables nombres que no formaban parte del santoral ni estaban en la Biblia, como Yorleny, Giselle, Ivette, Ivonne, Washington, Walter, Haydée, Glenda, Gladys, Gloria, Griselda, Franklin, Flérida, Milton, Josette, Farid, Fanny, Fabricio, Euclides, Delia, Deyanira, Daisy, Corina, Azucena, Abelardo, Xenia, Aníbal, Napoleón, Héctor, Ofelia y Alcibíades.

Entre los más frecuentes

En el siglo XXI, los nombres de varón más frecuentes son Sebastián, Santiago, Gabriel, Alejandro, Mathías, José Pablo, Matías, Samuel, Isaac y José Daniel; mientras que los de mujer más comunes son Valentina, Sofía, María José, María Fernanda, Jimena, Mariángel, Isabella, Valeria, María Paula y Mariana.

Sobresalen en estos casos nombres castizos de uso milenario en la onomástica en castellano, en el caso de los varones, ninguno extranjero, salvo Mathías, versión inglesa de Matías.

En el caso de los nombres femeninos, destaca, en cambio, el empleo de algunos poco frecuentes antaño, como Valentina, Jimena, Mariángel, Isabella y Valeria. Sobre todo, Isabella (italiano), Mariángel (nombre compuesto hasta hace poco inexistente en el país) y Jimena (nombre castellano antiquísimo de escaso uso en Costa Rica hace pocas décadas).

Otros nombres, que podría pensarse son de uso reciente, no lo tienen, como María José o Sofía, el primero así citado desde tiempos coloniales y el segundo muy usado en el siglo XIX.

Si se comparan estos nombres con los de periodos anteriores, vemos que el gusto por varios de ellos se mantuvo, aunque la tónica en más comunes cambia.

Así, entre 1978 y 1999, entre los primeros está José Pablo (tercero) pero pasa a quinto lugar en el periodo 2000-2018; o María Fernanda, que ocupaba el primer lugar en el periodo 1978-1999 pasó a cuarto en 2000-2018. María José, segundo entre 1978 y 1998, se desplazó al tercer lugar entre 2000 y 2018.

Entre 1925 y 1977, ninguno de los nombres de hombre y mujer más frecuentes entre 1978 y 2018 se repite.

Pero en el periodo 1925 y 1950, los nombres de varón más comunes son Rafael Ángel, Carlos Luis, Miguel Ángel y Víctor Manuel; mientras que los de mujer son María de los Ángeles, María Isabel, María Eugenia y María del Carmen. (Véanse gráficos aparte).

El nombre que se mantuvo más tiempo entre los más usuales fue María de los Ángeles, primero entre 1925 y 1977, y tercero entre 1978 y 1999.

La escogencia de nombres muestra cambios en los 457 años de historia de desde el arribo de las huestes conquistadoras al Valle Central de Costa Rica.

Antes como ahora, ese sustantivo tan personal nos identifica y, de alguna manera, nos define en nuestro paso por este recorrido que llamamos vida.

Nota del editor: Mauricio Meléndez es filólogo y genealogista