Salud

‘Puedo jurarlo sobre la tumba de mis muertos: este pendejo virus se aprovecha de nuestro exceso de confianza’, afirma epidemiólogo

Juan José Romero le ha llevado el pulso a la covid-19 desde su labor en la UNA, pero también lo ha sufrido en carne propia, pues ha perdido a dos hermanos a causa del coronavirus

Exactamente dos meses después de haber perdido a su hermano Guido por causas relacionadas con la covid-19, el epidemiólogo de la Universidad Nacional (UNA), Juan José Romero Zúñiga, sepultó a su hermana Lucy por la misma causa.

Guido Romero, de 68 años, falleció el 24 de enero. Su hermana Lucy, un año menor, murió el 24 de marzo.

Juan José Romero le ha llevado el pulso al comportamiento de esa enfermedad en el país, y es asiduo colaborador de los medios con sus análisis sobre la evolución de la pandemia. Pero también, lo ha sufrido de cerca.

“Por más de 51 años fuimos 16 hermanos. En cuestión de dos meses, pasamos a ser 14. No es posible describir la angustia, el dolor, la desazón, los conflictos incluso con Dios cuando uno se pregunta ¿por qué?”, manifiesta Romero.

La Nación comparte íntegro, un texto escrito por Juan José Romero. Es un llamado a desconfiar y a no bajar la guardia.

No es ciencia ficción

“Creo que mentes futuristas y ficcionistas como las de Asimov, Verne u Orwell difícilmente habían podido imaginar que en el 2020, con todo el desarrollo tecnológico, uno incluso mayor al que pudieron ellos visualizar, un diminuto virus surgido de las entrañas de una cueva, habitante natural de un animal tan poco atractivo como un murciélago, iba a surgir como el gran aniquilador de vidas, de economías de toda escala y vendría a transformar la realidad tal cual la conocíamos, por una cargada de dolor, sufrimiento e incertidumbre.

“El nombre de la enfermedad para algunos quizá suene a libro, película o cómic: covid-19. Y si a ello se le suma el nombre del virus que lo causa, más tinte de ficción toma: SARS-CoV-2.

“Pero no, no es ciencia ficción, es una realidad. Las casi 130 millones de personas infectadas, con diagnóstico y reporte en los sistemas de vigilancia epidemiológica no son ficción. Lo son menos cuando pensamos que son solo una parte del total de casos existentes, aun en los países con mayor capacidad diagnóstica.

“Ni qué decir de países en los cuales sus sistemas de salud no permiten un diagnóstico adecuado, oportuno y confiable, o de aquellos que esconden los datos. Y si hablamos de los más de 2,8 millones de muertes causadas por el virus: ¿nos podemos seguir dando el lujo de pensar que es mentira, un invento o el producto de un plan maestro de mentes poderosas con puro afán de riqueza aun por encima del drama humano?

“En nuestro país, ya son casi 3.000 las muertes causadas por esta enfermedad. No son cosa poca. Quienes hemos tenido el infortunio de enterrar a nuestros padres, hermanos, hijos, familiares o amigos que sucumbieron al virus sin tener una despedida, tal cual la conocíamos antes de diciembre del 2019, sabemos que esto no es ficción; es una dura realidad.

“He hablado otras veces del drama de las 3.000 familias que han sufrido la muerte de uno de sus miembros. Pero me he olvidado de todas aquellas familias que, con esas muertes, también han sufrido de una u otra forma.

“El SARS-CoV-2 no distingue estratos sociales, ni género, ni religión o edad. Infecta a todos por igual, aunque produce distintos niveles de enfermedad en ellos, y según condiciones intrínsecas y extrínsecas de las personas, con mayor gravedad en individuos con comorbilidades.

“Se dice que el virus no mata, que lo que mata es la comorbilidad. ¡Patrañas! Un hipertenso, diabético, cardiópata, asmático, obeso o paciente de cáncer, tienen la opción del control efectivo de la enfermedad y, con ellos, mayor chance de una sobrevida apreciable.

“Pero el virus actúa en ellos como disparador, como desencadenante de mecanismos que, en la mayoría de los casos, acaba con sus vidas. Entonces, ¿mata o no, el virus? Lamento mucho por los que piensan que no.

“Cientos de millones de empleos perdidos, millones de empresas quebradas, miles de millones de personas sumidas en la desesperanza, la incertidumbre y el dolor. Son cifras como de ciencia ficción, pero son reales.

“Las economías más grandes del mundo cerradas. Su crecimiento económico disminuido, su gasto proporcional del PIB (producto interno bruto) en el combate a la covid-19 alcanza cifras inimaginables. Pero es mucho más costo-beneficioso que no hacer nada”.

Impacto cercano

“La inversión en la investigación y el desarrollo de soluciones farmacológicas, sean estas químicas o biológicas; las estimaciones de costo-efectividad para el desarrollo y aplicación masiva de vacunas, es a favor de la efectividad medida en años de vida perdidos, en internamientos, en gastos por atención médica, en incapacidades y en el efecto indirecto sobre la economía de los países.

“Para que los efectos se noten, el porcentaje de personas vacunadas debe alcanzar, al menos, a los estratos de mayor riesgo de enfermedad severa.

“Significa esto que no es estrictamente necesario soñar con una inmunidad de rebaño –cosa que es casi una utopía y, por qué no, hasta un canto de sirena–, para que podamos observar la efectividad de una vacunación.

“La comunicación para que comprendamos estos conceptos debe ser clara, concisa, precisa y maciza, al decir de un excelente amigo y connotado científico de este país.

“Mucho falta por avanzar en este tema. Aclaro: no soy precisamente un experto en comunicación, por lo que mi apreciación podría ser completa o, al menos, parcialmente errónea.

“Sé, porque soy testigo de excepción, que la covid-19 no es ciencia ficción; de ninguna forma lo es. Durante meses vi a amigos sufrir la pérdida de seres amados.

“Por semanas, sufrí la angustia de saber que uno de los amigos más amados por mí estuvo en cuidados intermedios. He sufrido la pena de gente muy amada mía como si fuera la mía propia.

“Desde abril del 2020, he contado los días cada vez que veo a mis amigos y familiares que se reúnen, aun con medidas de seguridad: tal vez he llegado a un punto de psicosis o, al menos, de reacción hiperbólica.

“Por meses, vi pasar un poco de lejos la enfermedad. Hasta que empezaron los casos en mi familia. Somos 16 hermanos, muchos con pareja, y un ejército de sobrinos. Somos una familia enorme. Tristemente, casi la mitad de mis hermanos han contraído el virus. Dos, sucumbieron.

“Por más de 51 años, fuimos 16 hermanos. En cuestión de dos meses, pasamos a ser 14. No es posible describir la angustia, el dolor, la desazón, los conflictos incluso con Dios cuando uno se pregunta ¿por qué?

Consejo: desconfíe

“Solo quien ha vivido esta realidad de cerca, en su propia carne, mente y sentimiento, puede atestiguar que esta maldita enfermedad no es un cuento chino, ni el producto de un estado mental enfermizo y alterado en su concepción de la realidad. ¡Les juro que no lo es!

“Como epidemiólogo es muy complicado lidiar con la incredulidad, la comodidad, la ignorancia o la mala fe de la gente. Para cada caso debe haber un mensaje distinto.

“Sin embargo, lo que sí es posible para mí es decir que los números del exceso de muertes en el mundo por causa de esta enfermedad son ciertos, como son ciertos los cientos de millones que han dejado de ser atendidos en sus enfermedades crónicas porque los hospitales están atendiendo esta emergencia.

“Es posible que la carga total atribuible a esta enfermedad sume las muertes prematuras ocurridas en esta población causadas en forma indirecta por el nuevo coronavirus.

“No es posible esconder que, por la atención de esta emergencia sanitaria los sistemas de salud han quedado casi quebrados o, al menos, muy comprometidos en su estabilidad. Nuestra Caja Costarricense de Seguro Social lo puede poner en evidencia.

“Las enfermedades desatendidas lo son hoy aún más. Los programas sociales han debido bajar su impacto, con lo que la brecha social –un determinante fundamental para esta y muchas otras enfermedades–, se ha incrementado. De nuevo, se los juro, esto no es ficción. Es muy real.

“Es cierto que el 80% de los casos nuevos se originan en menos del 20% de los infectados, que el 80% de los infectados no le pasa el virus a nadie más; muy cierto. Pero esa verdad viene acompañada de que esas nuevas infecciones se producen en eventos de superpropagación, o sea, en reuniones donde se rompen burbujas sociales, se violan las distancias y se pierden protocolos sanitarios preventivos.

“Entonces, aparte de evitar ese tipo de conductas, ¿por qué no pensar que soy del 20% que puedo infectar a otros, en lugar de ser del 80% que no? Claro, me dirán que por estadística una cosa tiene cuatro veces el riesgo de la otra. Pero, ¡por Dios!, ¿estamos dispuestos a jugarnos el chance de infectar a nuestros seres más amados y someterlos a un desenlace quizás fatal?

“Otros dirán que solo el 5% de los infectados con diagnóstico llega a cuidados intensivos. Cierto. Pero, ¿por qué jugarse los momios en una apuesta cuyo resultado puede ser nuestra propia muerte o la de las personas que amamos?

“¿Que tal si en lugar de pensar que soy del 95% puedo pensar que soy del 5%? Las estadísticas se vuelcan aquí en contra del epidemiólogo. Es difícil aceptar una derrota así.

“Hay que sufrir la pérdida de tu padre, tu madre, tu pareja, tus hijos o hijas, de tus amigos o parientes más cercanos y amados para comprender que esa lotería tiene un premio que, aunque promete probabilidades aparentemente favorables, las probabilidades de salir perdiendo también son altas”.

Otra expresión del amor

“El amor, ese que conocíamos en una forma de expresión gestual, conductual y vivencial, debe cambiar. Al menos, temporalmente. Hoy día, mi mejor muestra de amor es la distancia física; no besos, no abrazos con cercanía y sin barreras. Romper la distancia nos puede matar. Un beso o un abrazo como símbolo del amor pleno, puede ser la puerta de entrada de un monstruo que no tiene piedad de nosotros.

“No piensa si lo merecemos o no. Simplemente ataca, se aprovecha de nuestra naturaleza humana en todos sus carices. Hoy, por duro que sea, la distancia es la mejor forma de amar.

“Pido perdón a todos y cada uno de ustedes a quienes no abrazo, no beso, no estrecho su mano o ni siquiera me acerco desde hace más de un año; aún con la mascarilla puesta.

“Lamentablemente, mi trabajo me ha llevado a estudiar cada aspecto de este virus y de la enfermedad que causa. Quizás pueda parecer exagerado, extremista, excesivo y hasta desmesurado en mis formas de ser y actuar. Créanme que, con ello, los estoy amando de la forma más profunda.

“A cada uno de ustedes, pido que aprendan, al menos por ahora, una nueva forma de amar. Si en realidad nos amamos, lo vamos a comprender, lo vamos a respetar, lo vamos a vivir y a valorar.

“La distancia duele. ¿Qué más distancia que la partida física de quien nos abandona, sea por un tiempo o para siempre? ¿Qué más dolor que la distancia terminante impuesta por la muerte?

“Prefiero una distancia temporal, transitoria, de dos metros pero pudiendo verlos a los ojos, o una distancia mediada por mensajes usando tecnologías de comunicación, pero sabiendo que siguen vivos y bien, con la esperanza de un mañana pletórico de besos y abrazos, de reuniones con risas y carcajadas.

“Nada garantiza el mañana, es cierto. Pero también es cierto que si me cuido tengo más probabilidades de ver el mañana comparado con la conducta contraria. Por hoy, y por unos cuántos meses más, ¿qué significa cuidarnos? ¡Mantener la distancia! Sí, una que debe ser física –de persona a persona–, y social –no romper burbujas–.

“Y, por favor, no me vengan con eso de que existen las burbujas familiares extendidas, las burbujas laborales o las burbujas de amistades. Esas son patrañas facilistas que han llevado al límite del dolor a las personas, a las familias y a la sociedad.

“Si a esa distancia le sumamos la mascarilla –una forma muy efectiva de mantener distancia–, evitamos los lugares cerrados y concurridos, y nos lavamos las manos constantemente, tenemos más oportunidad de ganar una batalla sin sufrir bajas en nuestras filas.

“Finalmente, no juguemos de superhéroes. No seamos autocomplacientes ni arrogantes; no pensemos que eso a mí no me va a dar, que si llegamos a padecer un cuadro compatible con covid-19 no digamos que ‘es una carajadilla que ya se me quita’.

“No pensemos que ‘yo estoy sano’, que lo que tenemos es ‘cualquier cosa’, que ‘esto siempre me da’, así como otro poco de habladurías que hoy, más que nunca, no tienen sentido.

“Este pendejo virus se aprovecha de nuestra bondad, de nuestro candor, de nuestro exceso de confianza y de nuestro deseo de no caerle mal a nadie y evitar el conflicto por mantener la distancia. Recordemos que quien nos infecta, las más de las veces, ni sabe que porta el virus, y uno tampoco lo nota. Ese que infecta, incluso, puede ser uno mismo.

“La desconfianza es para mí, sin duda y por más cruel que suene, nuestra mejor arma para la sobrevivencia. Vean que digo desconfianza y no precaución. Sí, estoy siendo de muevo extremista. Tal vez. Pero en este caso prefiero el exceso a la escasez.

“Esta es, quizá, la moraleja de esta dolorosa historia. Ojalá la aprendamos. Covid-19 y SARS-CoV-2 suenan como a ciencia ficción. Pero no lo son. Puedo jurarlo sobre la tumba de mis muertos”.

Ángela Ávalos

Ángela Ávalos

Periodista de Salud. Máster en Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, España. Especializada en temas de salud.