
Los Diques de Cartago no siempre estuvieron habitados. Mucho antes de convertirse en un asentamiento donde hoy viven miles de personas, la zona ya era reconocida por su alta vulnerabilidad a inundaciones y flujos de lodo provenientes del volcán Irazú.
De acuerdo con un estudio sobre el peligro volcánico del Irazú, elaborado por la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) mediante su Unidad de Investigación y Análisis del Riesgo, la cuenca del río Reventado ha registrado eventos destructivos desde el siglo XVIII.
El jefe del Departamento de Prevención y Mitigación de la CNE, Lidier Esquivel, explicó que el problema no es reciente ni surgió con la ocupación del sector.
“La problemática no es joven, no es reciente, ni nació con los diques, ni con la comunidad. Tiene muchísimos antecedentes históricos”, señaló.
Estos fenómenos están asociados tanto a lluvias intensas como a la actividad volcánica, que históricamente ha generado flujos de materiales con alta capacidad de arrastre hacia las zonas bajas del cantón central de Cartago.
Ese antecedente histórico es uno de los factores que pesa en el análisis sobre una eventual intervención en el asentamiento, por parte de la Municipalidad de Cartago.

Crecidas que han marcado la zona
La historia del río Reventado está marcada por múltiples crecidas que han provocado desbordamientos, destrucción de viviendas y pérdidas humanas.
Según el análisis técnico de la CNE, existen registros de eventos desde 1723, vinculados a erupciones del Irazú; así como en 1861, 1891, 1928, 1951 y durante el periodo de 1963-1965, cuando ocurrieron algunas de las avalanchas de lodo más destructivas en la historia reciente del país.
Uno de los episodios más severos ocurrió en octubre de 1891, cuando una crecida arrasó sectores de Cartago, dejó decenas de viviendas destruidas y al menos nueve personas fallecidas.
No obstante, el evento más recordado se dio durante la erupción del volcán Irazú, entre 1963 y 1965, cuando flujos de lodo descendieron por la cuenca y destruyeron viviendas, infraestructura y vías de comunicación.
En 1963 se registraron 15 horas de lluvia. La actividad volcánica destruyó la vegetación y generó una costra superficial impermeable. Entre 300 y 350 viviendas fueron destruidas y 65 resultaron dañadas; además, se afectaron caminos, la línea férrea y fábricas. El evento dejó cerca de 20 personas fallecidas, según información histórica de la CNE.

De obra de contención a asentamiento
Tras esa emergencia, se construyeron los diques como una obra de contención para reducir el impacto de estos flujos. Fueron construidos por militares estadounidenses que vinieron a colaborar luego de las avalanchas de diciembre de 1963.
Estas estructuras fueron diseñadas con base en ese evento extremo, lo que, según Esquivel, representa una ventaja, ya que delimitan el área de mayor afectación posible.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el territorio comenzó a ser ocupado por asentamientos informales. Hace aproximadamente cuatro décadas, las primeras familias se instalaron en la zona y la ocupación creció hasta alcanzar hoy día unas 2.500 familias.

“Esta zona ha sufrido históricamente crecidas cada 60 años. Ya han pasado más de seis décadas desde el último evento y no podemos mantenernos pasivos ante una situación que puede comprometer la vida de muchas personas”, afirmó en entrevista con La Nación el alcalde Mario Redondo, el 13 de marzo.
Para Lidier Esquivel, el problema central no es solo la presencia de población en el sitio, sino el uso que se le dio a un territorio históricamente riesgoso.
“El escenario de riesgo está allí. El problema es que le dimos un uso inadecuado a un área que siempre ha sido de alto riesgo”, advirtió.
Sin embargo, reconoció que el riesgo no es una prioridad frente a necesidades más urgentes como vivienda, empleo o seguridad, que enfrenta la población de esa zona.
Hoy, Los Diques concentran a miles de personas en un espacio que continúa expuesto a inundaciones y flujos de lodo.
Mas recientemente, en noviembre de 2024, un total de 63 familias fueron desalojadas del dique La Mora, en Guadalupe de Cartago, donde un deslizamiento ocurrido el 11 de octubre dejó prácticamente colgando las viviendas que ocupaban.

