El País

‘La Nación’ y un majestuoso guapinol acompañan a José Fabio y Flora hace más de 70 años

Recién había pasado la Guerra Civil y faltaban diez meses para firmar la nueva Constitución, cuando él, de Atenas y con 28 años, y ella josefina de 23, dijeron ‘Sí, acepto’, un miércoles 26 de enero de 1949. Su historia empezaba a escribirse en líneas paralelas a las de ‘La Nación’

En El Rodeo de Mora, abrazados por el último reducto de bosque húmedo premontano en el Valle Central, viven los esposos José Fabio Ovares Jenkins y Flora Ramírez Rojas. El santo y seña de su casa es un majestuoso árbol de guapinol, sembrado –dicen, algunos– hace más de 300 años por ancestros enraizados en un pasado honorable.

José Fabio, de 100 años, y Flora de 95, llevan de la mano en el camino de la vida 76 años juntos: 72 son de matrimonio y cuatro de noviazgo, uno que empezaron poco después de un domingo de verano de 1945, cuando el destino se encargó de toparlos en el tren hacia Miramar. El entonces joven, de 24 años, miró a aquella hermosa chiquilla de 19 y decidió que la haría su esposa.

La Nación los ha acompañado casi desde el inicio de aquel encuentro perpetrado por el destino durante un viaje de paseo al mar. Más de siete décadas después, todos los días, sin falta, el periódico impreso cae muy cerca del guapinol, luego de brincar la valla en una pirueta aérea desde la moto del repartidor quien, desafiando el frío, la bruma y la llovizna de los montes de El Rodeo, rompe todas las madrugadas el silencio del sinuoso camino entre arboledas.

Los jóvenes de entonces ya no son los mismos. Cerca del guapinol, José Fabio y Flora sembraron con el paso del tiempo las semillas de una familia numerosa, cálida y solidaria: cuatro hijas y un hijo, 16 nietos, 21 bisnietos.

La Nación los ha acompañado en ese recorrido, como testigo de tinta y papel. José Fabio y Flora también han ido de la mano de La Nación, que en 75 años de recorrer las páginas de la historia costarricense les ha ido mostrando a ellos y a su descendencia, la magnitud de una revolución, el poder de la naturaleza y los avances de la Humanidad, que mantiene viva la esperanza incluso en los oscuros tiempos de una pandemia.

Compañero de papel

El novel diario frisaba los tres años aquel miércoles 26 de enero de 1949, cuando José Fabio y Flora se convirtieron en esposos. Su boda, en la capilla El Sagrario, en la catedral metropolitana de San José, fue anunciada en las páginas sociales.

El año en que esta pareja se casó, soplaban vientos de cambio: Costa Rica vivía las secuelas de la histórica revolución del 48 pues apenas se cumplía un mes de la abolición del ejército y una nueva Carta Magna estaba a punto de suscribirse. El planeta también acomodaba piezas en un nuevo orden internacional luego de la Segunda Guerra.

La Nación, que nació el sábado 12 de octubre de 1946, comenzó a descollar entre sus mayores: El Diario de Costa Rica, La Hora, La Tribuna, La Prensa Libre y Últimas Noticias, los impresos de la época.

El nuevo periódico no tardó en capturar la atención de esta familia en ciernes, que lo sentó a su mesa como a un miembro más del clan.

La crianza de los hijos, sus cumpleaños, graduaciones y matrimonios, y también la muerte de familiares, fueron registrados en las páginas de La Nación. Esas eran las “redes sociales” de aquella época.

En álbumes de fotografías, la pareja guarda como tesoros los recortes de papel periódico con las notas sociales. Entre muchos, con letras de molde, destaca el titular de la crónica social que relata, con prestancia, la graduación de la mayor de los hijos, Flora: ‘Bachiller en Ciencias y Letras’.

“Enviamos nuestro mensaje de congratulación a la señorita Flora Ovares Ramírez, quien en forma muy brillante obtuvo su título de Bachiller en Ciencias y Letras en el Colegio María Auxiliadora. Al mismo tiempo que estudiaba Bachillerato, la señorita Ovares Ramírez se graduaba también en forma brillante en el Centro Cultural ‘American English Course’”, cita la reseña no sin antes mencionar a los orgullos padres, José Pablo Ovares y Flora Ramírez de Ovares.

La primogénita de la familia se convertiría con el paso de los años en una de las filólogas más connotadas del país. Flora Ovares es doctora en Literatura Hispanoamericana y forma parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Recibió el máximo galardón que entrega el país en Cultura, el Premio Aquileo J. Echeverría, en ensayo.

Formó además parte del jurado de los prestigiosos premios Áncora, el suplemento cultural de La Nación, en los galardones que se entregaron para el cambio de siglo (1999-2000).

Los 15 años de Isabel también fueron anunciados por José Fabio y Flora en La Nación del 29 de julio de 1968. Su pequeña, décadas después, se convirtió en una reconocida periodista que, entre otras funciones, destacó como directora de Revistas de La Nación.

Amigos, deporte... y una foto

Le llaman la casa de los abuelos. José Fabio, ahora un farmacéutico jubilado, y Flora, graduada en Bellas Artes, reciben ahí a hijos y nietos, mientras ellos reposan durante las mañanas leyendo La Nación.

Él, religiosamente, inicia la lectura con Deportes. Es seguidor del Deportivo Saprissa desde sus orígenes, fiel de la Selección Nacional de Fútbol, admirador del Barςa desde que visitó esa ciudad española a la orilla del Mediterráneo en sus viajes como farmacéutico, y es fanático de los Yankees de Nueva York.

“Yo no leo Deportes”, se apresura a aclarar Flora. Con su característica voz pausada, cuenta, “a calladito”, que prefiere empezar con el crucigrama.

En el amplio y fresco corredor con vista al guapinol y a cientos de Sanrafaeles con mariposas y abejas zumbando en el aire, la pareja Ovares Ramírez se consume, diariamente, en la lectura de un impreso que todavía se resiste a morir.

Es inevitable que el sueño apacible caiga sobre ellos porque ahí el zumbido de las abejas y el viento entre las ramas del guapinol son el único ‘ruido’ en el paraje.

El domingo 21 de mayo del 2006, en una de esas jornadas plácidas de lectura y reposo en el corredor, la llamada de un amigo le informó a José Fabio de que él aparecía en la sección Telefotos, de la otrora revista Proa –hoy, Revista Dominical, de La Nación–, junto a un retrato antiguo con compañeros de la escuela de Atenas, su ciudad natal.

El descubrimiento de aquel retrato, cuando José Fabio tenía 86 años, le abrió la puerta a un nuevo mundo en un momento de su vida que la familia describe como providencial.

Junto a sus hijas, Flora e Isabel, no solo se dio a la tarea de reunir a los sobrevivientes de aquel retrato, en un reencuentro cargado de emotividad con queridos y añorados amigos de una infancia lejana.

También comenzó a escribir sus memorias, que hoy, gracias a ese retrato en la edición dominical de La Nación, le permite contar entre sus abundantes logros de vida cuatro libros de su autoría.

Los libros narran sus memorias de aquellos lejanos tiempos en Sabana Larga (hoy, Atenas), su paso por el Liceo de Costa Rica junto a mentores como el poeta Isaac Felipe Azofeifa, y relatos de sus primeros pasos entre boticas.

Su saludable y exitosa longevidad, heredada de antepasados que sobrepasaron el siglo, mantiene a esta pareja activa aunque ya a un paso más lento por el transitar de la vida.

Rodeados del cariñoso cuido de su numerosa prole, José Fabio y Flora se mantienen firmes en su casa, la casa de los abuelos, bajo la sombra del también longevo e imponente Guapinol.

Se toman de la mano en el corredor, casi con la misma emoción con que, seguramente, sus ojos de jóvenes se encontraron por primera vez en aquel tren a Miramar, hace 76 años, poco antes del nacimiento de La Nación, el diario que desde sus páginas se ha encargado de registrar inolvidables momentos de sus vidas.

Ángela Ávalos

Ángela Ávalos

Periodista de Salud. Máster en Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, España. Especializada en temas de salud.

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