Ángela Ávalos. 9 agosto, 2015

En el puerto de Oulu, a cuatro horas de la capital finlandesa, Helsinki, vive Daniel Herrera Castro, el mismo a quien un día su maestra calificó de “perdedor” cuando cursaba el quinto grado de la escuela.

Este 14 de agosto, ese “perdedor” se graduará de doctor en Visión y Robótica. Se trata del cuarto título que logra a sus 33 años, tras finalizar dos carreras y una maestría, también en universidades europeas.

Su madre, Ligia Castro, saldrá hoy hacia Finlandia con una maleta llena de pejibayes, palmito, y confites como guayabitas y tapitas, entre algunos de los encargos con sabor a Tiquicia que su hijo le pidió para compartir con sus amigos en la fiesta de graduación.

Hace ocho días, cuando ella leyó en La Nación las peripecias que pasan los padres de estudiantes superdotados para que sus hijos desarrollen su potencial, recordó lo que ella y su esposo, Enrique Herrera Husband, padecieron con Daniel.

Tras mucho esfuerzo y frustración al topar con cientos de obstáculos en las aulas ticas, hoy su hijo es un ejemplo de que el potencial de estas personas con elevado intelecto puede hallar terreno para crecer.

Su historia no dista mucho de la que cuentan Maleni Gómez y Gricel Campos, dos madres que aceptaron compartir las experiencias vividas con sus hijos para mostrar a otros padres que sí se puede, aunque se sufra, y mucho, en cada intento, reconocieron las dos.

Romper barreras. Mientras que al futuro doctor en Robótica lo tildaron de “perdedor”, a Tomás Calderón Gómez, su maestra de primer grado lo sentaba en las últimas filas para que no la molestara con preguntas incómodas, recordó su madre.

Sin embargo, la vida da muchas vueltas; en una de esas, el trabajo de Gómez la hizo dar con Víctor Buján, promotor de jóvenes con altas capacidades e impulsor de la Olimpiada de Matemática. Buján la puso en contacto con una experta que le realizó pruebas a Tomás, y así se enteraron oficialmente de que era un niño superdotado.

Ella, con ayuda de otras personas, consiguió una beca en una institución privada donde su hijo encontró la comprensión que le negaron antes en otra escuela particular.

El salto de este pequeño fue inmenso a partir de entonces. Junto a otros jóvenes, se convirtió en portada de La Nación el 12 de julio de 1997, cuando su equipo ocupó el lugar 47 entre 101 países, en la Olimpiada Mundial de Matemática, en Argentina.

La familia de Ana Lucía Camacho luchó por una beca en un colegio privado. Varios años después, ella estudia Ingeniería Electromecánica con énfasis en Transportes en la Universidad Técnica de Berlín. | CORTESÍA
La familia de Ana Lucía Camacho luchó por una beca en un colegio privado. Varios años después, ella estudia Ingeniería Electromecánica con énfasis en Transportes en la Universidad Técnica de Berlín. | CORTESÍA

Para encontrar a Tomás, hay que buscarlo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en los Estados Unidos. En setiembre, él empezará su tercer año en Ingeniería de Sistemas.

El joven llegó allí por sus capacidades innatas, pero también porque su madre siguió su instinto sobre su hijo. “¿Qué les puedo aconsejar a otros padres? Que apoyen ciento por ciento a su hijo. Las oportunidades existen; están allí si se buscan”, dijo.

Voraz. “El primer día en que le dieron un librito para realizar un ejercicio, Ana Lucía lo completó todo. Eso le valió la cólera de la maestra. En otra ocasión, cuando preguntó cuándo verían unidades, decenas y centenas, la maestra la rechazó”.

Así resume Gricel Campos los primeros choques de Ana Lucía Camacho Campos con el sistema educativo nacional.

“Mi hija era zurda, pero la obligaban a hacer todo con la mano derecha”, agregó la progenitora en la lista de padecimientos escolares por los que pasó su pequeña. La menor de sus cuatro hijas traía un talento innato. A los cuatro años sabía leer. Incluso, lo hizo antes que una hermana mayor, que estaba en primer grado.

Una prueba le permitió a Gricel y a su esposo, el ingeniero químico Hernán Camacho Soto, confirmar lo que sospechaban: su hija era superdotada.

Aquello se convirtió en la motivación para buscar, donde fuera, un centro educativo que llenase las necesidades de conocimiento de su hija. Dieron con uno, donde incluso le otorgaron beca a la menor. Los siguientes pasos hacia la cima fueron solo cuestión de tiempo.

El próximo 17 de agosto, Ana Lucía celebrará sus 22 años como alumna destacada en la Universidad Técnica de Berlín, en Alemania, donde estudia Ingeniería Electromecánica con especialidad en Transportes. “Le encanta armar motores”, dijo Campos.

Según esta abogada, vecina de Barva de Heredia, mucha de la estimulación que recibió su hija provino del padre, quien le leía muchísimo en casa y la motivaba a investigar.

“No hay que darse por vencidos. Las maestras se quejaban porque decían que ella era hiperactiva; jamás la entendieron. Hay que buscar el lugar donde los niños puedan demostrar su inteligencia. Hoy, ella sale adelante pese a todo y a nuestro sistema educativo”, concluyó Campos.