
La muerte del ayatolá Alí Jamenei por los bombardeos de Estados Unidos e Israel sacudió los cimientos del poder en Irán, pero no provocó el colapso del régimen instaurado tras la revolución de 1979. La operación, denominada Furia Épica, también acabó con la vida de numerosos militares de alto rango y líderes políticos. Sin embargo, Teherán pasó rápidamente al contraataque, disparando misiles no solo contra Israel, sino también contra naciones del Golfo que son aliadas de Washington. Incluso desde el lunes la guerra se ha extendido al Líbano.
Este escenario plantea ahora una pregunta clave para Estados Unidos e Israel: ¿bastarán los bombardeos y la presión estratégica para debilitar al régimen hasta forzar su caída, o será inevitable un despliegue de tropas sobre el terreno? La experiencia de Irak y Afganistán pesa sobre cualquier decisión de intervención directa, mientras el riesgo de una guerra prolongada se vuelve cada vez más plausible.
El lunes, en una entrevista con el New York Post, el presidente Donald Trump dijo que no dudaría en enviar tropas terrestres de Estados Unidos a Irán “si fuera necesario”.
“No me acobardo respecto a tropas en el terreno, como todos esos presidentes que dicen: ‘No habrá tropas en el terreno’. Yo no digo eso”, manifestó.
“Yo digo ‘probablemente no las necesitamos’, [o] ‘si fuera necesario’”, añadió.
Antes, durante una conferencia de prensa, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, negó que Estados Unidos tenga tropas sobre el terreno en Irán, pero no descartó un futuro despliegue.

¿Por qué no colapsó el régimen?
Para el periodista Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae (Santiago, Chile) y autor del libro “Un mundo en guerra”, la resistencia iraní tiene explicaciones políticas, militares y estructurales que podrían prolongar el conflicto mucho más de lo previsto.
En diálogo con El Comercio, Rojas sostiene que así como Estados Unidos desplegó el portaaviones USS Abraham Lincoln en el Golfo Pérsico y el USS Gerald R. Ford en el Mediterráneo oriental, Irán llevaba meses preparándose para un desenlace de esta magnitud.

“El régimen entendió desde el año pasado que este escenario era posible. Cuando Washington comenzó a amenazar directamente al líder supremo, se activaron mecanismos internos de sucesión”, explica. Según recuerda, incluso hubo mensajes públicos de Trump advirtiendo que conocían la ubicación del ayatola, aunque en ese momento no tenían intención de eliminarlo.
Agrega que la avanzada edad del líder —86 años— aceleró los preparativos. Se habló de al menos cinco posibles sucesores, cuyos nombres se mantuvieron en estricta reserva para evitar que se convirtieran en blancos de inteligencia extranjera. Algunos de ellos, sostiene Rojas, podrían haber muerto en el ataque que también acabó con ministros y altos mandos militares.
Rojas describe la muerte del ayatola como una “decapitación brutal”, pero indica que a pesar de ello el régimen no ha colapsado. La clave, sostiene, está en la estructura misma del sistema iraní.
“Irán no es una democracia liberal, pero sí es un régimen con mecanismos institucionales propios donde la religión y la política están completamente imbricadas. Eso le da cohesión”, señala.
Las Fuerzas Armadas se mantienen leales, la Guardia Revolucionaria sigue operativa y el control del orden público, hasta ahora, no ha sido desbordado. Aunque hubo pequeñas celebraciones tras conocerse la muerte del líder, no se han repetido las masivas protestas vistas en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, ni las movilizaciones recientes por la crisis económica, recalca.

“El régimen está enviando señales claras de que pretende resistir todo lo que sea necesario”, advierte.
El periodista y analista internacional Carlos Novoa sostiene que la razón por la que no colapsó el régimen es estructural. Indica que a diferencia de otros sistemas autoritarios que dependían casi exclusivamente de la figura de un líder, el poder en Teherán está sostenido por una arquitectura institucional diseñada precisamente para resistir escenarios extremos.
Novoa explica que el sistema iraní descansa en tres grandes componentes:
El primero es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una fuerza paralela al ejército convencional que actúa como garante ideológico y militar del régimen. “No es solo una estructura armada, es el guardián del poder político y religioso”, subraya.
El segundo pilar es el Consejo de los Ayatolas —formalmente la Asamblea de Expertos—, un cuerpo de 88 clérigos que tiene la facultad de designar al líder supremo. “Jamenei tenía 86 años. La sucesión ya estaba en la mente del sistema. Hay varios posibles candidatos, y cualquiera puede emerger de ese consejo, algo similar al proceso de elección papal”, explica.
El tercer componente es el aparato político e institucional: el Poder Judicial y el Parlamento iraní. “No existe una oposición estructurada dentro del país. Los opositores están presos, en el exilio o han sido silenciados. El sistema funciona en una misma línea”, afirma.

Aislamiento internacional
Irán está enfrentando un aislamiento creciente. Tras la caída de Bashar al-Assad en Siria, perdió a su principal aliado regional. Rusia y China han condenado los ataques, pero no intervendrán militarmente contra Estados Unidos o Israel, sostiene Rojas.
Ese aislamiento puede ser un factor desestabilizador. “Cuando arrinconas a un régimen como el iraní, existe el riesgo de que asuma que ya no tiene nada que perder. Y en ese escenario, todo es posible”, alerta.

En ese contexto de régimen que no tiene nada que perder se inscriben los recientes ataques desde el sur del Líbano contra Israel, atribuidos a remanentes de Hezbolá, y la respuesta israelí con masivos bombardeos.
Rojas considera que Irán podría apostar por una guerra indirecta, activando o reactivando redes aliadas en la región: Hezbolá en Líbano, milicias chiitas en Irak o los hutíes en Yemen, aunque reconoce que muchos de estos grupos quedaron debilitados por los ataques de Israel en 2025.
“Podríamos entrar en una fase de guerra de guerrillas extendida por Medio Oriente, incluso con riesgos de acciones aisladas en Europa”, advierte.
Novoa considera que el conflicto ya escaló a una dimensión regional, aunque todavía de alcance “controlado”. Indica que Irán ha respondido a la ofensiva atacando intereses estadounidenses en el Golfo Pérsico, incluyendo zonas donde operan bases o activos militares en Kuwait, Qatar, Arabia Saudita, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos.
“Estamos ante una confrontación regional más amplia, pero aún contenida. Irán busca golpear donde duele sin provocar una guerra total inmediata”, precisa.
El peor escenario, advierte, Novoa, sería una prolongación indefinida del conflicto. Aunque desde Washington se habló de una campaña limitada a pocas semanas, la capacidad de resistencia iraní podría extender los tiempos y multiplicar los focos de tensión.

¿Una invasión terrestre?
Rojas considera poco probable una invasión terrestre al estilo de Irak o Afganistán. El desgaste de esas guerras y la sensibilidad de la opinión pública estadounidense limitan el margen de maniobra de Washington.
“Estados Unidos va a preferir ataques aéreos, operaciones de inteligencia y presión económica antes que enviar tropas. Pero eso también puede alargar el conflicto y dificultar una transición ordenada”, sostiene.
El riesgo, manifiesta, es un escenario similar al de Libia tras la caída de Muamar Gadafi: un régimen derribado sin una alternativa clara capaz de estabilizar el país.
“Irán es un país de 92 millones de habitantes, con una estructura estatal compleja y sin una oposición visible que pueda liderar una transición. Si el régimen cae abruptamente, el vacío podría ser tan peligroso como su permanencia”, advierte.
Para Rojas, la guerra podría entrar en su fase más incierta y volátil.
Novoa también considera poco probable una invasión al estilo de Irak. “Estados Unidos quiere evitar a toda costa un despliegue masivo de tropas. Eso implicaría soldados estadounidenses —y eventualmente israelíes— en territorio iraní, con el riesgo de una guerra civil interna y un enorme costo político”.
En su análisis, un conflicto prolongado podría erosionar el respaldo interno al presidente estadounidense, no solo entre demócratas sino también dentro de sectores republicanos. “Una intervención terrestre sería políticamente explosiva en año electoral”, apunta al referirse a los comicios de noviembre para el Congreso.

La muerte del ayatola, ¿una línea roja que no se debió cruzar?
Para Rojas, no hay duda de que la eliminación del líder supremo de Irán fue “cruzar una línea roja, muy roja”.
“El líder no solo concentraba poder político, sino también autoridad religiosa. Su figura tenía una dimensión simbólica enorme. Para muchos iraníes, esto es un ataque directo a la esencia del sistema”, explica.
Desde la perspectiva estadounidense, la apuesta parecía clara: cortar la cabeza del régimen para provocar su caída. Pero el cálculo, por ahora, no se ha cumplido, remarca.
“Es un golpe durísimo, pero el régimen está diseñado para resistir. Su cohesión ideológica y su narrativa antiestadounidense, vigente desde la revolución de 1979, refuerzan esa resistencia”, afirma.
Sobre la decisión de matar al líder supremo, Novoa es categórico: se trató de una línea roja que no se debió cruzar porque “Estados Unidos todavía tenía margen para seguir presionando y negociando. Al cruzar esa línea, sabía que iba a provocar una conflagración regional”.
El cálculo estratégico de la muerte del ayatola, dice, dependerá del desenlace. Si el régimen se mantiene y la guerra se prolonga sin un cambio sustancial, la decisión podría verse como un error. “Irán no tenía armas nucleares. El argumento era que estaba cerca de lograr un nivel crítico de enriquecimiento de uranio, pero todo indica que aún estaba lejos de fabricar un arma”, precisa.
Sobre lo que viene, para Novoa la clave está en la resistencia de ambas partes. Irán conserva capacidad para sostener ataques y responder contra intereses estadounidenses e israelíes, mientras que en Washington comienza a crecer la presión política interna.
En paralelo, dentro de Irán podrían emerger tensiones entre sectores más conservadores y corrientes relativamente moderadas del sistema clerical. “Todos están alineados, pero no todos piensan igual. El desenlace dependerá de cómo se alineen esos factores internos y de cuánto pueda resistir cada lado en el tiempo”, concluye.
En ese equilibrio incierto, la región se mueve entre la posibilidad de una guerra prolongada y la de un conflicto contenido que redefina el mapa de poder en el Medio Oriente.
