Política

Reciclaje callejero, el rostro de la pobreza y la miseria en Colombia

En 2020, unos 25.000 recicladores vivían de esta actividad como principal fuente de ingresos en Bogotá, la gran mayoría no tiene vinculación laboral ni beneficios legales

Bogotá. Aparecen como espectros al anochecer y tiran de carretas sobrecargadas por las calles de Bogotá en busca de la basura de otros que alivia su pobreza.

Abriéndose paso entre el tráfico, los recicladores recorren los barrios acomodados de la capital colombiana para escudriñar entre los cubos de basura unos pocos residuos que acumulan a cambio de un puñado de dinero.

Son un ejército de hombres, mujeres y a veces niños en la miseria, muchos de ellos migrantes de la vecina Venezuela.

Jalan enormes cajones de madera sobre dos ruedas y son la cara de la pobreza que los candidatos a las elecciones presidenciales del 29 de mayo prometen combatir en uno de los países más desiguales del mundo.

Distanciados en un abanico de problemas que aquejan al país, los aspirantes de diversas corrientes coinciden en denunciar una pobreza enconada en Colombia (39%) y la informalidad, que según cifras oficiales, afecta al 43,5% de los 50 millones de habitantes.

En 2020, unos 25.000 recicladores vivían de esta actividad como principal fuente de ingresos en Bogotá, pero la gran mayoría no tiene vinculación laboral ni beneficios legales.

En promedio, ganan entre tres y cuatro dólares diarios, dijo Álvaro Nocua, responsable de la asociación de recicladores “Dame la mano”.

De sombrero negro y sonrisa lozana, Jesús María Pérez, de 52 años, camina por las calles recogiendo residuos. Dejó Venezuela, donde era cocinero, y lleva cinco años malviviendo en Colombia.

“Esta vida es dura, pero es mi única opción para sobrevivir (...) No tengo papeles (documentos)” que me permitan tener un trabajo formal, confiesa.

Recogiendo plásticos, botellas de vidrio y cartones, lucha por recaudar unos pesos que cubran lo esencial. Entre el alquiler de su habitación en una pensión y el costo de aparcar su carreta, apenas le queda un cuarto de dolar para la comida. Entonces vende caramelos, para compensar.

“No alcanzan para comer...”, reniega el hombre que abandonó su país a causa de la inflación disparada en la alicaída potencia petrolera.

Para arrastrar la carreta en la que apila el material recolectado tiene que usar la fuerza de sus brazos. Desde 2014 las autoridades prohíben el uso de burros o caballos en esta actividad.

Es habitual encontrarse con familias enteras: los padres rebuscando en la basura, los niños esperando sobre el vehículo. Bogotá produce cada día 7.500 toneladas de residuos y un 16% se recicla.

Tras varios kilómetros, Jesús hace una última parada frente a un moderno edificio para clasificar la basura de un contenedor en el centro de Bogotá.

Los residuos que recolectan irán a parar al “almacén”, a pocos kilómetros de allí, un complejo maloliente bajo techo repleto de papel, plástico y vidrio amontonado.

Martha Muñoz, la dueña del local, hace el papel de intermediaria entre los recicladores, muchos de ellos “indigentes”, y las grandes estaciones de clasificación de basura.

En 2013, los recolectores de residuos de la capital obtuvieron un reconocimiento oficial que les permite recibir, a través de asociaciones autorizadas, un ingreso mínimo de la alcaldía.

Entonces corría la alcaldía de Gustavo Petro en Bogotá, hoy candidato izquierdista a la presidencia y favorito en todas las encuestas.

El senador y exguerrillero incluyó a los recicladores en el plan de recolección de basuras público y formalizó su oficio.

Tras la pandemia y el descalabro de la economía, los recicladores protestaron en las calles pidiendo auxilio.

Por la noche, Jesús vuelve a su destartalada habitación en un barrio marginal y se cocina un plato de arroz en una estufa improvisada. Si la situación en Colombia no mejora, fija a Chile como su próximo destino.

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