
Beirut, Líbano. Tres semanas de guerra en el Líbano, y ningún descanso para el doctor Ghassan Abu Sittah, un cirujano que, entre dos operaciones, describe a la AFP una “carrera contrarreloj” para salvar a niños heridos en los bombardeos israelíes.
En el Hospital Universitario Americano de Beirut, su unidad de cuidados intensivos pediátricos recibe los casos más críticos de todo el país, junto a padres desesperados que rezan por sus hijos.
El día en que habló con la AFP, el fuego alcanzó un punto en pleno centro de la capital, y tres niños fueron rescatados con vida de entre los escombros, gravemente heridos.
“Una menor de 11 años tenía metralla en el abdomen y el pie parcialmente amputado (…) pero saldrá adelante”, relata el médico, que vive en el campus universitario y corre al quirófano cada vez que hay una emergencia.
En el Líbano, bombardeado por Israel tras los ataques del movimiento Hezbolá el 2 de marzo, ya murieron 118 niños y 370 resultaron heridos, según el último balance oficial, que sigue aumentando.
Son casos de miembros arrancados, traumatismos craneales, lesiones cerebrales, metralla en el rostro o en los ojos.
El médico palestino-británico, especialista en reconstrucción, enumera las heridas que ve desfilar a diario.
“A menudo vemos todo en un solo niño. Eso significa que tendrá que someterse a muchas operaciones”, indica el hombre con barba canosa y ojeras marcadas, visiblemente agotado.
Recuerda a tres hermanas que llegaron hace 15 días. “Sus heridas son tan graves que tengo que llevarlas al quirófano cada 48 horas, retirar la mayor cantidad posible de tejido necrótico y limpiar las heridas para que estén listas para la cirugía reconstructiva”, detalla.
No es un simple número
Con 57 años, Abu Sittah ya vio de todo. Dedicó su vida a atender a civiles heridos en las crisis que ensangrentan Oriente Medio.
La violencia es una “enfermedad endémica” en la región, comenta desalentado, pero “uno nunca se acostumbra” al sufrimiento de los niños, porque “un niño nunca debería volverse anónimo, un simple número”, insiste.
Su primera experiencia en un conflicto se remonta a 1991, cuando era estudiante de Medicina y descubrió los estragos de la guerra del Golfo tras la retirada de las tropas iraquíes de Kuwait, donde nació, hijo de un refugiado palestino de Gaza y de una madre libanesa.
Allí descubrió su vocación. Desde el Reino Unido, donde obtuvo su título, viajó a Gaza durante la primera Intifada; al sur del Líbano bombardeado por Israel en 1996; a Irak y Yemen, aunque regresa a la franja palestina con cada nueva guerra.
En 2023, escapó por poco de un ataque contra un hospital en Gaza, donde pasó 43 días tras las represalias israelíes que siguieron al ataque del 7 de octubre.
Para Abu Sittah, el paralelismo con lo que ocurre hoy en el Líbano es evidente.
“Es una Gaza en miniatura”, subraya. Si bien la tasa de mortalidad es menor, las infraestructuras y los profesionales sanitarios también están pagando un precio muy alto.

Ambulancias bombardeadas
Con los bombardeos incesantes sobre los suburbios del sur de Beirut, “perdimos cuatro hospitales (forzados a evacuar), uno de los cuales tenía una importante unidad de urgencias pediátricas”, añade.
Varios niños gravemente heridos también murieron porque no pudieron ser trasladados a tiempo desde zonas rurales donde los centros de salud están mucho menos equipados que en Beirut, según el médico.
“Las ambulancias son blanco de los israelíes, y trasladar a niños desde un hospital en Nabatiyeh (sur) o en Bekaa (este) es muy peligroso. Estos traslados solo pueden hacerse de día y llevan mucho tiempo”, explica.
Establecido en Beirut desde hace varios años, en 2024 creó el Fondo para la Infancia Ghassan Abu Sittah, cuyo objetivo es proporcionar atención médica en Gaza y Líbano, pero también un acompañamiento integral una vez que los niños salen del hospital.
Su paciente más joven tiene cuatro años. Sus padres y sus tres hermanos murieron en un bombardeo; ha perdido un pié, aunque también presenta una lesión en la cabeza y necesitará un seguimiento físico y psicológico intensivo a largo plazo.
“¿A quién confiarlo? ¿Quién cuidará de él?”, se pregunta. “Muchos niños provienen de entornos pobres que no tienen los medios para afrontar todo esto (…) No es solo el cuerpo lo que queda destruido, es toda la estructura familiar”, destaca.
