Política Económica

Órdenes religiosas y particulares dominaron el negocio del crédito en la primera mitad del siglo XIX

Ambos grupos aglutinaban el 90% de las casi 1.600 operaciones otorgadas. Agricultores y comerciantes eran quienes pedían financiamiento, en su mayoría de corto plazo, según investigación de UCR

Don Antonio Reyes, agricultor y vecino de Heredia, acudió al presbítero Félix de Jesús García por un préstamo de 1.100 pesos para producir café.

El financiamiento se formalizó en enero de 1822, a pocos meses de declararse la independencia de Costa Rica. Como respaldo del financiamiento, se hipotecaron los “bienes habidos y por haber” del deudor.

Don Antonio no solo era productor cafetalero, también ocupaba el cargo de alcalde de Heredia, por el cual recibía un pago mensual de cinco pesos, según publicaciones de la época del ayuntamiento herediano.

La información, recopilada en una investigación de la Universidad de Costa Rica (UCR), brinda rasgos básicos pero muy relevantes de quiénes tenían acceso al crédito y quiénes prestaban al comienzo de la vida independiente del país.

Durante la primera mitad del siglo XIX, los prestamistas particulares y órdenes vinculadas a la Iglesia Católica concentraban el 90% de los 1.593 créditos documentados en protocolos coloniales, según el estudio Bases de Datos Económicas y Sociales de Costa Rica (1800-1860), elaborado en la Escuela de Historia de la UCR.

La documentación detalla que también había organizaciones comunales que se dedicaban a prestar dinero, como ocurría en la villa de Barva, en Heredia.

Ronulfo Jiménez, economista y profesor universitario, explicó que la actividad crediticia en Costa Rica se inicia, de manera rudimentaria, debido al dinamismo económico provocado por la actividad agrícola.

“Había curas y organizaciones vinculadas con la Iglesia que prestaban dinero. También había comerciantes que prestaban a los productores, a lo que se le llamaba habilitarlo. La misma Universidad Santo Tomás, más avanzada la vida independiente, tenía fondos para prestar (...) era un financiamiento modesto pero importante en esa época”, comentó Jiménez.

El economista destacó que la actividad crediticia del país empezó a contar con parámetros más formales con la creación del primer banco.

La investigación de la UCR, encabezada por el historiador Iván Molina, refleja que la actividad de financiamiento estaba dirigida, fundamentalmente, a la agricultura, en especial al cultivo del café, producto que impulsó el desarrollo de Costa Rica en esa época.

Otra área relevante en la obtención de crédito fue el comercio, así como ocupaciones como artesanos, labradores o carpinteros. También destacan sacerdotes, militares y empleados públicos.

De las casi 1.600 operaciones recopiladas, entre 1800 y 1850, solo hay registradas 61 mujeres como deudoras. El resto del financiamiento se otorgó a hombres.

La base de datos constituida por los investigadores de la UCR ilustra que, a partir de 1821, hay un incremento relevante en el registro de operaciones crediticias.

Mientras el país era aún parte de la Corona de España, solo había registrados 58 préstamos en los protocolos de los abogados de la época.

Características de los créditos

Las cofradías y los fondos píos, ambos ligados a la Iglesia Católica, se establecen como las primeras instituciones del siglo XIX que brindaban financiamiento en el país.

Las cofradías se constituyen como un fondo alrededor de un santo o virgen, cuyo objetivo era sufragar la construcción de iglesias, misas para santos, procesiones o apoyo económico para personas de escasos recursos, se explica en el artículo Desintegración de bienes de cofradías y de fondos píos en Costa Rica, 1805-1845, elaborado por la catedrática Yamileth González.

Financiamiento en el siglo XIX

Entre 1800 y 1850 hay registrados en protocolos de abogados, casi 1.600 créditos en pesos y reales. Prestamistas y organizaciones religiosas eran quienes financiaban a los pobladores de Costa Rica.

FUENTE: Facultad de Historia de la UCR.    || INFOGRAFÍA / LA NACIÓN.

“El capital de la cofradía se constituye con la hipoteca de las propiedades de sus miembros: por ejemplo, un hacendado hipoteca su hacienda (ganadera) por una determinada cantidad y paga un interés a la cofradía”, se detalla en la publicación de 1984.

Los fondos píos, por su parte, tenían una vocación de carácter beneficiosa.

Las obras pías o piadosas comprenden desde conventos hasta haciendas y las ganancias se destinan al mantenimiento de obras de interés público, como hospitales.

“Las transacciones de préstamos se hacen, casi siempre, entre un mismo grupo de criollos, únicos poseedores de un respaldo económico suficiente, que les permite acceder a los préstamos e invertir para acrecentar su capital; por otra parte, la misma institución se enriquece con los intereses y los bienes de aquellos que no pueden cubrir sus deudas”, reseña González en su artículo, en referencia a estas órdenes religiosas.

Precisamente, estas organizaciones establecen, en sus operaciones de financiamiento, características similares a las de créditos tal como se conocen hoy.

Por ejemplo, la tasa de interés de los préstamos se iniciaba en el 5% anual, y podría llegar hasta el 12%, se detalla en la investigación de la Facultad de Historia de la UCR.

En cuando al plazo, la mayoría de las operaciones eran de corto plazo. La investigación encontró préstamos de menos de un año, hasta un máximo de 10 años, pero en muy pocos casos.

En 1877 se fundó el Banco de la Unión, que a partir de 1890, cambió su nombre a Banco de Costa Rica. El Gobierno lo autorizó a emitir monedas.

Entre los prestamistas particulares sí se reseña la utilización de tasas de usura.

A finales de la década de 1840, hay registrados varios préstamos a un interés del 48%. Una operación es de un crédito por 100 pesos dada solo por cuatro meses.

Al igual que las órdenes religiosas, los plazos son, en su gran mayoría, de menos de cinco años.

Para obtener el financiamiento, las personas ponían a responder, principalmente, sus viviendas, cafetales, haciendas, ganado y hasta la producción de café, según la investigación de la UCR.

El objetivo de los recursos, en su mayoría, para el impulso de la actividad agrícola, pago de deudas y compra de terrenos.

Sin embargo, se encuentran casos muy particulares. Por ejemplo, una persona solicitó un financiamiento por 150 pesos, en 1805, e hipotecó esclavos para obtener el dinero.

También, en la información, sobresale una operación, en 1848, una prórroga a una deuda por 300 pesos, que un artesano solicitó para poder salir de la cárcel a la cual lo llevaron sus acreedores.

Formalización bancaria

Alcanzar el establecimiento de un primer banco comercial le tomó décadas a la joven república costarricense.

A partir 1840, se constituyen varias casas consignatarias consideradas el primer antecedente bancario del país. Su objetivo era financiar productores, en su mayoría de café.

Entre las principales sobresalen las casas consignatarias de Fernández y Montealegre, Mora y Aguilar, y Brealey y Morales.

“Estas casas consignatarias tenían gran injerencia en la vida económica, al grado que en 1850 fracasó el intento por crear el Banco Nacional de Costa Rica, debido a la oposición que ejercieron los comerciantes y los exportadores vinculados financieramente con la banca británica, que controlaba el crédito usurero por medio de estas”, se explica en una reseña histórica sobre la banca, del Archivo Nacional.

Fue hasta 1863 que se fundó el Banco Anglo Costarricense. El capital inicial de la primera entidad bancaria fue de $100.000.

En 1877 se crea el Banco de la Unión, que posteriormente se conocerá como Banco de Costa Rica (BCR). Mientras que, en 1914, nace el Banco Nacional.

“A finales del siglo (1896) con don Rafael Yglesias, fue cuando se establece el colón y se formaliza el sistema y se da la materia prima para la banca”, destacó Jiménez.

El economista afirmó que el siglo XIX fue extraordinario para Costa Rica porque fue el inicio de la organización de un sistema financiero y económico.

Óscar Rodríguez

Óscar Rodríguez

Periodista de Economía. Máster en Periodismo Económico de la Universidad Rey Juan Carlos de España. Escribe sobre finanzas y macroeconomía. Ganador del premio Jorge Vargas Gené 2015 y Distinción del Mérito Periodístico 2011 de Canatur. Redactor del año La Nación en 2017.