Mimian Hsu está en la sala 1 del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC). Es decir, claro que vemos su obra exhibida en el espacio, entre instalaciones, textiles, videos e imágenes. Pero la artista está aquí, entre las piezas, dentro de ellas: como participante, como rastro de sus performances y presente como una persona que, cada vez más, integra su cuerpo en el trabajo que elabora. Es una exposición de Mimian donde Mimian está en todas partes.
Ahora bien, no es autobiografía, necesariamente, ni solo un espejo. Se trata de poner su cuerpo, su intelecto y sus emociones a crear cada proyecto así como los vamos experimentando: “Yo hago mi obra no para mostrar conexiones, sino para generar conexiones”, dice.
Hace unos meses, cuando hablamos por primera vez de esta exposición, Hsu contaba que sumergirse en su archivo, en todo lo que ha hecho por 25 años, le hizo plantearse las cosas de otra forma. “De alguna manera, me hizo ver continuidades, pero también todo lo que he cambiado, en mis intereses, en mi forma de aproximarme a los conceptos, a las técnicas”, dijo.
Esta oportunidad se abre también a los visitantes, hasta octubre (al lado de la revisión de la artista Elia Arce). Además, en las últimas semanas, Mimian ha participado de una residencia en el espacio de arte independiente Satisfactory, en barrio Escalante, como parte del programa de experimentación artística Bocetos.
En suma, es un año lleno para la artista, quien además ha participado en exposiciones en el extranjero. Es momento de pausa, de repaso, pero solo para pensar en lo que viene mientras ella misma lo va descubriendo en su trabajo.

Migración, memoria y cuerpo en la obra de Mimian Hsu
Mimian nació en Costa Rica porque su padre vino en 1974 para una misión agrícola de la cooperación de Taiwán. Traía consigo no solo la densa historia de la isla, sino también el deseo de ver más. Se enamoró del país y su familia se quedó a partir de 1978. Como muchas otras familias de origen asiático en el país, encontró una comunidad, pero Mimian es un poco de ambas partes.
Eso quiere decir que hay ocasiones cuando los dos mundos se encuentran. En una visita guiada reciente, su papá trajo a unos 30 miembros de la comunidad sinocostarricense, de Taiwán y de China, que culminó en un picnic en el Parque Nacional. Una de las señoras llevaba una “enagua típica”, como la que usa Mimian en una de sus primeras obras exhibidas, La Gran China.
“Yo no me esperaba un grupo tan grande de gente; además, fue la primera vez que di una visita guiada en mandarín y me di cuenta de que soy muy diferente dando visitas guiadas en mandarín que en español”, explica Hsu. Por otro lado, algunos son migrantes recientes, no de segunda generación como la artista. Las experiencias son distintas, pero entre las obras fueron hallando puntos en común.
Cada obra parece impregnada de tiempo. Una instalación suspendida unos metros sobre el suelo, Hsu Zheng, recuerda a su abuelo, víctima de la campaña nacionalista de Chiang Kai Shek en 1947. Cada cascabel mide los días desde su desaparición hasta el día de la inauguración de la exposición.
Otra pieza es evidencia de su performance 10.000 aguas, con todos esos vasos dispuestos en el suelo, como memoria de la acción que los fue colmando. “Llenar los 10,000 vasos con agua es una acción similar a la manera con que abordé mis relaciones con familiares que están a miles de kilómetros de distancia”, describe su obra en el texto. “Es un acicalamiento solitario de la memoria y los símbolos adquiridos durante los limitados períodos de tiempo en los cuales interactuamos”.
Así, casi sin querer, van apareciendo otros miembros de su familia, hilos de un tejido que va y viene en el tiempo, que la ha dibujado a ella, pero que ella misma va decidiendo cómo ordenar en torno a su vida. Para estar tan cargadas de memoria, de ausencia, son obras que también traslucen felicidad, el calor de la búsqueda de anclaje, familia y permanencia.
Gradualmente, el involucramiento de su corporalidad ha ido extendiéndose a otras formas de comprender sus obras. Si en los videos La chinitica y I’m In Heaven, de 2003, ya figuraba como esa presencia china-tica, justamente, ahora teje una capa para cubrirse en Satisfactory, emulando el musgo y los líquenes de Dota, paisaje que recorría con sus padres.
Tal cercanía empezó en torno a la muerte de su tía, que motivó la realización de 10.000 aguas. “Eso responde a un desbordamiento. Yo tenía una necesidad de control, que creo que venía de una idea, de un una manera de concebirme que era que mi obra llegaba a las conclusiones lejos de las emociones”, explica.
“Es decir, como a través de un proceso racional con respecto a las emociones y que responde a muchas razones. Algunas tienen que ver con el contexto del arte, otras con mi crianza y también con miedos”, confiesa. “Pero fallece mi tía y un año después, me desbordé. Ella fallece en el 2012 y en el 2013 yo sentía que el luto era muy difícil de contener. Todo lo que se desbordó lo recogí y lo vertí sobre la obra y la única manera de hacer eso era con mi cuerpo”, describe.
Eso explica, pues, que se vuelva musgo, árbol, tierra, por medio de un laborioso textil que ella misma va creando. Parte de diversas teorías recientes que permiten “entender los ecosistemas como ensamblajes de seres y de formas de vida individuales que se ensamblan para formar algo más, pero mantienen su manera de ser, y están todos coexistiendo, cohabitando”.
