Áncora

Entrevista con la escritora Liliana Colanzi: Lucidez tras el insomnio y siete escenas de una cucaracha moribunda

Nos quedaba una entrevista del festival Centroamérica Cuenta. La escritora boliviana de 38 años habló de su libro de cuentos ‘Nuestro mundo muerto’, del insomnio, de las lecturas y de un tercer personaje que nos acompañó en el camerino de la Compañía Nacional de Teatro

Huir, huir. Cuidado, sombras, movimientos. Rápido, rápido. Estoy entre ellas, me asedian. Cuidado, la vibración rítmica. Son pasos; se acercan. No respiro; fue ese líquido. Huir, huir. Allí, por la hendija. Calma, algo de calma. Cuánta confusión, casi me aplastan. Nunca me había pasado; fue ese líquido. Las sombras se estacionaron; son ellas, son dos. Mucha luz; no es seguro. Huir, huir. A la primera, huir. Un escondrijo; oscuridad, necesito oscuridad.

Aquel jueves de mediados de mayo, Centroamérica Cuenta empezaba a quemar sus últimos cartuchos rumbo a su final. Teníamos una conversación pendiente. Era de noche y llovía como si no fuera a parar nunca: llovía como siempre. Liliana Colanzi, boliviana de 38 años que se destaca como una de las escritoras latinoamericanas que hay que leer en la actualidad, venía de un conversatorio e iba hacia una presentación en una refinada cantina josefina; apenas la atajé y tenía el tiempo justo para esta entrevista.

El camerino de la Compañía Nacional de Teatro, allí en la Antigua Aduana, se había convertido en escenario de entrevistas; allí nos alejamos del bullicio. Ella, editora, periodista, profesora de la Universidad de Cornell y seleccionada para los 39 escritores menores de 40 años del Hay Festival en el 2017, frente al espejo, las luces y las preguntas. Nos concentramos en su libro de cuentos Nuestro mundo muerto (2016) –finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2017–, que Encino publicó en una edición costarricense; en el insomnio, en la locura y en el tercer personaje en aquel espacio cerrado.

–Se podría decir que su literatura habla sobre la incomodidad, lo que nos hace ruido en lo cotidiano, lo que todos sabemos que existe pero no todos escriben. ¿A qué se debe ese interés por retratar algo tan común que puede ser tan revelador?

–Por un lado, los cuentos de este libro (Nuestro mundo muerto) están atravesados por un estado de ánimo fantasmal y, por otro lado, por un interés por explorar los estados límites de consciencia en los que sentimos que estamos perdiendo la razón o que se nos abre la realidad de una manera insospechada, como puede ser, por ejemplo, la experiencia religiosa, la experiencia mística o también la paranoia, la idea de que el mundo nos manda señales por todo lado, que tenemos que decodificarlas y que estamos de alguna manera sobreleyendo todos estos símbolos, estos códigos. Por otro lado, me interesaba explorar la realidad de los sueños, las alucinaciones provocadas por remedios y sustancias, la idea del insomnio como esta frontera con la locura, esta hiperlucidez que, en algún momento, se convierte en algo monstruoso y que lo que quiere es clausurarte, cerrar la consciencia…

–Son momentos límites, que si se va hacia un lado puede desbarrancarse...

–Exacto. Me interesaba explorar ese desbarrancamiento desde diferentes ángulos y con distintos personajes. En ese sentido, este libro nace de una experiencia muy prolongada de insomnio y, por otro lado, está muy atada a mi emigración a los Estados Unidos. Me fui a vivir a una pequeña ciudad universitaria donde cae nieve siete meses al año y este paisaje blanco, de nieve permanente y silencio total, acoplado con la intensa exigencia universitaria, crearon esta atmósfera de pérdida de la razón y de lo fantasmal. Era un paisaje totalmente espectral, donde en los meses de invierno no se veían seres vivos, no se escuchaban ruidos y donde pasabas mucho tiempo con tus propios pensamientos. Esa fue mi experiencia de los Estados Unidos.

–En este libro fue más allá, otros exploraban más lo cotidiano. ¿Por qué?

–Sí; de hecho, me cansó lo cotidiano. Quise irme lo más lejos posible de mi libro anterior, en que sí había un interés más por lo cotidiano, por lo más cercano a mi realidad en ese momento; quise irme tan lejos que me fui a Marte. Quería salir de aquellos territorios que conocía mejor y explorar aquellos lugares que me resultaban misteriosos y ajenos totalmente como el paisaje marciano, que era una extrapolación de mi sensación como migrante en este pequeño pueblito nevado de Estados Unidos, solo que multiplicado por mil en el caso de Marte. Me imaginaba cómo sería la experiencia de emigración radical, donde no tienes otro contacto humano más que aquel con el pequeño grupo con el cual has emigrado y donde se pierde la idea de la naturaleza por el paisaje tan árido; no existe nada familiar, ni animales, plantas ni el paisaje de una ciudad, más allá de esta colinas donde no crece nada. Y qué podría hacerle eso a tu mente y en qué momento se empieza a romper la razón ante lo monstruoso de esta aridez. Quise irme lo más lejos de todo aquello que conocía, pero también me interesaba explorar otros lugares y otros paisajes como el paisaje de la selva, el paisaje del Chaco, territorios que me interesan y que simbólicamente hay muchísimo por explorar allí.

–¿El cambio también tiene que ver con un querer alejarse adrede de las etiquetas?

–Más que todo con el afán exploratorio. Quería romper la idea del gusto literario como la literatura como una de las bellas artes, de la sensibilidad privilegiada…

–Mira una cucaracha allí

–Sí, la acabo de ver…

–Tenemos compañía… (risas) La podemos entrevistar.

–¿En qué estaba? Claro. O la literatura como un lugar de una sensibilidad elitista o privilegiada; en ese sentido, me interesa mucho cruzar todo esto con los géneros: los géneros tienen mala fama y esa mala fama me gusta… Me gusta el lugar de los materiales desechables, de la estética clase B, de lo popular. En lo popular hay una energía, hay una poesía tremenda a la que es necesario prestarle atención. Con lo popular también me refiero a ese otro tipo de saberes que quedan generalmente anulados y silenciado como las leyendas indígenas, los cuentos de las nanas, aquello que se considera superstición, aquello que queda fuera del saber racional occidental científico y que, sin embargo, es parte de aquello con lo que crecimos y configura nuestra forma de ver el mundo; sin embargo, a partir de que nos sabemos que es un saber menor empezamos a tirarlo de lado. Estas historias que tienen que ver con la muerte, con los fantasmas, llegan a través de estas historias populares y tendemos a negarlas o rechazarlas muy fácilmente y yo quería ahondar allí.

–Sobre la muerte se ha escrito mucho, tenemos todos los tabús del mundo al respecto y toda la incertidumbre aunque no hay nada más certero que la muerte. ¿Cómo ve la muerte y qué significa para usted?

–Es lo más sobrenatural que existe y con lo que lidiamos en todo momento. La idea de que alguien pueda desaparecer para siempre es una brutal, radical, incomprensible y cruel. La idea de que esto va a suceder con todas las personas que conocemos y amamos y que no hay una respuesta para este enorme misterio, me parece algo fascinante. A través de los cuentos lo que hago es ver la manera con la que nos relacionamos con este abismo. En uno de los cuentos la muerte está abordada desde la perspectiva de unos niños –el cuento es Alfredito– que no saben qué pasó con su compañerito; salió de un recuerdo de la infancia, cuando uno de mis amigos murió de un ataque de asma y yo tenía la fantasía de que lo iba a ver llegar a la clase y ocupar su asiento de siempre; no tenía mucha idea de adónde se había ido. La muerte para mí no estaba asociada con este ritual católico del luto y del llanto; era solo una curiosidad metafísica que tenía la posibilidad de que en cualquier momento iba a ver a la persona de nuevo. Esa naturalidad con la que se relacionan los niños con la muerte me parecía muy llena de posibilidades.

–Qué hacemos con la cucaracha; se le va a subir…

–Ahhhh. Hablando de animales y monstruos.

–Parece que la fumigaron…

–Y está pataleando como loca. Dejémosla allí. Allí se va a quedar.

–La muerte.

–Sí, la muerte (risas).

–¿Y cómo se llama ese pueblo en el que vive?

–Ithaca.

–¿Y uno puede vivir allí sin pensar permanente en Ulises?

–Sí, toda la zona tiene nombres mitológicos.

–Si quiere pasarse a otro lugar…

–No, no me molesta una cucarachita; no me gustaría que se me suba al pie, digamos. No hacen nada.

–Tiene un concepto de realidad que no es el tradicional para algún tipo de literatura. ¿Con cuál concepto de realidad se siente cómoda y trabaja en su literatura?

–Con la idea de que la realidad es sumamente plástica y sumamente porosa. Me gusta la idea de la realidad que tiene

–Yo no quiero matarte (a la cucaracha), pero creo que lo tendremos que hacer… Si persistís.

–No, dejala. A menos que te moleste mucho. Si se aleja, me da lo mismo.

–Es que anda buscando una salida.

–Hay un zoológo, baron Jakob von Uexküll, que tiene un concepto del mundo circundante. Él propone que hay una realidad distinta para cada ser vivo en este planeta. Creemos que es un bloque homogéneo con el cual todos los seres vivos se relacionan exactamente de la misma manera y lo que él propone es que hay un mundo para la garrapata, un mundo para la cucaracha, un mundo para la ballena, un mundo para el mono, un mundo para el ser humano, al cual solo podemos acceder por medio de la imaginación porque no tenemos la misma configuración de otro animal. Nuestra experiencia del mundo es radicalmente distinta a la de otro ser. En ese sentido, hay una infinidad de mundos en este mundo, una infinidad de realidades en esta realidad y esa es la idea de la realidad que me interesa explorar.

”Por eso, me gusta mucho escribir sobre animales y otro tipo de criaturas sobre las que es muy difícil escribir, pero que me provocan mucha curiosidad. Me refiero al mundo de las plantas, estos seres un poco alienígenas que no sabemos verdaderamente nada sobre su experiencia con el mundo; los vemos como parte del decorado, del paisaje y no como seres con sensaciones propias y que tienen una conexión bastante compleja con todo lo que los rodea”.

–Es parte de una generación de escritoras que está dando mucho que hablar y mucho que leer en el ámbito latinoamericano en la actualidad. ¿Se siente parte de una generación, parte de un grupo o son solo escritoras que tienen coincidencias?

–Creo que hay coincidencias tanto en la cuestión de cómo abordamos algunos temas, una preferencia por el género, una preferencia también por abordar lo monstruoso en varias escritoras como Mónica Ojeda, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin o María Fernanda Ampuero, y muchas más de las que podría seguir mencionando; todas me interesan muchísimo. También hay otras escritoras que me interesan, con mundos rarísimos, y no son de mi generación. Me interesa esta locura mística de Clarice Lispector, el mundo surreal de Leonora Carrington...

–¿De qué forma te moldean las lecturas? ¿Cómo lidia con esto de escribir mientras lee a otros que tienen un estilo tan diferente y no dejarse permear por esas lecturas?

–…

–Es muy gracioso, hacer toda esta entrevista con el ojo de la cucaracha. Risas. Me voy a acordar siempre de esto. Estamos pendientes del tercero en la sala. No lo podemos perder de vista; se acerca peligrosamente, patalea… Risas.

–Si esto hubiese sido planeado no nos sale tan bien. Es un acto performativo.

–El mundo de la cucaracha.

–A tu pregunta: no tengo mucha ansiedad con respecto a las influencias porque me parece que la escritura es también un diálogo con los escritos de autores que nos interesan. Estamos robando permanentemente. Cada escritor procesa las influencias; María Negroni decía: lo pasa por su propia máquina.

”Siempre escribo con algún mantra o talismán: algún libro al lado que me saca del paso en el momento en que llego a alguna encrucijada y, en este momento, me sirve mucho abrir el libro y ver cómo han salido del paso otros escritores. Todo el tiempo cambian estos autores que tengo allí a mi lado: un tiempo fue un poemario que se llama La noche, de Jorge Sáenz. Algo que conté en la presentación es que últimamente ese talismán es un cuento de Felisberto Hernández, que se llama El acomodador, que también me servía para jalarme en esos momentos de incertidumbre”.

–¿Qué tipo de lectora es?

–Soy una lectora bastante caótica. Es curioso: por un lado, tengo la disciplina de las lecturas académicas, porque ese es mi trabajo que exige cierta sistematización, pero, por otro lado, fuera del trabajo, soy una lectora bien caótica. Hay momentos en los que me satura el presentismo de algunas lecturas y me doy cuenta de que estoy leyendo a demasiados autores contemporáneos; allí hago el ejercicio de irme al pasado y ver otro tipo de libros que no necesariamente están circulando en la prensa, pero que te iluminan otras áreas. Mi relación con la Academia me sirve para escapar un poco de la idea de lo nuevo, del último libro publicado.

–Es como una necesidad creada de siempre tener el último libro del que se habla leído…

–Y puedes pasarte el resto del año leyendo al último autor del momento. Me gusta que el tiempo haga su propia escriba y me gusta equilibrar con otras lecturas.

–En una gran batería de preguntas que le hizo El País de España, le preguntaban por una gran experiencia y respondió: adicción/detox. ¿Qué le aportó esa experiencia a la escritora?

–Mi cercanía con la locura proviene precisamente de allí. Cuando me mudé a Estados Unidos y empecé mi vida en la universidad, me vino al mismo tiempo un periodo de insomnio brutal y para curar el insomnio, la doctora me recetó unas pastillas, unos ansiolíticos. No estaba para nada consciente del riesgo de la adicción en ese momento. Lo que quería era deshacerme del insomnio. Dejar estas pastillas, esta medicina, fue lo más cercano que he estado de la experiencia de perder la razón.

”Creo que mi libro no hubiese sido posible sin esta experiencia extrema que te hace, además, muy consciente de la fragilidad y de los límites de tu propio cuerpo y de tu propia sanidad mental, de lo realmente frágiles que somos los seres humanos. Cómo una sustancia, avalada por la medicina, te puede llevar a un estado radical como ese. Ahora hay mucha más consciencia del riesgo de adicción con los ansiolíticos. Cuando me la dieron, todavía se pensaba que era una medicina segura, que se quitaba muy fácilmente y que no tenía mayores efectos secundarios. Ahora, hay mayores conocimientos acerca de los riesgos y no se tiende a prescribir tan fácilmente”.

–Lidiaba con dos estados muy parecidos a la locura: el insomnio y una adicción y desintoxicación...

–En realidad, esta medicina que yo tomé para lidiar el insomnio lo que hizo al retirarla fue incrementar el insomnio a un nivel mucho más salvaje; entonces, sí fue una experiencia en la que en algún punto creí que no había retorno y que no había solución. Me hizo mucho más consciente de los límites del cuerpo, de nuestra fragilidad y de la idea de la muerte.

–¿Cómo hizo luego con el insomnio?

–Estuve como dos años dejando esta pastilla y curándome de a poco de esto hasta que fui recobrando el sueño más normal. Pasé de dormir dos horas a dormir cuatro horas; después tenía episodios en los que recaía en el insomnio hasta que, finalmente, me normalicé. He llegado al punto de que, haber pasado por aquello, me parece ciencia ficción. En aquel momento oscuro trataba de consolarme con un futuro en que ese momento de pesadilla fuera un sueño para mí; ahora lo puedo ver de esa manera porque ya no me concibo en ese lugar. Me parece un lugar bastante extraño y me pregunto si estuve allí.

–Con nuestra conversación, murió la cucaracha.

–Ay, la cucaracha.

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