
Nadie sabe cuándo abrió los ojos el primer “ser humano”, mucho menos si fue de día o de noche. Hasta donde conocemos hoy, las representaciones más antiguas de la Luna datan de hace 30.000 años, en algunas imágenes encontradas en cavernas de Francia y Alemania. Es probable que algún día encontremos referencias más viejas, ojalá mientras recordemos lo que vivimos hoy con la misión Artemis II.
La nave Orion, que transportó a los astronautas al punto más distante que un ser humano ha estado de la Tierra, volverá al mar este viernes, tras fascinar a millones con sus avances científicos... y provocar un profundo impacto en sus tripulantes. La Luna, simplemente, nos fascina.
Y como ha sido así desde siempre, cuando sea que se ubique ese “siempre”, hemos creado piezas de arte de todo tipo pensando en la Luna. Por eso, en Áncora repasamos cinco, para acompañarnos en este día que se nos permite pasar “en la Luna”, distraídos con la inmensidad del universo.

1. Disco celeste de Nebra (c. 1800-1600 a. C.)
Creado mucho antes de telescopios y las transmisiones de la NASA en YouTube, este objeto hallado en Alemania ofrece una de las representaciones más antiguas conocidas del cielo nocturno.
El llamado Disco de Nebra, elaborado en bronce con incrustaciones de oro, muestra lo que se interpreta como el Sol o la Luna llena, una luna creciente y un conjunto de estrellas —posiblemente las Pléyades—.
Tiene un valor arqueológico incalculable, pero además nos muestra desde hace cuánto la Luna es crucial en nuestra comprensión del mundo y del tiempo. Por el contexto en el que fue hallada, se cree que funcionaba como herramienta ritual o incluso como instrumento para sincronizar calendarios lunares y solares.
O sea, que la Luna ordena nuestras vidas desde antes de que supiéramos exactamente qué era; mil años más tarde, el poeta griego Hesíodo estaría escribiendo sobre cómo organizar cultivos y pesca en torno a las Pléyades y la Luna.

2. Le Voyage dans la Lune (1902), de Georges Méliès
Hablar de la Luna en el arte moderno es, inevitablemente, empezar aquí. Este cortometraje fundacional no solo inauguró el cine de ciencia ficción, sino que convirtió al satélite en escenario de fantasía, humor y asombro.
Georges Méliès era mago, es decir, que sabía qué quería la gente. Y lo que quería, en pleno apogeo de la Revolución Industrial, del avance de la ciencia, y del cinematógrafo, era ver más allá, más lejos, más profundo. Así que inspirado en la fiebre lunar tal como Jules Verne, nos llevó a la Luna mucho antes de que soñáramos con lograrlo.
La célebre imagen del cohete incrustado en el ojo lunar sintetiza una época, presentádonos la ciencia como espectáculo y la imaginación como el combustible de nuestra imaginación.
Claro, en esta exploración lunar, nuestros científicos chocan con los selenitas, o sea, los habitantes lunares... así que también nos habla de la fiebre colonial de entonces, porque a las criaturas no les va nada bien. Como vemos, la Luna nos hablá de allá y de acá.

3. Pierrot Lunaire (1912), de Arnold Schoenberg
La Luna es de... los lunáticos. Es decir, de los locos, pero también los soñadores, los románticos, los genios y los que sueñan algo más. Y cuando la música llegó al siglo XX, más de un artista quería reinventarla y hacerla nueva, reimaginarlo todo desde el inicio. Uno de ellos fue Arnold Schoenberg, cuyas polémicas innovaciones musicales dejaron huella en todas las décadas siguientes.
En esta obra clave del siglo XX, la Luna es un estado mental. A través del sprechstimme, una técnica vocal entre el canto y el habla, Schoenberg construye un universo inquietante donde Pierrot, figura heredada de la commedia dell’arte, deambula en una atmósfera de alienación y extrañeza.
En vez de iluminar el camino, la Luna todo lo perturba, como símbolo de lo irracional, de lo fragmentado, de una modernidad que ha perdido su centro. “El vino que se bebe con los ojos / es vertido en oleadas por la luna en la noche, /y una marea viva se desborda /sobre el horizonte silencioso”, reza el poema de Albert Giraud que le da texto a la obra de Schoenberg.
4. La noche estrellada (1889), de Vincent van Gogh
Está bien, usted ya ha visto La noche estrellada... pero, ¿la ha observado? ¿Se ha dejado llevar por sus flujos lunares, sus ríos de luz, sus sombras? Por siglo y medio, millones de personas han hecho de esta su pintura por antonomasia, su obra de arte preferida, y sin duda ayuda que sea la Luna una de sus protagonistas.
Aunque dominado por el torbellino de estrellas, este lienzo otorga a la Luna un papel decisivo. Es una presencia vibrante, casi orgánica, que dialoga con el cielo en movimiento; uno la percibe desencajada, a punto de salirse del cielo.
Poco después de su llegada a Arlés en febrero de 1888, Van Gogh escribió a su hermano Theo: “Necesito una noche estrellada con cipreses o —quizá sobre un campo de trigo maduro—; aquí hay noches realmente hermosas". Esta fue una de las que nos dejó para recordar con él.

5. Jarrones luna (siglos XVII–XVIII)
En la tradición cerámica coreana, estas vasijas de porcelana blanca encarnan una poética esencial de la simplicidad. Su forma imperfecta, casi esférica, evoca la plenitud de la Luna llena, pero sin ornamento ni grandilocuencia.
La vasija lunar se entrelaza con la identidad coreana. Comenzaron a fabricarse durante la dinastía Joseon (1392-1910), cuando Corea seguía el sistema de pensamiento neoconfuciano. Propagados por el filósofo chino Confucio entre los siglos VI y V a. C., los ideales confucianos de simplicidad, humildad, modestia, pureza y austeridad se extendieron más allá de China.
La espontaneidad juega un papel aquí: aunque son creaciones “minimalistas”, ninguna es idéntica, así como la Luna tampoco es la misma para cual de nosotros que la mira.

¡En fin! La Luna nos fascina. La vemos en todas partes. O como diría el poeta japonés Matsuo Basho en 1681, 夜ル竊ニ虫は月下の栗を穿ツ
(Por la noche, en secreto,
los insectos perforan las castañas
bajo la luna)
