
No se sabe a ciencia cierta qué es el Psicosonorama, pero ayer se le vio despegar en el Jazz Café de Escazú. Es más que el nombre del segundo y flamante álbum de Sonámbulo; de eso no cabe duda.
El concepto que el grupo ha intentado difundir lo explica más como una suerte de nave capaz de absorber todo tipo de energías y convertirlas en sonido, colores y sensaciones, y en más energía.
“Es un ser único con cuerpo biomecánico que se alimenta de la materia oscura presente en el espacio, y la transmuta en luz líquida”, lee el sitio web de la banda, antes de asegurar que, según investigaciones de los expertos, “se reveló que las personas que tengan cualquier tipo de contacto con el Psicosonorama podrán experimentar un viaje hacia el punto G de la imaginación”.
No obstante, para que su vuelo le permita al público llegar a ese lugar de su ingenio, hay un protocolo. Por eso, ayer, a las 3:30 p. m., cuando Sonámbulo ofreció el primero de dos conciertos de presentación del disco, el público tuvo que aguardar para conocer al Psicosonorama en vivo y a colores.
A esa hora, el conjunto de 10 músicos interpretó la trilogía Jabalí montuno, de A puro peluche (2009), su primer disco, cuyo ciclo oficialmente concluyó con el lanzamiento de la nueva gema.
Del ese álbum también tocaron Bolero carabalí, No hay mal que por bien no venga, Agua y 1807: Amor de cafetal, y con ello la atmósfera del recinto estaba preparada para el ascenso del Psicosonorama. El aforo estaba, igualmente, listo; sudado y afónico por esa primera hora de concierto.

Vuelo. En medio de una introducción instrumental con fragmentos de Frères II (el último tema del disco), el cantante y guitarrista David Cuenca se dirigió al público con una simple frase: “bienvenidos a Psicosonorama”.
De repente, Sonámbulo estaba tocando Afroparce, esa comparsa mágica que le da la bienvenida al álbum, y el lugar estaba boca arriba, celebrando en baile y conmoción, una constante durante prácticamente todo el concierto.
Hermanos Smith, La maraca y Luz, las que siguieron, han estado en el repertorio en vivo desde tiempo antes de que saliera el álbum, y todavía son de las favoritas de los fans. Antes de La maraca, Roberto Román (congas y voces) dedicó el concierto a Daniel Cuenca, miembro fundador que actualmente no canta con la banda por asuntos de salud, pero que se hizo presente en el concierto.
Siguieron Paula, El último bikitín, Habichuela y Dürüm & Bass, piezas que –en cambio– mucha gente no conoció hasta que se publicó el disco, y esas fueron de las que el aforo más disfrutó. Además, ya se las saben completas, y parece que van a seguir sonando en los chivos durante buen rato más.
Con poco más de dos horas y media de espectáculo, Sonámbulo tocó todas las canciones incluidas en Psicosonorama, en cuenta una seguidilla de otras viejas conocidas que también están en el disco: Manifiesto, Saldré volando y La cumbia del caldero.
Como suele suceder, la banda no escatimó energías durante la presentación, un asunto impresionante tomando en cuenta que unas horas después repetiría la hazaña en el mismo recinto, pues el show de ayer en la tarde estaba abierto a menores de edad; en el aforo había desde bebés hasta recién egresados del colegio.
Al final, los ojos y los cuerpos cansados –pero a la vez enérgicos– de la audiencia, confirmaron algo: el Psicosonorama logró, una vez más, su cometido.