
Durante años, su rostro fue uno de los más familiares de la televisión nacional. Hoy, lejos de los reflectores y los sets de grabación, Carolina Sánchez —“La chama” o “Chama-tica”, como muchos la bautizaron con cariño— vive una etapa distinta, más tranquila, pero igual de intensa en aprendizajes.
Nacida en Maracay, Venezuela, encontró en Costa Rica una segunda patria, desde la cual ha visto cómo su país natal se ha ido deteriorando, pasando de una democracia vibrante a un régimen, enfrentando al mismo tiempo desastres naturales que han dejado heridas profundas.
Con la amplia sonrisa que la caracteriza, Sánchez, de 54 años, regresó a conversar con La Nación para contarle a quienes todavía la recuerdan qué ha sido de su vida desde que salió de Informe 11 (hoy Las historias) en Repretel, y también para revelar una faceta menos conocida: ¿quién era Carolina antes de migrar a Costa Rica?
La niña introvertida de Maracay
“Mi mamá fue profesora y mi papá fue locutor deportivo; de hecho, todavía tiene en Venezuela un programa de radio y está transmitiendo el Mundial”, comentó Sánchez, recordando sus años de infancia en Venezuela.
Actualmente, su madre vive con uno de sus hermanos en Estados Unidos, mientras que su papá se rehúsa a dejar su país. Él vive solo allá y Sánchez tiene ocho años de no verlo.
Desde niña, Carolina tuvo una inspiración muy clara: su abuelita María Carolina. Para su época, era una mujer adelantada; tenía su propio carro, trabajaba y se educó. La comunicadora recordó que fue su abuela quien le inculcó una regla de vida: todo lo que se hace, se debe hacer bien, sin importar la profesión.
Aunque fue una niña muy introvertida, con el tiempo su personalidad se transformó. Estudió Comunicación Social con énfasis en Mercadeo y Relaciones Públicas en la Universidad Católica Andrés Bello y, por primera vez, se alejó de su hogar para mudarse a Caracas. Hacer teatro en la universidad le abrió un mundo nuevo.
“Hice teatro, y aunque no lo seguí, tuve compañeros que hoy son actores muy famosos”, aseguró.
En paralelo, ‘La Chama’ se formó en una prestigiosa academia de modelaje. Estaba muy interesada en ese ámbito, al punto de convertirse en finalista del Miss Meliá. Todo iba bien, hasta que el reconocido empresario de concursos de belleza, Osmel Sousa, le dijo al verla que debía operarse la nariz, las orejas y otras partes de su cuerpo.
Cuando llegó con esa noticia a la casa, sus padres le aterrizaron la ilusión con una frase tan sincera como contundente: “No, mija, aquí no hay plata para eso”.


El modelaje, aun así, le abrió puertas: le permitió ganar dinero durante la universidad en Caracas, trabajar como impulsadora y promotora de varias marcas y modelar en showrooms de diseñadores venezolanos.
Tras terminar sus estudios, regresó a Maracay, donde consiguió empleo en el periódico El Siglo y comenzó así su experiencia como periodista de prensa escrita. Al mismo tiempo, había hecho un casting para un programa de televisión. Quedó seleccionada en ambos, pero la primera noticia que recibió fue la del periódico, así que decidió firmar con ellos y priorizar su trabajo en el medio impreso.
El amor que la trajo a Costa Rica
A diferencia de muchos compatriotas suyos, Carolina no salió de Venezuela por la opresión política. En 1995, el año en que migró, el país aún no había caído en el régimen que hoy la entristece profundamente; lo que la motivó a mudarse a Costa Rica fue el amor.
Según contó, aquel año acompañó a su padre a una conferencia de prensa, pues él cubría todo tipo de deportes. En esa actividad conoció al hombre que se convertiría en su esposo: el empresario costarricense Carlos Rodríguez, antiguo dueño del Autódromo La Guácima.
“Me lo presentaron unos pilotos y al principio lo traté como a cualquier persona, pero él no dejaba de mirarme. Cuando ya me iba, me lo encontré de nuevo y me preguntó quién era el señor con el que estaba. Le dije que era mi papá y entonces se acercó a él y le dijo: ‘Mucho gusto. No sabe cuánto me gustaría que algún día usted fuera mi suegro’”, recordó entre risas.
Su padre, sorprendido por el atrevimiento, reaccionó con humor y algo de desconcierto: “¿Qué le pasa a este colombiano?”, le preguntó a Carolina, confundiendo su acento costarricense con un ciudadano cafetero.
Esa misma noche, Carolina salió con una prima a un bar de la ciudad y volvió a encontrarse con Rodríguez. Él la invitó a una carrera que tenía el domingo y, a partir de ahí, inició una relación a distancia: se veían cada vez que él viajaba. En uno de esos encuentros, él le propuso matrimonio y la posibilidad de iniciar una vida juntos en Costa Rica.

Ya instalada en su nuevo país, Carolina trabajó como encargada de comunicación del Autódromo La Guácima. Aunque al principio Rodríguez dudaba, ella le dejó claro que quería ser mamá, y así llegó Sara, su única hija, que pronto cumplirá 27 años.
Su matrimonio con Rodríguez terminó entre 2007 y 2008, pero Carolina no ve su pasado con arrepentimiento. Confesó que no cambiaría nada, porque su vida no sería la misma y no tendría a su hija.
“El mejor trabajo que he tenido en la vida es ser mamá, no hay palabras. A mí la plenitud me llegó en mi vida cuando fui mamá. Ahora que es adulta, me da mucho orgullo verla ser una mujer profesional, responsable, noble y educada. Pienso que hice un buen trabajo. Le transmití buenos valores, uno enseña a los hijos con lo que hace, no con lo que les dice. Me siento muy orgullosa de ella”, afirmó.
Además de su faceta familiar, Sánchez se ha preparado académicamente. Es máster en Administración de Empresas con énfasis en Marketing por la Universidad de Costa Rica (1999). En 2013 cursó un diplomado en Gestión Estratégica de la Sostenibilidad en la Universidad Católica de Valparaíso y actualmente estudia un programa especializado en Publicidad Digital y Marketing en Redes Sociales, también en la Universidad de Costa Rica.
La puerta que abrió la televisión
Fue en un viaje a la playa donde el destino volvió a intervenir. Ahí conoció, casi por casualidad, a Fernando Contreras, quien tiempo después se convertiría en director de Repretel. De ese encuentro surgió la posibilidad de sustituir temporalmente a Carolina Gutiérrez, quien se ausentó por diez meses del entonces Informe 4. En ese periodo, Sánchez condujo el programa junto a Cristiana Nassar.
“Al principio cometí muchos errores, estaba nerviosa. Ahora lo hacen grabado, pero en mis tiempos eso era en vivo”, recordó.
Cuando se cumplieron los diez meses, la televisora la contactó para trabajar en el extinto programa de chismes Intrusos de la farándula. Sin embargo, por su fe, tomó una decisión firme: no quería dedicarse a los chismes y declinó la oferta.
Tras un reajuste de personal se abrió la oportunidad de conducir Informe 11 y fue entonces cuando empezó a trabajar con Maureen Salguero. “Al principio no nos llevamos muy bien”, reconoció entre risas, aunque aclara que “al sol de hoy somos amigas muy cercanas”.
Juntas construyeron una dupla dinámica que, durante cinco años —entre 2009 y 2014— se ganó el cariño de los televidentes, que cada noche se reían y también aprendían con las historias del programa.

De acuerdo con Carolina, la decisión de dejar el espacio se debió a su trabajo corporativo. En 2013 empezó a trabajar en Claro como gerente de Relaciones Institucionales y trató de sostener ese empleo mientras grababa Informe 11 por las noches. El ritmo se volvió insostenible y, por cansancio, decidió despedirse del programa.
La vida personal también tuvo nuevos capítulos. Se casó por segunda vez, pero a los tres años se divorció; además, renunció a Claro para seguir un proyecto personal que finalmente no funcionó como esperaba. En 2021 regresó a la pantalla en el programa Conexión Fútbol, de Repretel, pero optó por salir porque sentía que solo iba a “hacer el ridículo”, ya que no sabía de fútbol y no se sentía cómoda en el formato.
Tras esa etapa, le costó encontrar trabajo. Sin embargo, desde hace tres años se desempeña en el área de comunicación de una empresa de seguridad, un rol en el que hoy se siente muy feliz y estable. “Me encantaría volver a la televisión y tener un podcast, pero la verdad es que si hago algo, tiene que ser serio, porque ya tengo casi 55 años”, reconoció.
“Me sorprende que aún haya gente que me recuerda, que se quiera tomar fotos conmigo. Que me escriban. La televisión te marca. Hice grandes amistades a las que quiero muchísimo”, manifestó. Además, trabaja como vocera en fundaciones y ayuda con la comunicación a amigos y proyectos cuando puede.
A quienes la recuerdan por su paso en la televisión costarricense, Sánchez les dedica palabras de agradecimiento. “Cuando voy a la playa, a Cartago, cuando voy a las zonas rurales, es demasiado hermoso cómo la gente me saluda, quiere tomarse fotos conmigo, me quiere dar un beso, me saludan con mucho cariño. Agradezco demasiado el amor de los costarricenses”, agregó.
Ella siente que Informe 11 fue una puerta enorme hacia el corazón del público. Aseguró que el programa le abrió las puertas de los hogares costarricenses y que tuvo el privilegio de estar en la “época de oro del programa”.
“Mucha gente dejó de ver el programa cuando Maureen y yo nos fuimos, es una lástima que ya no sea lo que fuera. Ganamos el premio Áncora de La Nación, el premio Joaquín García Monge; nos premiaban por fomentar la cultura y que la gente conociera el país”, dijo al recordar aquella etapa.
Ese programa, confiesa, vivirá siempre en su corazón, igual que todas las personas con las que trabajó ahí.

Un nuevo capítulo en el amor
Hace tres años, el amor volvió a tocar la puerta de Carolina. Conoció a Miguel Obrador, entrenador de tenis, empresario y escritor español. Se encontraron gracias a una amiga en común, quien le preguntó a ella si podía ayudar a Miguel con la comunicación de un libro que él había escrito.
Carolina leyó el texto, se encantó con la historia y decidió ayudarlo a posicionar el libro en las librerías del país. De esa colaboración profesional nació, poco a poco, una relación afectiva que hoy es sólida. Incluso ya viven juntos.
Aunque la idea del matrimonio ha surgido en sus conversaciones, Sánchez reveló que su novio tiene una condición particular: dice que a ella le toca pedirle matrimonio, porque ya le han propuesto casarse dos veces antes. Ella, por su parte, responde sin complicarse: “Yo no tengo necesidad”, dijo entre risas.

Venezuela, entre la nostalgia y el dolor
Desde Costa Rica, Carolina mira a Venezuela con una mezcla de nostalgia, preocupación y esperanza. “Yo me vine a vivir a Costa Rica en 1995, había una democracia”, recordó, evocando las navidades en familia.
Para ella, el giro político y económico que siguió al ascenso de Hugo Chávez marcó una ruptura profunda. Creció en “un país con una economía pujante”, y ver el deterioro posterior le causó un impacto difícil de procesar. Esa herida se hizo aún más visible tras los terremotos del 24 de junio del 2026, que golpeó duramente a varias zonas del país.
Los primeros diez días después del terremoto fueron, en sus palabras, “de un gran shock”. Sentía un dolor enorme, pero también la urgencia de actuar.
“Yo decía: ‘Yo tengo que hacer algo’… no me puedo quedar en la queja, en el llanto”, relató. Esa necesidad de transformar el duelo en acción la llevó a volcarse en el trabajo comunitario y a buscar cómo ayudar, incluso desde la distancia.
Carolina se sumó como voluntaria a Cevenco, la Cámara de Empresarios Venezolanos Costarricenses, donde ha impulsado campañas de ayuda orientadas a que la solidaridad realmente llegue a quienes lo necesitan.
Lo explica con claridad cuando aconseja sobre cómo colaborar: “Si la gente quiere ayudar, mejor done a una ONG verificable, auditable, que sea confiable”, señaló, mencionando a organizaciones como Cáritas, We Love y UNICEF como ejemplos seguros para canalizar donaciones.
También ha explicado la logística de la ayuda y sus límites. Enviar cosas directamente solo es confiable cuando se hace gobierno a gobierno; por eso, muchas colectas locales se han canalizado a través de instituciones como la Cruz Roja, los bomberos y el propio gobierno, con el fin de garantizar que los envíos lleguen a su destino.
Entre las iniciativas que menciona están campañas para recolectar pañales, así como leche para niños y adultos mayores. Además, colabora coordinando el acopio y el traslado con esas entidades.
El dolor se vuelve más íntimo cuando habla de su familia y de la dificultad para viajar. Contó que no ha vuelto a Venezuela en 15 años. Su padre cumplirá 80 años en enero de 2027 y ella tenía planeado viajar para verlo, pero ahora ni siquiera el aeropuerto Simón Bolívar está operable, lo que hace aún más compleja la posibilidad de reencontrarse.
Carolina menciona con especial tristeza a La Guaira, una de las zonas más golpeadas por el desastre reciente. Esa región ya había sufrido la tragedia de Vargas en 1999 y ahora enfrenta otra catástrofe que vuelve a golpear a una comunidad que todavía cargaba con antiguas cicatrices.
Su testimonio mezcla la nostalgia por la etapa próspera de su país, la urgencia de la ayuda organizada desde la diáspora y el dolor íntimo de quien mira, desde el exilio, el derrumbe de lugares y vidas que forman parte esencial de su historia.
En cada iniciativa, Carolina busca que esa mezcla de amor, memoria y compromiso se convierta en apoyo concreto para quienes hoy viven en carne propia la Venezuela herida que ella recuerda con tanto cariño.
Hoy ya no está frente a las cámaras, pero sigue conectada con la gente, con su país y con quienes la recuerdan en Costa Rica. Entre trabajo, familia y proyectos solidarios, su historia sigue adelante, solo que ahora el escenario no es la televisión, sino la vida diaria, donde, sin hacer tanto ruido, continúa dejando huella.

