Jorge Arturo Mora. 10 noviembre
Pérez y Arrea, los protagonistas del espectáculo, son compañeros en el Washington Ballet. Foto: Rafael Murillo
Pérez y Arrea, los protagonistas del espectáculo, son compañeros en el Washington Ballet. Foto: Rafael Murillo

En algunos rincones se dice que El lago de los cisnes primero se escucha y después se ve.

La afirmación parecería lógica cuando la música de Pyotr Ilyich Tchaikovsky da la bienvenida al mítico cuento de hadas, y la partitura resulta irresistible hasta para el oído más árido.

Eso sí: cuando la fiesta fantástica comienza, los sentidos no saben hacia dónde dirigir más la atención; si a la danza o a la música.

El montaje que presentó el Ballet Nacional de Costa Rica de este clásico el pasado viernes puso en esa dichosa y extraña complicación al público del Teatro Nacional: el sutil ballet fue un constante crescendo de emociones en el que se valida, una vez más, por qué esta obra se mantiene en el ojo de la historia para toda la vida.

La hora de los cisnes
Solieh Samudio fue uno de los favoritos del público. Foto: Rafael Murillo
Solieh Samudio fue uno de los favoritos del público. Foto: Rafael Murillo

Pedro Boza, el director de la puesta en escena de esta versión de El lago de los cisnes, había advertido sobre las bondades que ofrece esta danza para la sed del público.

“Tchaikovsky se exprimió por completo y la danza imita la belleza de esa música tan profunda”, había dicho a Viva en uno de los ensayos previos al montaje.

Los bailarines que fueron parte del elenco parecieron haber acatado hasta sus máximas posibilidades la intención a la que Boza refería.

En el primer acto, cuando se presenta al príncipe Sigfrido en su cumpleaños, el bailarín Solieh Samudio, primer bailarin del Ballet Nacional de Panamá, fácilmente fue el primer objetivo de aplausos. Samudio fue hilarante en todo momento con el rol del bufón y los asistentes al espectáculo no pararon de reconocérselo hasta la despedida final, en la que se demostró un gran cariño por el balletista.

Mientras el primer acto ocurría, la espera por mirar a la bailarina costarricense Victoria Arrea se hacía notar.

Arrea, quien es bailarina del Washington Ballet, ha demostrado con 21 años unas cualidades de asombro.

La costarricense se preparó para interpretar los roles de Odete-Odile (el cisne blanco y el cisne negro), así que, como bien indica el libreto, había que esperar hasta el segundo acto para presenciar su aparición, que significaría su debut en un rol protagónico en un escenario de nuestro país.

Cuando comenzó el segundo acto, una nube de humo pronunció la presencia de los cisnes blancos que se postraron al fondo del escenario. El lago ya estaba allí, frente a todos, y la llegada de Arrea era inminente.

Tras una secuencia de introducción, el resto de cisnes abandonaron el escenario para dejar el ingreso de Arrea en solitario.

De inmediato las palmas del público chocaron e inmediatamente la bailarina demostró por qué valía la espera.

El estreno del Lago de los Cisnes se vivió el pasado viernes. Fotografía Rafael Murillo
El estreno del Lago de los Cisnes se vivió el pasado viernes. Fotografía Rafael Murillo

Como se ha dicho tantas veces, el rol de Odette-Odile no solo requiere de una precisión técnica absoluta, sino también de dotes histriónicos para contrastar el romanticismo del cisne negro y la malicia del negro.

Arrea salió a escena con su rostro desplumado, hechizado por la malicia del mago Von Rothbart, desolada y a la expectativa de un milagro.

Junto con el talentosísimo Gian Carlo Pérez –quien es primer bailarín del Washington Ballet y encarnó al Príncipe Sigfrido– la pareja mostró una química tremenda.

Odette se escondía entre el resto de cisnes y el público, al igual que Sigfredo, la buscaba incesantemente y quería seguir viéndola girar.

Incluso, Arrea se manifestó ante su ausencia: en los momentos en que su personaje no aparecía, se podía sentir una necesidad del público por tenerla de vuelta en escena.

En los ojos se escondía una plegaria por tener a la bailarina en escena la mayor cantidad de minutos posibles.

Para el tercer acto, cuando Arrea se convirtió en el cisne negro, Pérez ofreció una sentida y dolorosa interpretación de un corazón confundido, engañado y rabioso por el fraude que el hechicero le tejió.

Tal interpretación exacerbó los ánimos para el acto final, en que Odette y Sigfredo luchan contra el mal para estar juntos, para ser felices.

El público se sintió igual que los personajes: entendió el sentimiento, disfrutó el romance a pesar de la inminente tragedia y rozó sus palmas hasta donde los aplausos alcanzaran.

Vea el espectáculo

Restan tres funciones del espectáculo. La próxima será este sábado a las 8 p. m. y el domingo habrá doble función: a las 11 a. m. y a las 5 p. m. Las entradas se pueden adquirir en eticket.cr y los precios van desde los ¢18.000 hasta los ¢45.000, según la localidad. También se pueden conseguir llamando al 2295-9400.