
Bad Bunny nació en Puerto Rico, la “capital de perreo” y se convirtió en el referente que hace que hoy “todos quieran ser latinos”. En un espectáculo para la historia, el boricua aterrizó en el Super Bowl, epicentro de la cultura blanca estadounidense, y la puso bailar con “sazón, batería y reggaeton.”
Eso sí, el evento empezó muy distante de eso, con la exhibición de rigor de patriotismo norteamericano. Charlie Puth, apoyado en su teclado, junto a una excelsa orquesta y coro angelical, brindó una interpretación muy al estilo del pop suave alternativo del himno nacional.
Al finalizar su presentación, en el cielo ocurrió una escena muy difícil de entender en suelo tico, como el hecho de que llamen football (pie y balón) a un deporte que se juega casi siempre con las manos y con un óvalo en lugar de bola. Porque para esos a los que le acelera la emoción el lamento de un yigüirro, no deja de ser algo raro presenciar que al público norteamericano le toca las fibras y le saca el fervor patrio ver sobrevolar aviones militares.
Pero bueno, el shock cultural es de esperarse. Quizá el ‘burumbún’ por tener un latino como plato principal en lo artístico, hizo perder de vista que esa melodía hoy también cobija a un gobierno que reprime a migrantes que alzaron con su sudor la llamada tierra de la libertad.
El histórico show de Bad Bunny

Tras ver en cada pausa comercial del juego a Roberto Palazuelos fomentar la ludopatía y a Sofía Vergara elogiar unas tenis que nunca usará, llegó lo que el mundo esperaba.
“Qué rico ser latino”, dijo un hombre vestido de jíbaro (campesino puertorriqueño), dando la bienvenida al campo boricua en que se convirtió la cancha. Allí apareció Bad Bunny, recorriendo el mágico lugar con su éxito Tití me preguntó.
Un puesto de venta de cocos, otro de piraguas (granizados), abuelitos jugando dominó, gente empuñando machetes en el monte, boxeadores fajándose... cada detalle fue un gesto de reivindicación a su tierra.
Aquel cuadro de añoranza transicionó a la identidad urbana, con un coro de bailarinas perreando y dando paso a la icónica Casita, que en esta ocasión albergó a estrellas como Karol G, Jessica Alba, Cardi B y Pedro Pascal.
La toma se elevó y por encima de todos esos nombres apareció Benito, en el techo, como una confirmación de que es el hombre del momento. Ese segmento del show, tal cual el concepto de la casita, hizo honor a las fiestas de perreo y por eso se bailó entre los sonidos más duros del reguetón.
Ya había pasado de todo y, aun así, Bad Bunny no se había presentado formalmente. Esperó hasta tener las emociones al tope para identificarse ante la audiencia.
“Buenas noches, California. Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y si hoy estoy aquí en el Super Bowl LX es porque nunca, nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti, vales más de lo que piensas”, expresó el artista.

Su mensaje tomó tintes épicos gracias a una orquesta de cuerdas que, simultáneamente, interpretaba la instrumental de la canción Mónaco. Aunque los focos estaban centrados en el boricua, también figuró un motivo para que los pechos costarricenses se llenaran de orgullo.
El ensamble fue dirigido nada más y nada menos que por el tico Giancarlo Guerrero, ganador de seis premios Grammy. Con maestría, Guerrero llevó la batuta en uno de los momentos más importantes del espectáculo.
Luego llegó la primera gran sorpresa de la noche. Lady Gaga se lució interpretando Die with a smile al ritmo que le puso un gran combo salsero.
Ni bien terminó de cantar, Bad Bunny tomó de la mano a Gaga y la sacó a bailar entre abuelitos, tíos y niños dormidos que emulaban un casorio, cuya esencia es la misma en toda Latinoamérica.
En medio del bailongo, el artista dio un salto de fe de espaldas, y un grupo de bailarines lo apañó, para que a ras de cancha él hiciera de las suyas con su tema Nuevayol.
Pero ya había sido suficiente de regodeos y guiños, y era hora de lo más contundente. Porque si bien abrazar la identidad es motivo de alegría; lo de “Qué rico ser latino” tiene sus serios matices.

Bad Bunny tomó el Grammy que conquistó hace unos días (el primer álbum en español en ganar el gramófono) y lo entregó a un niño pequeño que recordó a Liam Conejo Ramos, el menor de 5 años secuestrado por el ICE.
Luego del emotivo simbolismo, llegó otro posicionamiento, en voz de Ricky Martin. El ídolo pop versionó Lo que le pasó a Hawaii, una crítica a los procesos de gentrificación que expulsan a los habitantes originarios de Puerto Rico.
La crítica siguió después de Martin, con el tema El apagón, el cual ensalza lo “cabrón” que está Puerto Rico, a la vez que denuncia los problemas de abastecimiento eléctrico.

Luego, el Conejo Malo bajó de los postes eléctricos donde estaba encaramado para dar un cierre que terminó de hacer memorable e histórica su presentación.
Con un balón en la mano, el artista lideró un desfile de banderas que resignificó una de las frases de fervor patriótico yanqui.
“God Bless America (Dios bendiga América). O sea, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica” dijo hasta enlistar todos los países latinos, dando a entender que América es mucho más que suelo estadounidense.
Dicho sea de paso y, como era de esperarse, Donald Trump odio todo esto... todo, todo. Bad Bunny, ¡misión cumplida e historia hecha!
