Quizá eran las 6 a. m. y apenas estaba amaneciendo. Habían transcurrido 45 o 50 minutos desde que empezaron las ráfagas de disparos y bombas sonoras que silenciaron a las gallinas, alborotaron a los perros y mantuvieron en absoluta zozobra a los pocos vecinos a la redonda en San Bernardino de Horquetas, en Sarapiquí.
Con la luz del alba, Alejandro Arias Monge cruzó la puerta de la casa alquilada donde se había refugiado y desde donde había disparado cientos de balas con un fusil de asalto. Se acercó a una columna, se sentó en el piso y se rindió. Así concluyeron nueve años y nueve meses de fuga del criminal más buscado en Costa Rica.
El Diablo está preso.

Una serie de vigilancias y seguimientos le habían permitido a las autoridades judiciales dibujar el día a día de este hombre de 42 años, nacido en Pococí y buscado desde el 2016 por una serie de delitos que se fueron acumulando, hasta que la Administración de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) lo considerara el líder de una violenta organización criminal transnacional y ofreciera $500.000 por su cabeza.
De aquellas fotos de hace una década, sonriente y regordete, ya no queda nada. Alejandro cayó en medias, con una pantaloneta que le queda grande, una camiseta negra estirada, el pelo canoso, visiblemente más delgado y los ojos más apagados que antes.
Un oficial presente en el operativo sostuvo que cuando lo esposó la policía, la mandíbula le temblaba profusamente.

Según reveló una fuente allegada al caso, aunque Diablo se refugió por mucho tiempo en la Reserva Indígena Indio Maíz, tuvo que huir de la zona, expulsado por la policía nicaragüense, que no veía con buenos ojos la posibilidad de que la DEA entrara a Nicaragua y los señalara por encubrirlo.
Eso lo arrinconó y fue así como terminó alquilando esa casa en San Bernardino, donde este viernes 24 de julio se acabaron las jornadas de escape.
Según relató Michael Soto, director interino del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), fue la Divina Providencia la que permitió que en la noche del jueves Diablo coincidiera en la misma propiedad con otros grandes objetivos policiales. Combo completo.
Con él cayeron un colaborador del grupo, identificado con los apellidos Matarrita Rodríguez, alias Coco Mono, así como Roney José Díaz Oconitrillo, (( alias Coco Guácimo, abatido por la Policía después de que le disparara a tres agentes tácticos.
El último en rendirse fue Jonathan Pérez Méndez, alias Tan, considerado el sucesor de Diablo en el negocio del narco. Mucho más joven, con 34 años y retador. El informante en la escena sostiene que es ultraviolento, de hecho fue el que más les disparó a los agentes del Organismo de Investigación Judicial y el único que mantuvo la mirada altiva y una risa burlona, incluso cuando lo subieron al camión blindado, rumbo a la capital.
Según Soto, las bandas de Diablo, Coco Guácimo y Tan estarían implicadas en 360 homicidios, en la lucha por el control de territorios para el narcotráfico. 200 de esos crímenes habrían sido responsabilidad del clan de Arias Monge, 60 de Coco Guácimo y otros 100 de Tan, quien sembró el terror en Guácimo y se le asocia con la muerte de un oficial de la Fuerza Pública.
Un combate abierto con miles de disparos
En San Bernardino, es posible que ni siquiera el dueño de la propiedad tuviera conciencia de quiénes estaban rentándole la casa.
En la vivienda, de paredes de fibrocemento, había dos drones con cámara infrarroja para detectar movimientos en la noche, baterías, inhibidores de drones, inhibidores de radar, tres fusiles AK-47, dos fusiles AR-15, un fusil belga Fal, más de 2.570 municiones, joyería valorada en más de $30.000, una pintura de Pablo Escobar y decenas de teléfonos celulares.
Tan, Diablo, Coco Guácimo y Como Mono vivían solos. Los colaboradores del grupo llegaban esporádicamente a dejarles medicinas y alimentos. En las noches se rotaban para elevar los drones y garantizarse que el enemigo no estaba cerca.
Las vigilancias permitieron calcular cuánto duraban las baterías de esos drones, cuánto duraban cambiándoles la pila y el tiempo que se demoraba desde el portón perimetral hasta la vivienda.
El asalto estaba perfilado, solo faltaba la madrugada idónea. Pasadas las 5 a. m. con el aval de un juez, 70 agentes irrumpieron en San Bernardino.
“Nunca me había tocado ver una experiencia tan fuerte, de ver a los compañeros caer y no poder hacer nada en ese momento”, relató Michael Soto, quien estaba en el segundo anillo de seguridad, en compañía del fiscal general, Carlo Díaz.
Cuando los minutos pasaban, el combate no mermaba y empezaban a llegar reportes de agentes heridos, hubo momentos de mucha angustia. Carlo Díaz confirmó que decidieron mover los únicos tres camiones blindados de la Policía Judicial, para que sirvieran de escudo a los agentes.
Después descubrieron que en la casa quedaban municiones para una hora más de combate, pero algo los hizo rendirse.
Pasadas las 6 a. m., ya con la luz del sol, los agentes contaron 2.500 impactos de bala, en las paredes de la casa, en los carros de la Policía, en el techo...
En menos de una hora, los clanes locales más poderosos del Caribe, los cuales se abastecían con la droga que exportaban Edwin López, alias Pecho de Rata, y los hermanos Picado Grijalba (Shock y Noni).
Ya derrotado, en la zona verde de la finca, Diablo no pronunció palabra. Miró a Carlo Díaz, a Michael Soto y a Vladimir Muñoz, subdirector del OIJ, y luego agachó la cabeza.
Diablo sabía que, si seguía, se morirían los tres y que la única forma de salir con vida era bajar las armas. “Los que quedaron vivos es porque se rindieron”, relató Michael Soto menos de 12 horas después del operativo, en una conferencia de prensa desde la sala de la Corte Suprema de Justicia.
Ocho oficiales requirieron atención médica por lesiones, dos de ellos de consideración; sin embargo, están fuera de peligro.
Este mismo viernes por la mañana, de vuelta hacia San José, en caravana y con el botín completo, los agentes pudieron ver culminada la faena. La gente les pitaba o salía a la vera de la ruta 32 para gritarles y aplaudirles, según relató el fiscal Carlo Díaz, visiblemente emocionado.
A pocos días de los anuncios sobre recortes impulsados por el gobierno en el presupuesto del Poder Judicial y ante la falta de municiones, combustible y dinero para viáticos, fue un viernes histórico para la Fiscalía y el OIJ. Rabo y orejas.


