
La primera impresión de quien conoce lo que pasa en Crucitas y visita el cerro la Conchudita, en Cutris de San Carlos, es que la devastación en este segundo sitio es peor que en el primero. La extracción de oro arrasa con todo.
Entre la comunidad de El Carmen en Cutris y la margen del río San Juan se elevan decenas de formaciones montañosas cuya belleza exuberante cautiva a primera vista. En ese trayecto está el cerro Conchudita que, según explicó una fuente policial, desde julio de 2025 fue tomado por centenares de mineros ilegales, fundamentalmente de origen nicaragüense.
No obstante, fue durante las últimas semanas que el caso tomó relevancia, tras el interés del gobierno de impulsar el proyecto 24.717, para permitir la minería a cielo abierto en ese distrito sancarleño. Desde entonces, Conchudita es escenario de disputa entre coligalleros extranjeros y la Fuerza Pública.
La Nación, primer medio costarricense en ingresar a la zona devastada por la acción de los mineros, comprobó el fin de semana anterior los enormes daños ambientales producto del saqueo con químicos altamente tóxicos, tala ilegal y contaminación que, en poco tiempo, se mudó de los cerros Fortuna y Botija, en Crucitas de Cutris, a este nuevo punto fronterizo con Nicaragua.
Conchudita está en una zona de cerros de baja altitud, pero con condiciones agrestes. Las hojas cartográficas que se usan para la aviación en esa zona exigen una altitud mínima de 320 metros, el equivalente a 1.000 pies.
Un geólogo consultado sostiene que Conchudita tiene una altitud de entre 140 y 160 metros sobre el nivel del mar.
En marzo, en plena temporada seca, el suelo permanece húmedo y fangoso, gracias al dosel del bosque, que impide el paso de la luz.

Con ayuda de un baquiano, recorrimos poco más de 20 kilómetros, desde el punto hasta donde llegan los vehículos todoterreno, en un pequeño poblado de Cutris de San Carlos y los tramos del cerro destrozados por la mano del hombre. El viaje, ida y vuelta, demoró más de 10 horas, en medio de la humedad que sofoca, y periodos de lluvia inclemente o sol radiante.
En la parte alta, en la cumbre de Conchudita se divisa el río San Juan, lo que da idea de hacia dónde está migrando el oro que se extrae en rudimentarios quebradores, tómbolas y pilas de cianuro.
Desde que se deja la última casa de una finca privada, hay que avanzar tres horas por una trocha que, por tramos, parece haber sido intervenida recientemente con tractor. A un lado de ese camino, en una ladera, se encuentran los primeros túneles. Este sábado era visible una excavación de unos 20 metros de profundidad, en donde los mineros ilegales ubicaron una veta de donde sacan el material aurífero; allí contabilizamos 45 sacos con cuarzos. Un saco de estos, semejante en peso a un saco de cemento, ronda los 45 kilos, que viajan en hombros montaña abajo.


Esas excavaciones manuales, a veces completadas con apoyo de rotomartillos, se adentran en esa tierra pastosa de color ocre. Para entrar y salir de los túneles, los mineros colocan un palo de unos 30 metros de longitud, al que con un machete le hicieron siete cortes que hacen las veces de gradas, delgado y resbaloso por la característica lluvia de la zona, ese poste garantiza la operación en ese túnel.
A menos de 300 metros de ese punto, siempre bordeando el cerro, sobre la trocha, ubicamos otra zona de extracción ilegal todavía más grande, compuesta por dos túneles uno al lado del otro, de unos 30 metros de profundidad, en donde era evidente la instalación de un campamento.
Prendas como gorras, camisetas y pañuelos, empaques de alimentos, latas de cerveza o envases plásticos, delataban la presencia de una considerable cantidad de coligalleros, quienes salieron de la zona debido a una incursión policial pocas horas antes de nuestra llegada.
Producto de esa acción de la Fuerza Pública, ocho sospechosos de extraer oro de manera ilegal fueron presentados el sábado anterior ante la Fiscalía de San Carlos. El Código de Minería impone penas de hasta cinco años de cárcel a quien realice actividades mineras de reconocimiento, exploración o explotación, sin contar con el respectivo permiso o concesión.

Pilas de lixiviación con cianuro
Frente a ese campamento, en lo profundo de un barranco de unos 50 metros, otro hallazgo dejó a la vista una práctica todavía más grave: La construcción de dos piletas a las que, según han informado las autoridades, se les vierte cianuro para la extracción del oro.
Las estructuras de aproximadamente 4x5 metros de diámetro fueron hechas con palos; en la base instalaron lonas y una tubería de PVC que conecta con otra excavación cubierta con plástico y carbón para hacer la filtración del material.
Ese procedimiento, totalmente artesanal, carente de cualquier técnica científica, es un foco de contaminación del suelo y de un pequeño riachuelo que corre montaña abajo.
El cianuro de potasio es un sólido blanco en forma de gránulos con un ligero olor a almendras, altamente tóxico y cuya comercialización está prohibida en Costa Rica.

Además de la lixiviación con cianuro, que permite extraer oro, plata, cobre y zinc de minerales que lo contienen en baja concentración, este producto se usa para elaborar productos como el papel, las telas y los plásticos, y se usa como plaguicida. La exposición al cianuro puede causar graves consecuencias para la salud e incluso la muerte, según fuentes científicas y médicas.
Al ser de bajo costo y alto rendimiento, la lixiviación con cianuro es el método más utilizado en minas clandestinas. Sin embargo, el cianuro y el mercurio son altamente tóxicos, al grado de que su uso se prohíbe en decenas de países por el riesgo de contaminación de mantos acuíferos.
Eso podría estar ya ocurriendo en Conchudita; sin embargo, todavía no hay estudios de laboratorio que detecten trazas de contaminación. La Nación tuvo conocimiento de que un grupo de científicos ingresó a la zona la semana pasada, pero no logró llegar hasta la zona de extracción.
En ese sitio, donde están las pilas, los mineros ilegales cavaron otro túnel de donde están sacando toneladas de material ya listo para ser llevado a otro punto.
De este último lugar, al seguir la trocha montaña arriba, se aprecian múltiples perforaciones en la pared en busca de vetas; también es fácil ver pequeñas estructuras con palos y plástico a modo de tiendas de campaña o champas, lo que sugiere que, al igual que en Crucitas, acá los coligalleros pernoctan siempre que la policía no aparezca.
El camino hacia la cima del cerro está igualmente matizado por daños y contaminación. En cierto tramo, los boquetes dejan expuestas las raíces de enormes árboles que amenazan con caer en cualquier momento. Al llegar a lo más alto, el esplendoroso escenario natural desde donde se aprecia el San Juan, contrasta con la destrucción de toda una ladera en donde yacen sacos con toneladas de material listo para ser extraído.

El descenso, de aproximadamente un kilómetro de caminata, lleva hasta la margen del límite natural con Nicaragua, en donde también hay más túneles y al menos diez piletas de cianuración (algunas construidas, otras en proceso), lo que implica una clara invasión a la zona fronteriza inalienable, definida por ley en dos kilómetros de ancho.
La premisa, según fuentes consultadas para este reportaje, que pidieron mantener sus identidades en el anonimato, es que la mayoría del oro cruza en barcazas hasta Nicaragua.
Esa afirmación también la respaldó el ministro de Seguridad, Mario Zamora, en una declaración en el Congreso el pasado 16 de febrero. Ese día dijo que empresas chinas en el vecino país compran el material y logran extraer porcentajes aún más altos del oro incluido en los cuarzos.
Días después, autoridades de ambas naciones acordaron realizar una mejor coordinación de los operativos en el territorio fronterizo, para mejorar el combate del tráfico ilegal del oro que se está extrayendo desde ambos cerros.
El auge de esta dañina extracción radica en el alza en el precio del oro. A marzo, una onza troy de oro (31,1 gramos) se cotiza en $5.140 en mercados internacionales (¢2,4 millones).
Peor que Crucitas
La destrucción que demoró años en visibilizarse en Crucitas, en Conchudita apareció en menos de ocho meses: túneles, vegetación arrasada, tala indiscriminada y lo que era una montaña casi virgen, ahora tiene manchones de barro, sin cobertura boscosa, visibles desde un dron.
“Esto es peor que Crucitas”, argumentó una fuente policial, al referirse a la desventaja en la que enfrentan al crimen organizado a cargo de extraer el oro.
A diferencia de Crucitas, donde las autoridades llegan en vehículos hasta el pie de los cerros Fortuna y Botija, en Conchudita se requiere de una caminata de mínimo tres horas si se ingresa por El Carmen de Cutris, o hasta siete horas si lo hacen por Boca San Carlos, en Pital.
Eso otorga a los coligalleros una enorme ventaja de movilización, ya que, debido a la organización con que cuentan (incluyendo radios de comunicación), se enteran del movimiento policial y salen de la zona para refugiarse en otros puntos de la montaña, o simplemente cruzar el río.


Se nota que quienes trabajan en la zona dominan el cerro, lo que para un policía pueden ser horas de caminata, ellos lo resuelven en minutos.
Otra razón por la que se considera que esta invasión es peor que la de Crucitas, se relaciona con el uso de cianuro. La experiencia acumulada a lo largo de más de una década robando material minero en Crucitas da a los coligalleros un vasto conocimiento sobre las técnicas para perforar, extraer y movilizar el material que sacan de las entrañas del cerro.
Sin embargo, la filtración del químico no solo afecta cuerpos de agua superficiales y mata por envenenamiento a peces y otros animales, sino que puede llegar hasta mantos acuíferos y contaminar las fuentes de agua potable de las comunidades de la zona norte.
Según un reporte de La Prensa de Nicaragua, en la última incursión policial se destruyeron 56 pilas de lixiviación, 60 champas y se decomisaron 2.000 sacos con material para procesar.
El ministro de Seguridad, Mario Zamora, dijo recientemente en la Asamblea Legislativa que la operación contra la minería ilegal en Cutris implica un costo aproximado al millón de dólares (unos ¢500 millones) al mes, incluyendo 200 efectivos que se distribuyen patrullajes en Crucitas y el cerro Conchudita, en donde la Policía persigue a los oreros como en la dinámica gato y el ratón.



