Han pasado 35 años desde aquella mañana del 15 de enero de 1990, cuando el vuelo 032 de Sansa chocó de frente contra un paredón cerca de Pico Blanco, entre Acosta y Aserrí, en el peor accidente aéreo en la historia de Costa Rica.
Los 23 ocupantes, nueve costarricenses y 14 extranjeros, murieron en el sitio de la caída, ocurrida a las 8:25 a. m., diez minutos después de que el avión despegara del aeropuerto Juan Santamaría en dirección hacia Palmar de Osa y luego a Ciudad Neily de Corredores.

El controlador de la torre del aeropuerto, Carlos Sánchez, había autorizado el rodaje del avión TI-SAB sobre la pista principal. Minutos después, desapareció del radar. Sánchez trató de comunicarse con el capitán, “TI-SAB, responda, TI-SAB responda”, repetía con insistencia... nunca recibió respuesta.
Desde entonces, la montaña se tragó hasta el último vestigio del aviocar Tango India - Sierra Alfa Bravo, pero los recuerdos no se borran de la memoria del rescatista de la Cruz Roja Costarricense, José Campos Matamoros. Imborrables para él las imágenes de la nave destruida, sin las alas, y luego los cuerpos de tantos fallecidos. Su mayor impacto fue rescatar los cadáveres de dos chiquitas que viajaban hacia el Pacífico sur.
Apenas se alertó sobre la aeronave desaparecida, las autoridades empezaron el rastreo desde el aire, contó La Nación en el periódico del día después, en una edición que costaba ¢20. Un helicóptero observó los restos a las 10:40 a. m. y de inmediato se movilizaron baqueanos, rescatistas y guardas civiles con la esperanza de encontrar a alguien vivo. Al menos 110 personas participaron en el rescate en medio del frío, fuertes vientos, neblina y lloviznas constantes.
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En un principio se creyó que las labores durarían pocas horas, pero las inclemencias del clima prolongaron la misión durante toda la madrugada.
Campos recordó el relato de un baqueano de Palmichal de Acosta, quien les contó que había parado a orinar en medio de la montaña y percibió un olor a gasolina. Caminó unos 50 metros más y encontró los escombros con las víctimas mortales. Conmocionado, salió en carrera hacia la base de los rescatistas en Aserrí, donde Campos esperaba noticias.
Este socorrista integró la primera patrulla que llegó a la aeronave cerca de la medianoche. Después de corroborar que no había sobrevivientes, alertaron por radio a la central de Cruz Roja, en San José. Montaron campamento, pero recuerda que prácticamente no pudieron dormir, había mal tiempo y el frío era intenso.
“Nosotros llegamos en la noche. Verificamos que no había nadie vivo y ahí nos dieron el permiso de sacar los cuerpos a la mañana siguiente, ya con Medicatura Forense. Estoy casi seguro que ya para mediodía estábamos en San José con los cuerpos, entregándolos en la Medicatura Forense, que estaba donde está ahora el Poder Judicial, en avenida 10″, relató a La Nación.
Aunque era una escena lúgubre, las familias no podían evitar salir de sus casas a observar la fila de ambulancias que transportaban los 23 cadáveres. “Era una procesión, una caravana enorme de vehículos de la Cruz Roja y de la Policía. También fue muy impactante ver muchas señoras llorando y desmayándose en las calles de San José”, recordó Campos, quien apenas tenía 21 años en aquel momento.
Las inmediaciones de Pico Blanco también fueron escenario del segundo peor accidente aéreo en la historia del país: el 26 de noviembre de 1946, murieron 22 personas al estrellarse un avión de Líneas Áreas Costarricenses (Lacsa). En la misma zona, el 25 de noviembre pasado, la avioneta TI-GER de AeroCaribe Air Charter, que viajaba desde Barra del Tortuguero hacia el aeropuerto Juan Santamaría, se estrelló con seis ocupantes, solo una joven de 31 años, sobrevivió entre el fuselaje de Cessna 206.

35 años después, este 15 de enero, José Campos volvió al sitio del accidente. Le sorprendió que ya no queda nada de la aeronave, quizá por vandalismo o por la fuerza destructiva de la naturaleza. Un paraje de montaña igual de inhóspito lo recibió este miércoles. “Hoy hace 35 años vinimos a hacer esta búsqueda, esta extracción, muchos recuerdos vienen a la mente, muchas personas... curiosamente, 35 años después, el clima está igual de malo, ha estado nublado, ventoso, lluvioso y frío como estuvo en enero de 1990″, resume en un video enviado a La Nación.
Para él, ese rescate lo marcó de por vida. No fue solo la magnitud de la tragedia, sino porque aprendieron la importancia del tiempo de respuesta en accidentes aéreos. “Llegar a como sea y a la hora que sea para verificar si hay sobrevivientes. Desde esa vez aprendimos a nunca parar una búsqueda hasta saber cómo están las personas. Y esto no solo aplica en accidentes aéreos, también aplica para personas desaparecidas”, aseveró.
‘Panorama dantesco’
La Nación del 16 de enero de 1990 detalló que los primeros rescatistas se encontraron con un “panorama dantesco”, como narraron los oficiales Javier Cubero, Jorge Fallas y Ricardo Hernández. La aeronave no explotó, aseguraron, porque las alas, donde va cargado el combustible, se desprendieron antes del choque.
Las causas de la tragedia se supieron un día después, al confirmarse que los fuertes vientos que golpeaban esa región montañosa provocaron que la aeronave se saliera de control.
El avión quedó “como un acordeón” por el impacto, que dejó a la mayoría de los pasajeros prensados entre los asientos y el fuselaje, mientras que el cuerpo de un piloto fue expulsado y quedó a un lado de la cabina.
Carlos Echeverría Rodríguez, de 40 años, era un experimentado piloto con 5.500 horas de vuelo, quien iba acompañado por el copiloto Diego Prieto Vargas, de 23 años, funcionario de la entonces llamada Sección Aérea del Ministerio de Seguridad.
Prieto iba en el vuelo “para acumular horas de experiencia en este tipo de aeronaves españolas -denominadas Aviocar- que frecuentemente Sansa facilitaba al Gobierno para giras de altos funcionarios a diversas regiones del país”.
Los otros costarricenses eran Fernán Campos Madrigal, de 30 años y subjefe de la Sección Aérea; Danilo Pacheco Urpí, odontólogo de 52 años; Ileana Ramírez, microbióloga de 24 años; Sergio Umaña Marín, microbiólogo de 36 años, junto a su hija de 2 años, Adriana Umaña Chaves; y Luis Francisco Murillo, de quien no trascendieron más detalles.
Entre los extranjeros iban siete canadienses, tres panameños, una estadounidense, un sueco y dos más cuyas nacionalidades no se conocieron en aquel momento. Los ocho norteamericanos eran naturalistas que recién llegaban al país con el objetivo de conocer Ventanas de Osa.
Rafael Ángel Rodríguez, empleado de Sansa en Palmar, aseguró que en el aeropuerto de esa zona los familiares esperaban el aterrizaje. Al confirmarse el suceso, salieron hacia San José.
Armando Mayorga, exjefe de Redacción de La Nación, fue uno de los periodistas que cubrió aquel lunes la fatídica noticia. A él, la historia lo golpeaba doble, no solo por la gravedad de los hechos, sino porque conocía a dos de los ocupantes del Aviocar, al sobrecargo, cuyo nombre no pudo recordar, y al piloto Fernán Campos, quien se desempeñaba en la Sección Aérea del Ministerio de Seguridad Pública.
“A Campitos yo lo conocía porque habíamos volado por todo Centroamérica, era un piloto experimentadísimo, viajaba mucho con el presidente”, recordó Mayorga, quien se desempeñaba en aquella época como periodista de la sección Política.
Según rememoró, uno de esos viajes juntos fue en agosto de 1987, durante una gira por todo el istmo, previa a la firma de los Acuerdos de Paz de Esquipulas. “Fuimos en ese mismo Aviocar, país por país, porque Óscar Arias se reunió con todos los presidentes, incluido Daniel Ortega”, declaró Mayorga.


