Cuando se habla de salud hormonal femenina, la conversación suele girar alrededor de la menopausia. Es el concepto más conocido, el más mencionado y, en muchos casos, el único que se reconoce con claridad. Sin embargo, antes de ese momento existe una etapa más extensa, silenciosa y muchas veces más desconcertante: la perimenopausia.

Se trata del periodo de transición previo a la menopausia, una fase que puede comenzar desde los 35 años —aunque es más frecuente a partir de los 40— y en la que el cuerpo empieza a experimentar cambios progresivos en la producción hormonal. Lo particular es que estos cambios ocurren incluso cuando la menstruación sigue presente, lo que dificulta su identificación.
Para Marcela Vargas, especialista en acompañamiento integral femenino y wellness coach, esta sigue siendo una de las etapas menos comprendidas en la salud de la mujer costarricense.

“Muchas veces es cuando más sufre la mujer, porque empieza a sentirse distinta, con síntomas físicos y emocionales, pero no entiende qué está pasando ni lo relaciona con su sistema hormonal”, explica.
Esa falta de claridad tiene consecuencias. A diferencia de la imagen tradicional de la menopausia, la perimenopausia no siempre se manifiesta con señales evidentes. En muchos casos, los primeros cambios son sutiles: cansancio persistente, inflamación, aumento de peso sin razón aparente, dificultades para dormir, irritabilidad, niebla mental o una disminución en la concentración y la libido. Son síntomas que suelen normalizarse o atribuirse al ritmo de vida, al estrés o a la carga laboral.
“Muchas pacientes dicen: ‘Estoy haciendo lo mismo de siempre, pero mi cuerpo ya no responde igual’”, señala Vargas. Esa sensación de desajuste es, con frecuencia, uno de los primeros indicios de esta transición hormonal.
El problema es que la conversación pública sigue centrada en la menopausia como el gran punto de quiebre, dejando de lado todo lo que ocurre antes. Para la especialista, ahí existe una deuda importante, no solo a nivel cultural, sino también institucional. La falta de información, campañas de acompañamiento y profesionales sensibilizados en distintas áreas —desde la medicina hasta la nutrición o el ejercicio— limita la posibilidad de que las mujeres transiten esta etapa con mayor preparación.
Más allá de los síntomas inmediatos, la perimenopausia también tiene implicaciones en la salud a largo plazo. El descenso hormonal está vinculado con riesgos en la densidad ósea, la salud cardiovascular, el metabolismo y la masa muscular. En Costa Rica, por ejemplo, un 47 % de las mujeres posmenopáusicas presenta osteopenia y un 39 % osteoporosis, condiciones que afectan la calidad de vida en etapas posteriores.
En este contexto, especialistas coinciden en que la prevención es clave. El ejercicio de fuerza, una alimentación adecuada, la suplementación cuando es necesaria, el manejo del estrés y el acompañamiento emocional se convierten en pilares para sostener el bienestar durante esta transición.
Entre cambios físicos, emocionales y hormonales, la perimenopausia sigue siendo una experiencia poco acompañada.
Abrir la conversación es, quizá, el primer paso. Entender lo que ocurre en el cuerpo permite no solo anticiparse, sino también resignificar la experiencia. Como señala Vargas, estas etapas no deberían verse como un final, sino como parte de un proceso natural que puede abarcar décadas.
Si la expectativa de vida supera hoy los 80 años, la perimenopausia deja de ser un momento aislado para convertirse en una parte significativa de la vida. Hablar de ella, entenderla y acompañarla mejor no es solo una necesidad médica, sino también una forma de bienestar y de autonomía.
