
Me gusta mucho, mucho, la comida libanesa. En general, me gusta toda la comida de Oriente Medio. Cada región tiene sus matices, pero comparten una base amplia de ingredientes y platos.
En Costa Rica es bastante popular la libanesa, por encima de la marroquí, tunecina, árabe, iraquí, siria, etc., de la cual no hay muchos lugares o del todo no hay.
Hay dos lugares de los que quiero hablarles, pero en esta oportunidad solo lo haré de uno: Phoenicia. Del otro, un pequeño restorán ubicado en Heredia, por la UNA, les hablaré en otra ocasión.
Phoenicia está ubicado en el centro comercial Plaza Los Colegios, en Moravia. Es un local que ya fue bar y que han ido adaptando con las curvas y colores de ese pequeño país. Es un lugar acogedor.
Mis idas a este restorán empezaron desde hace unos dos o tres meses, por recomendación de una colega, amiga y vecina de la sala de redacción de La Nación. Acertó de buenas a primeras. Aunque me he limitado al plato del día y a una que otra escapada de esa opción, la recomendación es válida: por un costo moderado se obtiene entrada, fresco, plato fuerte, poste y café. Todo al estilo libanés.
Por ejemplo, este jueves 09 de diciembre, la entrada es una rica sopita de lentejas con limón, suave, delicada y fresca. El fresco es uno de mis favoritos. Se trata de la clásica limonada con yerbabuena, hielo molido y una cereza. Sin ser demasiado dulce, se complementa muy bien con las especias que suelen estar presentes en la cocina libanesa: la pimienta negra, el cilantro, el clavo, la canela y la nuez moscada, cardamomo, más otras que varían según el librillo de cada maestro.
El plato fuerte siempre tiene como base una generosa porción de arroz y una ensalada de la casa. La de este día era con repollo y limón. La proteína era un guiso de pollo con verduras, no muy mojado, bien cocinado, sazonado y con el sabor de la cocina de ese país. Para quedar muy lleno, incluso si se es comelón.
El postre fue un quequito que ellos llaman hasbaya. Es yema de trigo con coco, agua de rosas, almíbar y almendras. Jugoso, dulce, pero lejos de empalagar. Por último, el café: fuerte con cardamomo.

Merece una mención aparte el servicio de Manfred, el salonero, a quien lo conocemos de otros lugares libaneses o mediterráneos. Se conoce al dedillo el menú, los platos y sus preparaciones. Es atento y cortés y no se pasa de amable o cercano, pecado en que suelen caer muchos saloneros costarricenses.
El precio del plato del día es de menos de 4.000 colones.
Tienen un menú mucho más amplio si desean probar más de esa sabrosa gastronomía: desde el humus (crema de garbanzo), el baba ganush (crema de berenjena), el labne (una especie de queso crema de yogur natural) y el falafel (bolitas de garbanzo frito), hasta piezas de cordero.
La gastronomía libanesa tiene la ventaja –si usted no es muy dado a sabores fuertes o exóticos– que le permitirá probar algo rico, balanceado, diferente, sin que se asuste por lo que se va a llevar a la boca.
