
Durante años, la pirámide alimenticia fue una referencia central para orientar a la población sobre cómo comer de forma saludable. Sin embargo, como ocurre con toda recomendación basada en evidencia científica, el modelo no es estático. El conocimiento evoluciona, y con él, también deben hacerlo las políticas públicas en nutrición.
En ese contexto, el Departamento de Salud y Servicios Humanos y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos presentaron nuevas directrices nutricionales que suponen un cambio significativo respecto al enfoque clásico y al conocido esquema MyPlate. Estas actualizaciones responden a una necesidad concreta: el crecimiento sostenido de alteraciones de salud vinculadas a la alimentación y al estilo de vida.

Actualmente, más del 50% de la población estadounidense vive con diabetes o prediabetes; más del 75% presenta alguna enfermedad crónica no transmisible, y cerca del 90% del gasto en atención médica se destina al tratamiento de estas condiciones. Particularmente, estas cifras no están muy lejos de la realidad que observamos en muchos de nuestros países.
Un cambio de paradigma alimentario
La pirámide tradicional colocaba a los granos y cereales como la base principal de la alimentación diaria, recomendando su consumo en grandes cantidades. Las grasas quedaban relegadas al nivel superior, asociadas casi exclusivamente con riesgos para la salud, mientras que las proteínas ocupaban un rol secundario.
Las nuevas directrices rompen con esta lógica. El enfoque actual pone el acento en la calidad de los alimentos, más que en una simple distribución por grupos alimenticios. Se enfatiza que no todos los alimentos aportan el mismo valor nutricional, aun cuando pertenezcan a una misma categoría.
Más proteínas y una nueva mirada sobre las grasas
Uno de los principales cambios es la mayor relevancia otorgada a las proteínas de alta calidad, reconociendo su papel fundamental en la salud muscular, metabólica e inmunológica. Las nuevas recomendaciones sugieren un consumo aproximado de entre 1,2 y 1,6 gramos por kilogramo de peso corporal en adultos, un rango superior al propuesto en guías anteriores.

Las fuentes recomendadas incluyen carnes, pescados, huevos, lácteos, legumbres, frutos secos y semillas.
En paralelo, se abandona la demonización histórica de las grasas naturales. Alimentos como el aceite de oliva, el aguacate, los frutos secos y los lácteos enteros pasan a ser considerados aliados de una alimentación equilibrada, siempre que se consuman dentro de un patrón saludable.
¿Dónde quedan las verduras y frutas?
Las nuevas directrices mantienen a las verduras y frutas como componentes esenciales de la alimentación diaria. Se recomienda una amplia variedad de colores y tipos, priorizando productos frescos y de temporada. Estos alimentos aportan fibra, vitaminas, minerales y compuestos bioactivos clave en la prevención de enfermedades crónicas y en el mantenimiento de la salud metabólica.

Menos protagonismo para los granos, refinados y ultraprocesados
Aunque los granos integrales continúan formando parte de las recomendaciones, su protagonismo disminuye en comparación con modelos anteriores. En contraste, se desaconseja de forma clara el consumo habitual de harinas refinadas, azúcares añadidos y alimentos ultraprocesados, como bebidas endulzadas, bollería industrial, cereales azucarados y snacks empaquetados.
Por primera vez, las guías oficiales señalan explícitamente que los alimentos ultraprocesados deberían evitarse en la medida de lo posible, debido a su asociación con obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.
Del plato equilibrado a una pirámide “invertida”
El esquema visual también cambia. Mientras el modelo MyPlate dividía el plato en porciones similares, la nueva representación jerarquiza los alimentos:
- Proteínas, grasas saludables, verduras y frutas ocupan los niveles de mayor relevancia.
- Granos y carbohidratos pasan a un plano secundario.
Este diseño refleja una inversión clara respecto a la pirámide tradicional y se alinea con la evidencia científica más reciente.

Más allá de cifras, esquemas y porcentajes, las nuevas directrices transmiten un mensaje fácil de comprender: priorizar alimentos reales, reconocer la calidad nutricional y reducir la dependencia de productos industriales.
Aunque este cambio se produce en Estados Unidos, sus implicancias trascienden fronteras y tienen impacto en los sistemas de salud pública a nivel global. La invitación final es clara: mantener una relación sana con los alimentos, acompañar la alimentación con actividad física regular y optar siempre por profesionales en nutrición debidamente acreditados.
Porque el verdadero cambio de modelo no pasa solo por modificar un gráfico, sino por entender que hoy, más que nunca, no se trata de comer menos, sino de comer mejor.