
A 64 kilómetros de San José, la naturaleza se desnuda sin censura, abre sus brazos para mostrar su majestuosidad y revela lo más íntimo de sus entrañas.
A 64 kilómetros de San José, la calidez de sus habitantes disipa la niebla, la gente todavía saluda con ternura y la historia se descubre entre las montañas.
A 64 kilómetros de San José, hay un inquieto volcán. Hay misticismo. Hay aventura. Está Turrialba.
En colaboración con el Instituto Costarricense de Turismo (ICT) y del programa Vamos a turistear , un equipo de Revista Dominical visitó ese cantón cartaginés –el más grande de la provincia– con el objetivo de conocer y disfrutar de algunos de sus principales atractivos turísticos.

La travesía con dirección a la Vieja Metrópoli inició a las 6 a. m. de un jueves y se extendió por tres días. Si bien el viaje tenía un carácter estrictamente laboral, fue imposible que no tomara aires vacacionales para Jorge, el fotógrafo; José, el chofer, y para mí.
Y es que en Turrialba hay más que un volcán, activo en los últimos años. Por esa tierra brumosa se abre paso uno de los ríos más bellos del país, el Pacuare; allí se conserva el principal sitio arqueológico prehispánico de Costa Rica, Guayabo, y en una de sus fincas se encuentra el principal centro de enseñanza de posgrado en agricultura, manejo, conservación y uso sostenible de los recursos naturales, el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE).
Lo fértil de sus tierras permite, entre otros, el cultivo de café y caña de azúcar, y en sus extensos potreros la actividad ganadera goza de buena salud. Turrialba, una tierra rica y bella, es un paraíso que no necesita de playas para seducir a visitantes a un nutrido menú de actividades turísticas.
Pese a ese cúmulo de encantos, el cantón ha sido víctima en los últimos meses de una injusticia: una baja en sus índices de turismo a raíz de la actividad volcánica que emerge desde la cima del Turrialba.
El comportamiento del coloso inquieta a muchos, pero en Turrialba no pasa nada, su actividad turística, comercial y económica sigue tan activa como su volcán.
“En Turrialba no hay crisis. Lo que hay es una actividad volcánica pronunciada que no tiene afectación en la vida humana o animal. Lo alarmante de los titulares que usan algunos medios para dar sus informaciones sí ha tenido efecto en la visitación turística a la zona y nosotros lo hemos tratado de revertir con información responsable”, afirma Luis Fernando León, alcalde de Turrialba.
Luis Estrada, encargado de la Oficina de Gestión de Riesgo de la Comisión Nacional de Emergencia en la Municipalidad de Turrialba, concuerda con el alcalde. “En Turrialba se conoció la ceniza hasta hace un mes y en cantidades mínimas. Fue polvo de ceniza lo que llegó aquí (en el centro). Estuvimos 44 días en erupción permanente y de esos solamente dos cayeron polvo de ceniza. Turrialba es seguro”, dice.
El funcionario agrega que incluso la visita al distrito de Santa Cruz, donde se ubica el volcán, está habilitada para el turismo, aunque con algunas restricciones, según la magnitud de la actividad volcánica.
Ahora sí, nos adentramos en la espesura del bosque.
Reencuentrocon el pasado

Aclarados los nublados sobre la situación del volcán Turrialba, nos encaminamos hacia la primera parada del viaje: al Monumento Nacional Guayabo.
Adentrarse en Guayabo significa reencontrarse con nuestros ancestros, con nuestra cultura… con nuestra identidad.
Cada camino está cargado de misterio. Ahí se conservan las estructuras arqueológicas que estuvieron habitadas desde el año 1.000 a.C. hasta 1.400 d.C. y que alcanzó su mayor desarrollo en los 800 d. C.
A la casi mística aventura en Guayabo se nos unió Elizabeth, de U-Suré , una asociación de guías locales que maneja al dedillo la historia de ese Monumento Nacional, declarado el 24 de abril del 2009 como Patrimonio Mundial de la Ingeniería por la Sociedad Americana de Ingeniería Civil.
Nos adentramos por el sendero Los Montículos. La caminata nos llevó a atravesar 1.600 metros de bosque, recorrido suficiente para apreciar la rica flora y fauna que ahí habita.
Tucanes, oropéndolas, chacalacas y mamíferos como armadillos, conejos, ardillas, osos hormigueros y tolomucos son algunas de las especies animales que, con suerte, se pueden observar a lo largo del camino. Elizabeth explica que también hay reptiles, anfibios y una gran variedad de insectos.
La belleza de la naturaleza se conjuga con una esplendorosa vista desde lo alto del bosque, que permite apreciar en su máximo esplendor gran parte de las estructuras arqueológicas de ese antiguo poblado.
Guayabo custodia 43 montículos construidos con piedras de diferentes tamaños y que fueron usados por los ancestros como bases para construir las viviendas, tres acueductos que conducían el agua desde las nacientes hasta los tanques de almacenamiento y dos plazas.
También resguarda dos impresionantes calzadas, los caminos de piedra que se usaron como vías de tránsito, y varias tumbas elaboradas con lajas, que varían en tamaño y profundidad según la prominencia de quien las ocuparía.
Guayabo es un sitio que hay que visitar para entrar en contacto con nuestras raíces. Es una tierra de todos los costarricenses, a la que anualmente visitan en promedio 30.000 personas, la mayoría turistas nacionales.
Pura adrenalina

La caminata de Guayabo sirvió para preparar el cuerpo rumbo a la próxima cita, cargada de aventuras y adrenalina.
Del centro de Turrialba salimos un viernes a las 7 a. m. con destino al Hotel Wagelia Espino Blanco , un paradisíaco lugar inmerso en el bosque lluvioso turrialbeño.
Al llegar, el guía Jorge Solano nos recibió. Tras saludarnos, su primera advertencia fue: “Pónganse repelente”. Luego, se dedicó a explicarnos que el espino blanco era una especie de árbol que estaba en extinción y que durante el recorrido se observarían varios de ellos.
Solano lideró una caminata de casi dos horas por un denso y embarrialado bosque que reta la condición física de cualquiera.
En los albores del recorrido, se aprecian las habitaciones del Espino Blanco, unas cabañas que, además de estar situadas entre la montaña, se caracterizan por no contar con energía eléctrica. Este recinto, más que un hotel, pretende ser un refugio holístico para sus visitantes.
Con Solano tomamos el sendero El Mirador. Es importante equiparse con agua y zapatos con buena fricción; aunque no necesarias, estas recomendaciones harán la experiencia más placentera.
Además de ofrecer la posibilidad del avistamiento de aves, la caminata permite disfrutar de una experiencia sensorial única, marcada por el sonido de los animales y el baile de las plantas y árboles al ritmo que marca el viento.
Monos cariblancos, pizotes, mapaches, jaguares, tigrillos, osos hormigueros, coyotes, ranas y varias especies de serpientes forman parte de la fauna de los alrededores del Wagelia Espino Blanco, ubicado a ocho kilómetros del centro de Turrialba.
Entre su flora, además del espino blanco y otros bellos árboles, destaca la presencia de orquídeas y bromelias.
Jorge Solano explica que otra de las particularidades que tienen las caminatas en esa montaña es que durante el recorrido es frecuente hallar partes de piezas de barro, lo que hace pensar que ese punto fue sitio de tránsito de los indígenas.
Además, una vez sumergido en la naturaleza se tiene la opción de tomar cruces alternos o dirigirse al mirador, que al final premia el cansancio con una majestuosa vista de la Cordillera Volcánica Central y el centro de Turrialba.
Minutos después de refrescarnos física y visualmente, seguimos el camino con destino a otra maravilla oculta en el bosque: una catarata.
Aquella cortina de agua que cae entre las enormes piedras se usa en ocasiones para practicar rappelling , otra aventura que ofrece el hotel a sus huéspedes. El mismo camino que llevó a la catarata nos devolvería al sendero principal.
“Solo quedan 200 metros”, decía Jorge Solano cuando ya mis piernas no lograban subir una grada más de aquel extenso sendero. De pronto se observó una luz al fondo del camino. La caminata había concluido. Aunque agotadora, la experiencia de penetrar hasta lo más íntimo del bosque es mágica.
Jorge nos comenta de las múltiples opciones que ofrece el hotel para sus visitantes mientras nos lleva a conocer el restaurante, que se siente casi como si estuviese al aire libre. Las cuatro paredes llegan a la mitad de la altura de la construcción y, en medio de su piso elevado, hay agujeros que hacen posible la permanencia de árboles dentro del rústico lugar.
La aventura en Verbena Norte de Turrialba, donde se ubica el Wagelia Espino Blanco, había concluido. Ahora nos encaminaríamos a un destino que nos presentaría otra cara de las montañas turrialbeñas.
Actividades con grandes dosis de adrenalina nos tenían preparadas Dave Mata y Elena Solano, de Explornatura , uno de los principales operadores de turismo de aventura que hay en el cantón brumoso.
El operador ofrece al turista nacional y foráneo varios tours según la experiencia que cada quien desee tener. Hay desde opciones de rafting por el Pacuare o por el río Pejibaye hasta caminatas por el Monumento Nacional Guayabo o por la plantación tropical del CATIE.
El elegido para nosotros pretendía conocer la espesura de una de las montañas aledañas al centro de Turrialba, desde lo más alto. Para ello caminamos cerca de 20 minutos entre montaña.
En medio de la montaña, Elena se guindó de un cable y se dirigió casi a la copa de un árbol ubicado a 150 metros de donde estábamos. Ahí comenzaba el tour , con un extenso canopy de velocidad media por el que todos debimos pasar. Elena nos esperaba en el otro extremo, mientras que Dave nos aseguraba en el cable y nos daba las instrucciones para llegar con éxito.
Una vez logrado el primero de los cinco cables que contempla el tour , debimos buscar tierra firme de nuevo. Del árbol descendimos haciendo rappelling , para luego encontrarnos con uno de los mayores retos del tour : también rappel , pero en cataratas. Fueron cuatro pruebas de ese tipo las que debimos superar a lo largo de este recorrido, que también incluyó una pequeña escalada y un puente colgante.
Con Explornatura, que funciona desde 1999, la experiencia fue extrema, divertida, y sobre todo, segura. Cada viaje culmina con un almuerzo que mezcla lo típico con la cocina moderna: ese día comimos arroz, frijoles, ensalada y un delicioso pollo en salsa de mostaza y miel, que degustamos justo cuando un aguacero caía con gran fuerza en el centro de Turrialba.
¡A caballo!
Aquella lluvia nos acompañó por gran parte del camino que nos llevaría a La Suiza de Turrialba, donde estaba ubicado nuestro próximo destino, el impresionante Hotel Casa Turire , otro apetecido sitio turístico del cantón.
Casa Turire es una hacienda. Para llegar a ella hay que recorrer varios metros de una extensa finca que plantea un ambiente de lujo y relajación. Este hotel está certificado con cuatro Hojas de Sostenibilidad Turística y cuenta con senderos, granja, caballeriza, una ecohuerta y amplios jardines con aves tropicales.
Al hotel lo envuelve parcialmente el lago Angostura y cuenta con una exquisita vista del Volcán Turrialba. Ahí es posible tener desde relajantes sesiones de spa y masajes hasta hacer kayak , canoas o tours a caballo. Precisamente fue una cabalgata la que emprendimos en el lugar.
El recorrido a caballo le pondría final a la gira. Comenzó a las 8 a. m. de un sábado y estuvo liderada por el baquiano Enrique Montano. Roco, Volcán, Balazo y Cariñosa, las bestias que nos llevaron al recorrido, estaban listos desde temprano para adentrarse en medio de los cafetales, para un recorrido que tardaría cerca de dos horas.
Don Enrique contó que todos los caballos que Casa Turire usa para las cabalgatas son mansos y que no es necesario contar con experiencia para montarse en ellos. El que me llevaba a mí era Balazo, un manso ejemplar que iba al ritmo que yo le indicara.
Durante la cabalgata, el baquiano explica generalidades del café y la caña de azúcar mientras nos dirige a un mirador que ofrece una vista completa del lago Angostura, Casa Turire y, si está despejado, del volcán Turrialba, que no se dejó ver por mucho tiempo, aunque sí lo escuchamos en las ocasiones en las cuales tuvo erupciones durante nuestra estancia en su tierra.
Fue así, a caballo, como culminanos la visita a Turrialba, una emblemática tierra costarricense.
