
Con el tiempo me fui acostumbrando a los sonidos de la casa nueva y ahora puedo decir si los taconazos del pasillo son de hombre o de mujer, de dónde proviene el portazo, dónde llora el bebé y en cuál apartamento ladró el perro.
Las voces llegan en volúmenes distintos. En algunos casos solo atrapo palabras sueltas y me es imposible saber qué dicen los vecinos. En otros las voces bajan en cascada desde los pisos superiores y capto el chiste completo y sé, por el golpeteo constante en la pared, que el muchacho de arriba aprovecha el tiempo con la novia.
Vivo en un lugar silencioso a pesar de estar en media ciudad. Ayuda el grosor de los vidrios, que apaga las sirenas y algunos ruidos del mercado cercano.
Pero, ya sabemos, la vida trabaja con sorpresas, que toman las formas más menos esperadas.
Frente a mi patio hay tres palmeras y una fue escogida como dormitorio por un montón de pájaros que, según la época, se acuestan entre las cuatro y las cinco de la tarde y doce horas después empiezan un jolgorio que hace las veces de despertador para alguien de sueño liviano.
Mi terraza da al oeste y una mañana de abril del 2017, mientras arrancaba hojas secas a un geranio, oí un canto suave que inicialmente pasé por alto. Pero el ruidillo siguió y al levantar la vista descubrí en una palmera un pájaro pequeño, como del tamaño de una viuda, con una parte del plumaje naranja y la otra amarilla.
Jamás lo había visto. Estaba tranquilo, hallado, como si fuera un visitante regular de esa parte de la capital desde donde admiro en los veranos las montañas de Alajuelita coloreadas por los porós extranjeros.
Fui por mi cámara, le tomé varias fotos a todo zoom y el pajarillo ni se movió de su hoja percha. Me explicaron después que era un macho juvenil de tángara roja migratoria y que regresaba a casa, en los bosques del norte de México y el sur de Estados Unidos. Dio vueltas por el barrio un par de días y se perdió.
En noviembre del mismo año la escena de abril se repitió. Un ruido, ya más familiar, me hizo salir de la cocina y en la misma palmera (diría que la misma hoja) estaba mi pájaro de fuego, igual de manso y confianzudo que el primero.
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Las tángaras rojas migratorias pasan por aquí dos veces al año, primero cuando huyen del invierno y van en busca de temperaturas amigables y meses después cuando vuelven. Deben sortear peligros de todo tipo, pero así debe ser. Quedarse en los bosques del norte no es una opción cuando se trata de perpetuarse. Los abuelos dirían “lo que no se mueve se apelota”.
Al verlo pensé de inmediato en que se trataba del de abril. Y me gusta creer que también fue el mismo que me visitó este octubre recién pasado, intensamente rojo y saludable.
Lo ví un único día y sentí una mezcla de admiración y nostalgia. ¿Cuánta fuerza vital debe de tener un pajarillo de quince centímetros para volarse, literalmente, tal cantidad de kilómetros en busca de un sitio adecuado para traer hijos al mundo? ¿Volverá a pasar por mi patio, sea el mismo o descendientes, para contarme que la especie sigue en buenas manos o, mejor dicho, en buenas alas?
Tengo mi respuesta, que es la de un hombre afortunadamente optimista.