Revista Dominical

Sobre las aguas llegó la esperanza: así es la vacunación en la frontera norte

Una mañana, justo donde el río San Carlos desemboca en el San Juan, decenas de personas llegaron en botes, canoas e incluso cruzando a nado a un improvisado vacunatorio para protegerse contra la covid-19

El equipo de vacunación se encontró en el ebáis de Boca Tapada, en Pital de San Carlos. Eran cerca de las 8 a. m. Los funcionarios del ebáis cargaron sus neveras con vacunas con esa prisa cauta que caracteriza la urgencia de la misión, pero también con cuidado por lo delicado del producto que llevaban.

Se montaron en dos vehículos doble tracción y avanzaron durante media hora hasta llegar a Boca San Carlos, específicamente en el sitio donde el río San Carlos desemboca en el río San Juan. Se colocaron a escasos metros de una frontera con Nicaragua que el agua no logra dibujar.

Se prepararon las vacunas para recibir a quienes querían iniciar o completar esquema, también reforzarse con una tercera dosis. Llevaron las primeras dosis pediátricas a la zona. Era 16 de febrero, la vacunación para niños de 5 a 11 años ya llevaba más de un mes en el país, pero allí comenzaban a asomarse los primeros menores que se colocarían este biológico.

Aquel era el punto más cercano posible a los pobladores del otro lado del río. Era lo más que podían hacer los trabajadores de la salud, con los recursos que tenían a mano, para acercar la vacuna.

Justamente allí comenzaba el reto para los habitantes de esos sectores: llegar al río, cruzarlo y ser inoculados. Algunas personas no tenían menores problemas: vivían tan cerca de ese vacunatorio que no les demoraba más que unos 10 minutos en su bote. En otras la situación era completamente distinta.

Sin embargo, la voluntad era grande. No habían pasado muchos minutos cuando las primeras personas cruzaron el río. La voluntad de vacunarse era más grande que cualquier incomodidad.

Damián Ocampo Obando, de 78 años, fue de los primeros en llegar. No encontró mayor fila. El tomó su canoa, y decidido estuvo ahí. Es de los vecinos más cercanos al puesto de vacunación, pues solo navegó durante ocho minutos.

“Vengo a vacunarme porque quiero seguir viviendo, a ver si Dios me presta otro poquito de vida para estar aquí con mis hijos. Ese virus está destruyendo los pueblos, se ha muerto mucha gente y yo no quiero morirme”, expresó de forma tajante luego de recibir su segunda dosis.

Ocampo fue más allá, pues tanto antes como después de su turno, él dispuso su canoa para llevar y traer a todos los vecinos que no tuvieran la facilidad de una panga o pequeña embarcación que los transportara. La inyección recién puesta parecía no molestarle en lo más mínimo para maniobrar el remo.

“Cada vez que hay vacunas hago viajes. A veces tres o cuatro, a veces más, a veces menos. Ya ahora solo me queda llevar de regreso a una amiga”, aseguró a La Nación cuando por fin tuvo unos minutos de pausa entre un viaje y otro.

Poco a poco las filas comenzaron a formarse. Primeras dosis, segundas, refuerzos. Muchos de quienes llegaban no necesitaban vacuna para sí mismos. Esta era la primera vez que los niños tenían la opción de inmunizarse en ese lugar. Allí, el biológico pediátrico llegó cuando los menores en el Valle Central tenían más de un mes en recibirlo.

Una de estas familias fue la compuesta por Yader Díaz Zeledón y sus tres hijos, de 11, 7 y 6 años. Ellos sí tuvieron que madrugar para tomar primero un bote y cruzar parte del río en él.

Eso no fue todo. Dejaron la embarcación en un punto y aún les faltaba cruzar el río de un lado a otro. Díaz tomó al más pequeño de sus hijos, lo cargo en sus hombros y le pidió a su segundo hijo que lo esperara allí. Le dijo a su hijo mayor, que ya tenía la estatura suficiente, que lo siguiera caminando. Cruzaron así el trecho que los separaba del punto de vacunación. Luego se devolvió por su segundo hijo y también se lo trajo alzado. Para este hombre, que además iba en busca de su tercer dosis, todo esfuerzo es válido para protegerse contra las complicaciones de la covid-19.

“Ya sabíamos que hoy venían. Entonces es levantarse temprano y saber que hay que tomar lancha o algo para cruzar. Tomamos un cayuco. Por dicha, sabemos manipularlo. Ya después caminar otro trecho por el río”, describió el papá.

“Vacunarse no es solo cumplir protocolo, protege bastante de la situación que estamos pasando”.

En cuestión de minutos los cuatro estaban inoculados y sus vacunares registradas por escrito en el expediente. En esa zona la falta de conexión a Internet impidió que se quedaran en el expediente digital único en salud (EDUS) inmediatamente, pero al volver al área de salud fueron ingresadas a la base de datos.

Leandro, el segundo de los hijos de Yader, fue el único en expresar dolor y molestias luego de ser inyectado. Sus hermanos lo animaron. Jordan, quien es cinco años mayor, le recordó que no era su primer vacuna y que había superado las anteriores. Leandro no se sintió tan convencido.

Justo cuando los cuatro emprendían el viaje de regreso un aguacero hizo que tuvieran que esperar un tiempo. Los niños olvidaron los dolores que la vacuna pudiera causarles y para Leandro las lágrimas se disiparon: el río se convirtió en su campo de juegos.

“Esto es ser niño en este lugar. Yo también jugué así muchas veces a esas edades”, dijo el papá.

La lluvia y el viento adquirían fuerza. Gilbert Rojas, asistente técnico de atención primaria en salud (ATAPS), y encargado de la vacunación se apuró para proteger cada vacuna e insumo. Las cubrió, guardó los implementos y se trasladó unos cuantos metros hacia dentro, donde las instalaciones de una soda le permitieron guarecerse de la lluvia y continuar con su misión. El lugar escogido permitió que quienes llegaban al sitio original tuvieran a simple vista el nuevo vacunatorio.

Xinia Ocán Díaz, de 24 años, estaba precisamente en esa soda. Para esa fecha no había recibido su primera dosis. Es nicaragüense y no está asegurada. Desconocía que solo por el hecho de vivir en Costa Rica tenía derecho a su esquema completo y a reforzarse. Con timidez se acercó a preguntarle a Rojas. Fue la primera persona en ser vacunada en ese nuevo sitio.

“Yo antes creía que esto era solo para asegurados o para ticos. Por eso no tenía ni una vacuna. Pero nada perdía con preguntar, y aquí estoy. Hasta me aprendí de memoria que el 9 de marzo me toca la segunda dosis”, aseveró la joven.

Llevar las vacunas a este tipo de lugares, donde las comunidades son muy dispersas, presenta esfuerzos extra para el personal de salud, pues no solo deben buscar un sitio accesible para las personas, sino también contar con las facilidades para preparar cada insumo con todos los estándares de higiene y seguridad.

“Hay población que está sin acceso por tierra. A veces es bastante difícil. No tenemos panga, ni transporte por el río. Solo es de pedir colaboración a las personas. Son muy pocas las personas con teléfono, pero tenemos algunos contactos a los que les ponemos mensajes y ellos avisan a los demás”, comentó Gilbert Rojas.

El epdiemiólogo Melvin Anchía complementó: “uno desearía que los servicios de salud siempre estén muy cerca de todo, pero no siempre se puede por las condiciones demográficas o geográficas”.

Quienes trabajan en estos lugares aseguran que la voluntad de la población facilita las labores.

“Hay gente que llega después de caminar varias horas. Que usa caballo, botes. Gente que no tiene servicios de bus y mucho menos taxi, pero que entiende la importancia de vacunarse”, señaló Patricia Rojas, encargada del programa de inmunización de la Región Huetar Norte de la CCSS, que engloba los cantones de San Carlos, Los Chiles y Guatuso.

Esta población también tiene otra característica: es transfronteriza y su vida usualmente transcurre por igual entre Costa Rica y Nicaragua. Es normal que las personas, sin importar en cuál de los dos países hayan nacido, vivan en una nación y trabajen en otra, o tengan hijos en ambos países, o pasen el tiempo por igual a uno u otro lado del San Juan.

A esto se le añade que son habitantes que, por las características de sus trabajos en diferentes cultivos, pueden migrar de un lado a otro según las cosechas.

“Es población flotante. Hoy pueden estar en un país, mañana en otro. A veces encontramos a la población, a veces no, porque muchas veces los trabajos los llevan a otro lugar para la fecha de su segunda dosis. A algunos nos toca andarlos buscando para que no pierdan la oportunidad, tienen la posibilidad de vacunarse en cualquier lugar, pero no todos lo saben, por eso debe llevarse el mensaje”, dijo Anchía.

El río San Carlos, y ese punto donde desemboca en el San Juan, son los protagonistas que tejen la vida de las comunidades binacionales.

“Aquí he vivido siempre, aprendí a usar cayuco, panga, bote, cualquier cosa que me sirva para moverme de un lado a otro. A veces uno ni se da cuenta de dónde comienza Nicaragua cuando ya está ahí, pero la verdad, siempre nos hemos visto como de los mismos”, dijo entre risas Ocampo.

Con esa visión se crece a orillas de ambos ríos. Yadder contó que sus hijos se crían alrededor de las aguas de ambos ríos, justo como él lo hizo.

Joselyn Arroyo Porras, quien llegó para vacunar a su hijo, subrayó que es una comunidad muy unida, en donde los mismos vecinos se avisan cuando hay una campaña relacionada con salud, y se ponen de acuerdo para movilizarse, aunque el sol queme o, como en aquél momento, la lluvia y el viento compliquen la situación.

Aquel aguacero fue cuestión de una media hora, el agua se fue con la misma rapidez con la que llegó. Mediodía se acercaba y quienes estaban escampando comenzaron el regreso a casa para preparar el almuerzo. Los vacunadores tuvieron un respiro antes de que llegara otra oleada de gente, motivada por quienes terminaban de trabajar a mediodía y aprovechaban la oportunidad antes de volver a casa.

“No es fácil para estas personas, ir a un ebáis muchas veces significa pagar ¢15.000 entre botes y motos. Es muy difícil para ellos, mientras tengamos cómo, se les va a acercar la vacuna”, concluyó Rojas.

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