Los pómulos como un rubí, la respiración como ancla cayendo en el océano y la oxitocina como pólvora al cielo; gran parte de la población lo ha vivido, y a lo mejor echando mano de algún juguete sexual.
Ha costado que se instauren en el común, y todavía se escucha un “¡Virgen santísima!” de espanto cuando alguien observa un dildo en una vitrina, pero las sex shops florecen en Costa Rica. Lejos quedaron los tiempos en que sus catálogos se reducían a los llamados “consoladores” y vibradores; ahora las mesas de noche alojan más de un agrandador de pene, látigos, pinzas y anillos... y otros objetos que todavía no sabemos cómo funcionan.
Están en auge todos los productos vinculados a la estimulación anal: plugs de distintos tamaños, enemas y, por supuesto, lubricantes (¡hay uno con aroma a crema de whisky!).
En segundo plano, los vibradores suelen ser los best sellers de las boutiques y tiendas eróticas que ya acumulan muchos años de experiencia en los centros comerciales: aquellos que no dejan nada a la imaginación y los que se presentan como balas, lámparas o collares en colores vibrantes. El sexo siempre vende, no importa su forma.
La industria de juguetes sexuales en Costa Rica, al igual que el mundo, se ha visto favorecida en los últimos 10 años por Cincuenta sombras de Grey y la pandemia por la Covid-19, cuando la gente permaneció en casa con mucho tiempo para explorar(se).
De entonces para acá, las ventas en línea se dispararon; tanto, que cada vez más triunfan los emprendimientos que importan sin necesidad de tienda física.
Gracias al velo digital, los clientes también pueden ordenar bajo anonimato un dildo y recibirlo de una motocicleta vía alguna plataforma de transporte o servicio de paquetería. Mejor aún: comprarlo a doce meses con tasa cero.
Intrigados por lo que provoca hoy a los ticos, y cómo invierten su tiempo y su dinero en el placer, recorrimos distintas tiendas especializadas para entender al cliente, sus gustos y averiguar si ya dejamos atrás la mojigatería.
Sex shops como confesionarios
Un aire místico impregnaba las primeras sex shops que vieron luz verde en Costa Rica. Pintadas con tonos oscuros, iluminadas con pequeños bombillos y construidas con pasadizos que llevaban a los pocos dildos en exhibición, despertaban cierta vergüenza en la gente. Han cambiado los tiempos, pero parte de esa culpa no se esfumó.
Para muchos, comprar un juguete sexual resulta una experiencia más solitaria y silenciosa que otra cosa. Primero deben vencer la barrera mental de querer adquirirlo; luego, el “reto” de presentarse a la tienda. Ya una vez dentro, se debaten entre 15 minutos y media hora hasta decidirse, y algunos incluso se retiran vencidos por el oprobio de recibir orientación del personal.
Los que se quedan, sin embargo, suelen tomar las paredes de la sex shop como un confesionario. Sin demasiados reparos, comparten anécdotas tan íntimas que parecieran que las están contando con copa de vino en mano.
Lo hacen aquellas personas deseosas de nuevas experiencias, como probar el sexo anal o ser suspendido en cadenas, o aquellas parejas en las que el hombre se cuestiona si un dildo lo “sustituye”. Y nunca fallan quienes se pasan de tono con las propuestas que serían mejor recibidas en un prostíbulo.
“Llegan y te dicen: ‘Bueno, yo le compro eso, pero hagamos un trío’ o ‘la queremos a usted’ (...). Pero simplemente estamos vendiendo un producto”, aseguró Guiselle Artavia, gerente comercial de Erotica, una de las sex shops de antaño en San José.
Como la mayoría de las tiendas también atienden por redes sociales, los chats no están exentos de estos intercambios. Por allí, algunos clientes se les insinúan a los vendedores con conexiones sexuales e incluso les ofrecen regalos en metálico, pese a que a la foto de perfil es un logo empresarial.
“Hay que entender eso, hay que leer qué tipo de persona es y cómo quiere que se le atienda. Aquí hay más oportunidades de que salgan corriendo que cuando entran a una tienda de zapatos y le quieren vender un par de tenis”, agrega Diana Hidalgo, dueña de La Bóveda, tienda que abrió hace tres meses en la calle del Cine Variedades, en el centro de San José.
Otros clientes llegan a la sex shop como si fuera cualquier otra transacción; dígase comprar el diario o una computadora, porque ya saben lo que quieren. Al menos tienen claro el tipo de juguete que andan buscando: si es para usar en pareja o en solitario, o para una zona erógena en específico.
Eso sí, antes de decidir cuál de todos se llevarán a casa, más de uno pasa por una torva emocional. Entonces, además de actuar como confesores para escuchar los pecados (cometidos o soñados) más extraños de la clientela, los trabajadores brindan apoyo sentimental.
En una ocasión, recuerda Hidalgo, una cliente le contó que nunca había tenido un orgasmo a causa de un abuso sexual. En otra oportunidad, una adulta mayor narró que no quería “echarse a morir” después del deceso de su hijo, por lo que buscaba “sentirse linda y experimentar” con lencería.
¿Qué se hace en esos casos? No reaccionar ni muy expresivo ni con mucho adjetivo, sino tratar de entender estas experiencias para sugerir el producto más preciso y, si es necesario, remitir al cliente a un profesional de la salud.
“Tenemos que reaccionar y poder empatizar y profesionalmente brindarle a algo que en serio les funcione (...). Más allá de la morbosidad son cosas que le permiten a las personas liberarse de la rutina, del estrés”, añade Hidalgo.
Sexo en números
Los juguetes sexuales nunca han sido baratos, pero eso no es problema: la tendencia apunta a que los costarricenses están cada vez más dispuestos a gastar dinero en ellos. Hoy por hoy, quien compra en una sex shop gasta, como mínimo, entre ¢25.000 y ¢45.000.
Del otro lado de la caja chica, algunos comercios facturan al menos ¢400.000 por día, en ventas divididas entre juguetes, lencería y decoraciones. No es poco si se considera que este negocio depende de ventas pausadas, pues no recibe centenares de compradores en una jornada.
Tomemos un ejemplo: los vibradores más baratos en el mercado parten de los ¢15.000, y aquellos que incorporan más botones y velocidades llegan a los ¢40.000; sin duda hay otros más lujosos.
Los arneses de cuero para el pecho, que pueden ser usados como fetiche fashionista o BDSM, no bajan de los ¢35.000. Otros productos más sutiles que camuflan su propósito de dar placer, como los vibradores con forma de popis o los succionadores de clítoris con silueta de pingüinos, se encuentran a ¢50.000.
Pero todo esto sigue siendo “vainilla” para Kai Navarro, director de la comunidad BDSM en Costa Rica, que agrupa prácticas como el sadomasoquismo, el bondage y la dominación y sumisión.
Si bien ha observado cambios en el comportamiento del mercado y de los usuarios en los últimos 20 años, que han abierto el camino para que se ofrezcan juguetes más diversos para todos los gustos, apunta que la industria del país “está basada en la genitalidad”, pues escasos productos están pensados para estimular el cuerpo de otras maneras.
Dentro de este grupo BDSM, que reúne al menos a 300 personas por año en sus talleres sobre sexualidad alternativa, se habla de juguetes todavía más costosos. Claro, porque cotizan el trabajo de artesanos nacionales que tardan días preparando el cuero para un arnés o flogger con mayor resistencia.
Para complementar sus hogares, algunas personas incluso compran muebles de ¢150.000, precio que puede aumentar según su tamaño y tipo de material (por lo general madera y metal). Algunos asemejan máquinas de gimnasio o cepos, como los que se usaban en la era medieval.
En cuanto a los juguetes sexuales más caros, en los primeros eslabones de la lista destacan las cajitas de electricidad, que usualmente se importan a partir de los $1.500. Son maletas con pinzas o piezas afiladas que electrizan distintas partes del cuerpo.
“Este es un tema profundamente tabú y se aborda casi siempre desde la sexualidad reproductiva y la prevención. Enseñan cómo quedar o no quedar embarazada y cómo evitar una enfermedad de transmisión sexual, pero los temas de autoconocimiento son un tabú, los temas de placer más allá de la relación coital”, acotó Kai Navarro.
Terreno compartido
Ya está establecido que en una sex shop entra cualquiera. Ya sea el hombre que le llama la atención el maniquí decorado con rojo en el pasillo de un mall o la mujer que ingresa a una boutique porque le gustaron las candelas.
A ellos se les suman los jóvenes ansiosos de estrenar la cédula y los adultos mayores cuya edad se delata por el plateado en la cabellera. Casados, solteros, divorciados... clientes son de todas las edades; siempre mayores de edad, claro está.
Por ser un público tan amplio, ningún gerente se atreve a precisar qué sector de la población los frecuenta con mayor regularidad, en contra de la creencia popular de que se trata solo de personas cuir o quienes se visten de negro.
Uno de los clientes más fieles de La Bóveda, por ejemplo, es un hombre de 50 años que gasta entre ¢100.000 y ¢120.000 colones a la semana, según cuenta la dueña del local. “Compra cosas interesantes, que uno no imaginaría. Son personas que puede que no sean promiscuos, sino que les gusta experimentar un montón de cosas”, dice Hidalgo.
Y aunque en los últimos lustros hemos visto una mayor apertura hacia la industria de juguetes sexuales, para algunos sectores las sex shops representan poco menos que la apertura de las puertas del infierno, aun cuando las tiendas eróticas “disimuladas” reproducen música pop, pintan sus paredes de colores pasteles y los difusores brotan olor a cereza.
Estos comercios incluso recuerdan a salones de belleza o almacenes, decorados con flores y chocolates. A primera vista es algo casual, pero al parpadear las vitrinas exhiben masturbadores y papeles que rezan “¿Cómo sería su encuentro sexual ideal?”. Solo eso escandaliza.
“Viendo el reflejo social de la peripecia sobre derecha y conservación de pensamiento sigue siendo una sociedad muy puritana. También lo vemos en el tema de la aceptación de temas de género, de temas de sexualidad”, apuntó Kai Navarro, de la comunidad BDSM.
Pero que el sexo sea un negocio rentable no sorprende a nadie. Que casi todo el mundo lo practique, tampoco. Así que si usted va a comprar un juguete sexual, vaya úselo en paz y acuérdese de limpiarlo con jabón antibacterial y agua al finalizar.
La sexualidad de juguetes dependía mucho de lo que el distribuidor consideraba como lo más vendido y no lo que era más acorde a una sociedad (...). La clientela a lo largo de los últimos 10 o 15 años ha ido pidiéndole a las sex shops que se diversifique con ciertas cosas que ve en internet".
— Kai Navarro, director de la comunidad BDSM
