
El Mundial 2026 nos dejó abundantes controversias, suficientes para entreternos hasta la próxima edición del encuentro del fútbol global. Por supuesto, algunos partidos marcaron puntos álgidos, como el controvertido Argentina vs. Inglaterra, donde la política pasó de los libros de historia a los memes y a la cancha. Tal asunto nos trajo a la mente el gran problema que son los mapas.
Un mapa sirve para orientarnos. También para pelear. Un argentino que busque las Islas Malvinas en Google Maps no verá exactamente lo mismo que un británico. En Argentina aparecen como “Islas Malvinas”; en el Reino Unido, como “Falkland Islands”; y en muchos otros países, ambas denominaciones conviven. No es un error del sistema: es una decisión deliberada. En Costa Rica, aparecen como “Islas Malvinas (Falkland Islands)”, una decisión salomónica.
Detrás de una aplicación que millones de personas usan para llegar a un restaurante o evitar una presa existe un equipo dedicado a resolver uno de los problemas más complejos de la geografía moderna: cómo representar un mundo donde muchos países no se ponen de acuerdo sobre dónde termina una frontera o cómo debe llamarse un territorio.
Google explica que procura mostrar la información cartográfica más precisa posible, pero que, cuando existen disputas territoriales, consulta tratados internacionales, autoridades cartográficas y legislación local. En algunos países adapta nombres y límites a la normativa vigente; en otros, identifica las zonas en disputa mediante líneas discontinuas.
El caso de Costa Rica en Isla Calero
Costa Rica conoce bien las consecuencias que puede tener una línea mal trazada. De hecho, vivimos uno de los casos más célebres, citado en artículos académicos y análisis geopolíticos.
En 2010, durante el conflicto fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua, el entonces encargado del dragado del río San Juan, Edén Pastora, utilizó un mapa de Google para sostener que Isla Calero pertenecía a Nicaragua.
Como documentó La Nación, la empresa reconoció que existía una inexactitud en la delimitación de la frontera y anunció una corrección. También hizo una aclaración poco habitual: sus mapas “de ninguna manera pueden ser tomados como referencia al momento de decidir acciones militares entre dos naciones”.
“El mapa digital se ha convertido en un instrumento geopolítico”, escribe Jahanvi Verma en el blog del GNLU Centre for Public & Private International Law. “A medida que las plataformas representan las fronteras para miles de millones de usuarios, influyen en la forma en que el territorio se entiende, se reivindica y se defiende. El derecho internacional ha reconocido desde hace mucho tiempo el valor probatorio y el poder simbólico de los mapas. En la era digital, ese poder se ha multiplicado”.
Por supuesto que el nuestro no es un caso aislado. Tras la anexión rusa de Crimea en 2014, Google modificó la representación de la península según el país desde donde se consulta. Lo mismo ocurre con Cachemira, cuya frontera cambia para los usuarios en India y en otras partes del mundo, y con Taiwán, cuya condición política continúa siendo motivo de desacuerdo internacional.

Mapas en disputa
La guerra en Gaza también reavivó el debate. En redes sociales circularon afirmaciones de que Google había eliminado “Palestina” de sus mapas. La empresa respondió que nunca había etiquetado ese territorio como un Estado y que representa Cisjordania y la Franja de Gaza conforme a criterios cartográficos aplicados desde hace años, debido a que sus fronteras siguen siendo objeto de disputa.
Ahora bien, nada de esto es nuevo. Esta tensión acompaña a la cartografía desde mucho antes de la era digital. El geógrafo británico John Brian Harley escribió que los mapas nunca son representaciones completamente neutrales de la realidad, porque cada uno implica decidir qué mostrar, qué nombre utilizar y dónde dibujar una línea. Cada línea es una decisión; cada línea puede marcar vidas y destinos.
Sin embargo, la mayoría de las veces esas diferencias pasan inadvertidas. Pero cuando se trata de territorios disputados, un color, una frontera o una palabra pueden convertirse en un asunto diplomático.
En aquella época del conflicto de Crimea, en 2014, Christine Leuenberger, profesora de la Universidad de Cornell, explicaba a BBC: “La gente suele asumir que la ciencia es simplemente objetiva y que lo que hacemos en cartografía es representar el mundo ‘tal como está ahí afuera’. Pero nunca es tan sencillo”.
“Los mapas siempre son selectivos. Siempre hay que omitir tanto como se incluye. Por eso, siempre son políticos. Es imposible elaborar un mapa apolítico”, agregaba.
Así las cosas, pasadas las pancartas de “Las Malvinas son argentinas” en el Mundial 2026, no podemos seguir imaginando que lo que nos muestran las apps es el mundo tal cual es. Es uno de muchos posibles.

