Karina Salguero. 7 diciembre
Foto: El Mercurio/ GDA.
Foto: El Mercurio/ GDA.

El pensamiento chileno se parece a su geografía alargada, extrema, diversa y opuesta, que se debate por pertenecer a los polos y que puede ser dicotómico o una enorme amalgama. El antipoeta Nicanor Parra parecía una bellísima anomalía en la cultura, hasta que pasados los años, nos dimos cuenta que era más bien su esencia. Y se puede decir que gran parte de la familia Parra lo ha sido.

Nicanor era el mentor de su propia hermana Violeta, una voz con cadencia mapuche que puso el oído del mundo en esas tierras, para que su hermano, luego, fijara los ojos en las profundidades. Ambos se amaban, pero la vida de Violeta fue fugaz como ella quiso.

“La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”, Nicanor deja fragmentos de himnos en la historia, como este. Siempre adelantado a su época, Nicanor Parra introdujo el humor y el lenguaje coloquial a una cultura algo hedonista en términos literarios. Nacer en la tierra de Pablo Neruda y además, ser poeta es inspirador y asfixiante, en ambas dosis. Ese peso de una visión telúrica de la poesía chilena fue así durante toda la carrera de Nicanor. Sin embargo a él no le importo, porque supo construir en la antipoesía una plataforma anárquica que pudiera contener el fluir del pensamiento y la resistencia generacional a cánones tan desgastados como los dejados tras las dictaduras de las naciones de América Latina.

Uno puede pensar en estos dos grandes poetas y verlos acercarse, cada uno, Nicanor y Pablo a temas universales como el amor. Neruda entraría con todo su peso; Parra le pasaría por encima (al amor). Quizá su cercanía con la ciencia lo situó en la concreción de las ideas y no los ideales. O tal vez, el Chile que heredó Nicanor, por relevo generacional, tenía que continuar por otra vía. Imposibles de comparar, como Chile, que no hay región más bella que otra, precisamente porque ninguna es igual.

“Pido que me den el Nobel de lectura a la brevedad imposible”, lapidario y coherente, vivió momentos de alta angustia e incluso cuestionamientos políticos, que enfrentó abrazado al principio de libertad creativa. Nicanor sabía jugar con el asombro, la sorpresa e incluso la angustia, como si nos llevara hacia adentro de las propiedades de la materia, la energía, el tiempo, el espacio y las interacciones del pensamiento. Nicanor era físico de profesión y dictó una cátedra de Mecánica teórica en la Universidad Nacional de Chile, su poesía recupera la agudeza de la ciencia.

“Llore si le parece. Yo por mi parte me muero de risa”.

La fortuna de haber tenido al escritor Nicanor Parra por más de cien años es un evento para celebrar, y su muerte es tan reciente que los estudios que se hagan sobre su vida, profunda en la incorrección y extensa en obra, van a seguir sorprendiendo.

Lo queremos despedir, pero pienso que es mejor que sea Nicanor quien se despide:

EPITAFIO.

De estatura mediana,

Con una voz ni delgada ni gruesa,

Hijo mayor de un profesor primario

Y de una modista de trastienda;

Flaco de nacimiento

Aunque devoto de la buena mesa;

De mejillas escuálidas

Y de más bien abundantes orejas;

Con un rostro cuadrado

En que los ojos se abren apenas

Y una nariz de boxeador mulato

Baja a la boca de ídolo azteca

-Todo esto bañado

Por una luz entre irónica y pérfida-

Ni muy listo ni tonto de remate

Fui lo que fui: una mezcla

De vinagre y de aceite de comer

¡Un embutido de ángel y bestia!

La autora es editora, escritora, gestora de emprendimientos en industria creativa y consultora en temas de innovación y creatividad.