Laura Ávila. 7 diciembre

La muerte se enamoró profundamente de su voz y decidió llevársela un sábado 6 de octubre, día en que se apagó el eterno respiro de Monserrat Caballé Folch, una de las sopranos más aclamadas del siglo XX.

FOTOGRAFÍA: PASCAL GUYOT/AFP
FOTOGRAFÍA: PASCAL GUYOT/AFP

En el mundo operístico la catalana era conocida como la intérprete del fiato (respiración) interminable y la voz lírica que conquistó los teatros más importantes con las composiciones de Gaetano Donizetti, Vincenzo Bellini, Giuseppe Verdi, Giacomo Puccini y Richard Strauss.

En vida la artista rechazó ser una diva y se consideraba una humilde servidora de la música. Sin embargo, su disciplina y su eterno respeto por cada partitura a la que se entregaba, le dieron un espacio en la exclusiva lista de leyendas, junto a María Callas y Joan Sutherland.

Hoy solo quedan grabaciones, anécdotas y el recuerdo de una artista de carácter humilde. Como en toda despedida se recuerdan pasajes emotivos, en este obituario artístico vale la pena rescatar la anécdota que la catapultó hasta el firmamento operístico.

Una leyenda que se forjó desde 1965

La escena internacional se enamoró de este potente instrumento musical, cuando Caballé subió al escenario del Carnegie Hall en Nueva York para sustituir a otra leyenda, Marilyn Horne en la ópera Lucrezia Borgia.

Aunque de primera entrada la anécdota suena fascinante, lo cierto es que el debut en este importante escenario inquietó a la española, pues no se sentía preparada para entrar a la boca del lobo.

Afortunadamente los nervios de la catalana fueron aplacados por el empresario que la recomendó para el rol, ya que no tenía que actuar, sino que simplemente debía cantar una ópera en versión concierto.

Yo no he hecho nada especial. Me he limitado a seguir las indicaciones de los compositores, que son los verdaderos divos de la ópera

Caballé debutó en el escenario neoyorquino el 19 de abril de 1965 y ahí se comenzó a escribir su leyenda. La soprano hipnotizó al público con su magistral interpretación de Gaetano Donizetti.

Sus asombrosos pianissimos y sus cadencias -que tenían un carácter dulce y parecían interminables- provocaron que los amantes del canto lírico se rindieran a sus pies.

“Se volvieron locos, aplaudieron locamente. No entendía el por qué, porque para mí había sido servir a la música, hacerlo lo mejor que podía, y seguir las líneas del compositor”, comentó la humilde Caballé, en una de sus últimas entrevistas televisivas.

La huella que dejó la soprano en su debut fue fue tal, que la crónica del New York Times se tituló “You hold your breath when Caballe sings”.

Ella era así, su musicalidad y su exquisita técnica vocal, captaban la atención de melómanos, periodistas y artistas de los más variados géneros, entre ellos Freddie Mercuri.

El vocalista de Queen también se rindió a la reina del canto lírico y este encuentro dio fruto a un sueño perfecto, Barcelona, canción de los Juegos Olímpicos de 1992.

Estas dos anécdotas son solo dos pinceladas de las impresiones que dejaba a su paso la soprano española. Durante su trayectoria Caballé conquistó escenarios y corazones.

Su instrumento fue tan potente que le bastó para hacer música durante cincuenta años. Después, la voz de Caballé cantó un decrescendo hasta que se apagó por completo, y dio su último adiós en el escenario de la vida a los 85 años.