Jenny Cascante. 7 diciembre
Foto: AFP.
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Durante mi adolescencia, The Cranberries se convirtió en una banda favorita a la cual podía acudir cuando me sentía extremadamente triste o sumamente feliz, siempre con la certeza de encontrar el estímulo adecuado para mis emociones: la voz de Dolores O’Riordan.

Originaria de Limerick en Irlanda, Dolores era el arquetipo de mujer talentosa al que muchas personas aspiramos en algún momento de nuestras vidas. Nadie podría ignorar esa admirable habilidad para escribir y componer, acompañada de una figura pequeña y de apariencia frágil que contrastaba con el poder inmenso de su voz. ¿Cómo pasar por alto esa vocalización tan particular? Solo un 2% de las mujeres en el mundo tienen voz contralto como la de Dolores y sus mismos compañeros en The Cranberries reconocen que se enamoraron de ella desde el primer instante en que la escucharon cantar.

Solía decir que, para escribir sus canciones, necesitaba sentir un poco de tristeza. Es un poco angustiante recordar ahora que su vida estuvo marcada por circunstancias dolorosas que la acompañaron, quizá, hasta el último día. Años antes de su fallecimiento, confesó haber sido víctima de abuso sexual siendo una niña, por parte de un hombre cercano a su familia. Guardó el secreto por años, pero decidió revelarlo al público en el año 2013, como parte de un proceso en el que intentaba superar el sufrimiento que llevó sobre los hombros.

En medio de una prolífica vida como compositora y cantante, entre discos y giras, Dolores también sorteó pesares con la anorexia, trastorno bipolar, adicciones, intensos períodos depresivos y, hacia el final, un dolor crónico de espalda. Con la misma intensidad con que sus problemas personales la cercaban, y tal si se tratara de un contrato tácito, ella encontró la manera de convertirse en el grito que las víctimas de la guerra no podían dar (Zombie, del álbum No Need to Argue), en la exhalación que se concibe con el desamor (Linger, del álbum Everybody Else is Doing It, So Why Can’t We?) y en la máxima expresión de afecto materno (Animal Instinct, del álbum Bury The Hatchet), entre otros sentimientos.

De su cerebro y corazón, salieron cinco álbumes con The Cranberries, dos discos como solista e incontables colaboraciones. Con su arte nos hizo crecer de adentro hacia afuera, in crescendo. Como si nos hubiera dedicado Dreams, Dolores se convirtió en un sueño para sus fans, en la revelación de algo espectacularmente divino y armonioso que llegaba para rescatar a quienes se encontraban sumidos en sus propios abismos.

La última vez que habló con su madre, eran alrededor de las 3 de la mañana y estaba de buen humor. Tenía algún tiempo planeando la salida de un nuevo disco junto a sus compañeros de banda, habían conversado sobre entrevistas en China, donde The Cranberries seguía gozando de una enorme popularidad. Más tarde ese día, el 15 de enero del 2018, Dolores O’Riordan, de 46 años, fue encontrada muerta en la bañera de su cuarto de hotel en Londres. Había viajado ahí con el fin de trabajar en algunas grabaciones. Se dictaminó que se ahogó accidentalmente tras una intoxicación etílica.

“Los hombres no tienen idea lo difícil que es para las mujeres en la industria del rock and roll. Mientras nosotras estamos dando a luz y amamantando, ellos solo se la pasan bien”.

El 23 de enero, después de una sentida ceremonia religiosa, fue sepultada junto a su padre, en Limerick. Afuera de la iglesia y en varias estaciones de radio se escuchó al unísono When You’re Gone, en homenaje. Ni una lágrima quedó por fuera.

Nombrada por la revista Billboard este año como la cantante alternativa más influyente en la historia, su legado continúa vigente y sin comparación. Nuestro pacto con ella será siempre recordarla, como una mujer llamada Dolores que fue capaz de brindar tanto alivio a miles de personas, únicamente con su voz.

La autora es editora y escribe sobre cine y televisión en badhairdays.net.