La cumbia que brotaba de los parlantes detuvo a un señor en la plaza de la Democracia. A lo mejor hubiese seguido de largo cualquier otra noche, pero ahora tenía al frente a unas parejas que lanzaban y recogían el pie izquierdo, para que el derecho imitara el movimiento, brincando al son del swing criollo.
En los últimos lustros, este baile ha ganado tracción: superó el “veto” de los salones que lo consideraban “pachuco”, tuvo su apogeo en la televisión local y Costa Rica lo declaró patrimonio cultural inmaterial, lo que encamina a una eventual declaratoria de la Unesco.
Incluso muchos festivales y eventos públicos incluyen presentaciones de este género en su programación, pero con ello se despierta una inquietud: ¿Qué garantiza que la esencia del swing criollo, ese que nació en los barrios capitalinos, no perderá el pulso al consolidarse como algo “institucional” o hasta “folclórico”?
Lo endémico de San José
“Para entender el origen del swing criollo hay que entender el contexto de la vida popular de Costa Rica”, dice Eric Madrigal, fundador y director del Instituto Costarricense del Swing y el Bolero Criollo, quien ubica los principios de este baile en los años 60 en los barrios del sur de San José.
Nuestro país tropical aspiraba a consolidar una producción empresarial e industrial, lo cual empujó a que cientos de familias se desplazaran hacia la ciudad. Serían esos jóvenes, por lo general de escasos recursos, que convirtieron el baile en el centro de la vida capitalina.
“Por todos lados se bailaba en grandes salones, salones de la clase alta, de clase media, clase baja, cantinas, sodas (...). La pasión del baile es donde ellos encuentran el fundamento para poder sobrevivir a una ciudad que les era muy adversa, porque no corresponde con los lugares de donde provenían”, acota Madrigal.
Y en medio de la efervescencia, comenzaron a mezclar pasos de rock and roll con cumbia. Cuando las canciones sonaban alegres se trataba de swing, y cuando eran románticas, era bolero.
Esta es la hipótesis de Madrigal sobre el origen del swing, plasmada en la investigación Historias de vida de los primeros bailarines y bailarinas de swing 1965-1975. Reconstrucción de la memoria histórica, la cual desarrolló con la beca taller del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ).
Sin embargo, con los años han surgido otras versiones, o más bien, matices de la historia. Algunas apuntan a que surgió en la década de 1950 en las bananeras de Golfito y Corredores —como una forma de entretenimiento—, y que llegó a San José gracias a los camioneros.
“Nosotros los ticos nos caracterizamos porque lo que no sabemos, lo inventamos”, dice Ligia Torijano, quien lleva 35 años entre pistas y clases de baile, y sostiene que los obreros imitaban los pasos que veían en las películas estadounidenses pasada la Segunda Guerra Mundial.
Por décadas se consideró un baile vulgar: las parejas se tomaban de las manos, había fricción en las caderas y las mujeres abrían “demasiado” las piernas para girar.
“En el 2007 me acerqué al Ministerio de Cultura para ver qué se podía hacer para para defender y proteger algo que ni sabía que existía (...). Es un arte que estaban haciendo todos los bailarines a la hora de bailar y ni ellos sabían qué era lo que estaban haciendo, porque eso es una pasión. Uno baila a descargarse, a tirar todo el estrés, a conquistar”.
— Ligia Torijano
El boom del swing
Hasta los 80, el swing permaneció en San José; sus habitantes inventaban técnicas y cada uno tenía al menos un movimiento característico. Lo bailaban veloz, brincadito, lento o super lento. Y quizás por la excentridad de esos pasos no pudo contenerse, porque estalló por todo el país con la transmisión de los concursos televisivos.
Salones como Karimar, en Guadalupe, se convirtieron en el refugio de la vieja y la nueva guardia del swing criollo. Hubo alguna reticiencia de los veteranos: los jóvenes alteraban un poco la “pureza” del baile. Hoy existe un mayor consenso, en el entendido de que toda danza es maleable en el tiempo.
Ambas partes defienden que este género no es un ritmo, ya que no tiene música propia: se baila con cumbia o salsa, pero no hay un sonido exclusivo que lo acompañe, explica Ligia Torijano.
“No había ningún acompañamiento de nadie, porque nadie le interesaba. Ahora, después de la declaratoria del swing como patrimonio, ya vieron cómo que hay que entrarle. Ya tiene credibilidad que antes no tenía”, añade Torijano, crucial en la enseñanza del género en academias de danza y cuya figura circula en las monedas coleccionables de ¢100.
Fue a inicios de los años 2000 que comenzó a tomar fuerza la discusión sobre el valor patrimonial del swing criollo: por un lado, la dimensión material de la expresión y los sentimientos tácitos de bailar; por otro, el componente inmaterial ligado a las vivencias y saberes de las comunidades que lo moldearon. Y para Madrigal, esa última es la que recibe menor atención.
“No debemos olvidar lo que ellos hicieron (los bailarines de la vieja guardia). No hay que blanquear la expresión”
— Eric Madrigal
Preservar el patrimonio
“El Estado está muy concentrado en que el swing se baile en tarima y que se hagan festivales, que esté en los teatros; lo están de alguna manera folclorizando (...). No es que tengan la mala intención, pero entre más se presente el swing en la tarima, más posibilidades hay de que los recursos fluyan hacia ellos (coreógrafos) y que puedan salir del país”, explica Madrigal.
La preocupación también atraviesa a bailarines de la vieja guardia, pues temen que el swing criollo pierda su esencia: esa que nació en los barrios marginales.
Y si este baile ingresa a la lista de patrimonio cultural inmaterial de la Unesco —tras la solicitud presentada por el MCJ en marzo de 2025—, algunos portadores consideran que la discusión podría concentrarse en la dimensión externa de la expresión, con el riesgo de que los recursos estatales se dirijan solo a la promoción de los festivales o la exhibición de grupos coreográficos, en lugar de fortalecer los saberes, las prácticas y la memoria colectiva de las comunidades.
Sobre esta inquietud, José Fernando Madrigal Fallas, director de la Dirección de Patrimonio Cultural (DPC), reconoció que se trata de una situación a la que puede enfrentarse cualquier manifestación cultural.
Explicó que, aunque busca visibilizar al “sector popular urbano” sin caer en una “apropiación cultural del baile”, también procura acercar la expresión a las nuevas generaciones mediante su presencia en escenarios y actividades públicas.
Según detalló, pretende trabajar junto a los portadores del swing criollo y las casas de cultura para promover el diálogo con las nuevas generaciones, a través de iniciativas como la incorporación de bailarines históricos en programas educativos y el impulso de proyectos comunitarios en fondos concursables.
“Visualizo gestionar un archivo audiovisual nacional directamente. Quiero buscar las entrevistas con los portavoces jugadores históricos, la parte más de los relatos, los estilos, la evolución, el contexto social, exponer un poco más el salón de baile como elemento principal donde acogen a a los bailarines” añadió Madrigal.
Para Enrique López-Hurtado, representante encargado del sector cultura de la Unesco, los portadores de las manifestaciones son la base primordial del patrimonio, por lo cual “disiparía esos temores”. Asimismo, aseveró que, al tratarse de un patrimonio vivo, es natural que esté sujeto a cambios.
“No hay ninguna expresión de patrimonio cultural y material, una danza, una música, una festividad, que se mantenga estática en el tiempo. Esta va a cambiar a medida que se produce lo que llamamos la transmisión intergeneracional. (...). Toda cosa que está viva cambia a lo largo de los años sin perder su esencia”, mencionó.
Por lo pronto, Costa Rica tiene tres elementos presentados para ser incluidos en la lista: el Cristo de Esquipulas, el calypso limonense y el swing criollo. Quien lo determina no es la Unesco, sino el Comité Intergubernamental para la Salvaguardia, cuyos miembros son elegidos por su Asamblea General.
(El swing criollo) es una expresión de patrimonio cultural inmaterial de carácter urbano que pone en realce la movilidad social en un periodo de emigración del campo a la ciudad. Y con estos valores fueron creando una sociedad más inclusiva con un tejido social más fuerte"
— Enrique López-Hurtado, representante encargado del sector cultura de la Unesco
Así se baila swing criollo
Si se piensa en swing criollo, inevitablemente saltan a la memoria los salones de baile. Y basta con darse una vuelta por el Valle Central para notar que están en peligro de extinción.
Para mantener aflote a los que resisten, portadores como Madrigal consideran que se debe establecer un plan para el fortalecimiento de los salones, como lo hizo Buenos Aires, donde los locales de tango y milonga quedaron exentos de pago de impuestos. O bien, replicar los sistemas de pensiones vitalicias y estimulación de becas para los bailarines, como se hace en Colombia, Irlanda y Japón.
“Nuestra comunidad sigue siendo muy pobre (...). Es bonito ver el swing en la tarima, pero eso no va a tener ninguna implicancia sostenible a largo plazo sobre la extinción”, asegura.
Por lo pronto, quienes bailan swing criollo consideran que el género se mantendrá vivo “para rato”. Ha sufrido modificaciones estilísticas generacionales -ahora los jóvenes dan muchas vueltas y el choque de las manos es efímero- y quizás en 20 años no sea igual. Pero lo estático, que no está bajo discusión, es la pasión.
“El baile hace que se me olvide todo. Yo creo que eso lo trae uno de natural, ese gusanito, porque yo no puedo escuchar música sin estar bailando”, dice Gladys Arce, de 70 años, quien frecuenta todas las semanas los salones de baile en Garibaldi en Desamparados, el Típico Latino en Heredia, el Copey en Santa Bárbara o Viejillos en Sarchí.
Y bailarines de la nueva guardia, como Priscilla Arroyo, consideran que el swing “llena de felicidad”. “A veces estoy tan agotada, tan cansada y me pone la pieza que me gusta y es como el cuerpo me reacciona. Es como cuando uno se pega el número al que se apuntó”, dice.
Si se antojó, puede ir a darse una vuelta a la plaza de la Democracia con las actividades que organiza la Asociación Cultural del Swing y el Bolero Costarricenses (Aswingbol) una vez al mes. Y si no le gusta la idea de bailar en público, en La Avispa se baila algunos domingos y los jueves la fiesta se mueve al bar La Cali, en barrio La California.
Para quien no lo conoce, el swing criollo puede verse complicado, pero siempre alguien tiene vocación de profesor; y si se anima, tranquilícese al saber que su base siempre ha sido, aparte de unos giros, la libertad que trae la improvisación.
