
En medio del frenesí creciente en el que vivíamos hasta hace seis meses, con una carga de pendientes y el permanente corre-corre de alistarnos y desplazarnos hacia el trabajo, más todos los etcéteras, le robábamos minutos a la jornada para hablar por cel, whatsapear o intercambiar audios con nuestros compas.
Hoy, confinados, hablamos cada vez menos con nuestra gente porque no hay forma de evitar el tema omnipresente del que tan agotados estamos. Pero, con todo lo que hemos perdido, a la postre algo saldremos ganando. Y no solo nos juntaremos más, sino que nos llamaremos más. Esa es la fe.
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A principios de enero, un día cualquiera veo un muchacho todo guapo, con una camisa lindísima, no se me olvida, que llegó y se sentó en el conglomerado de escritorios que está detrás del nuestro. “Chiquillas ¡llegó barco” les digo a varias de las colegas que trabajan conmigo. “¿Cuál barco? Tiene años de sentarse detrás suyo y de oír todas sus tonteras” me dicen.
Versión corta: ahí con mis argucias logré que nos hiciéramos cuates en cosa de 15 días, yo con el Chuky adentro; ya en febrero éramos re-compas pero en eso empezó a avecinarse el tsunami que comenzaba a hacer estragos en el planeta y la primera semana de marzo el país oficializó el primer caso de covid-19: en un tris, como un acto de responsabilidad social y humana, la empresa nos mandó para la casa y de inmediato estableció el nuevo funcionamiento según la legislación del teletrabajo.
La gran sorpresa fue saber, justo en esa coyuntura, que el vecino de escritorio también era vecino del barrio, acá mismo, en las inmediaciones de La Nación en Llorente. Y claro, en la marejada de hipótesis que se manejaban en el momento, siendo vecinos y ya en confinamiento y teletrabajo los dos, pues nos hicimos pinche y minche, al punto de volvernos inseparables (con el distanciamiento físico de rigor --¡qué chichón!, bromilla--) y bueno, yo que me jacto feliz y también en guasa de que ya no tengo espacio para un amigo más, me volví adicta a Julio, y él a mí.
Nos pasábamos todas las novedades, nos comprábamos unas birrillas y nos sentábamos en el quicio del jardín de mi casa a contarnos nuestras vidas y elucubrar sobre ese bicho surreal que había arrodillado al planeta en cuestión de semanas, yo empecé a cocinar y le llevaba comida; él iba de compras y me traía aguacates y así.
En cuestión de semanas cualquier intentona de conquista quedó enterrada antes de comenzar, pues nos hicimos tan recompas que el asunto mutó a una amistad/hermandad solidaria, llena de confesiones, filosofadas, anécdotas y risas.
Después de los primeros tres meses (ojo, y esto lo estoy acopiando y analizando apenas en estos días, de ahí que quisiera compartirles estas líneas) ... decía que después de los primeros tres meses, cuando ya el asunto empezó a ponerse color de hormiga en Tiquicia y en el resto del continente, se cambió la dinámica de trabajo y ya aquellos tiempos del primer trimestre, cuando sacábamos un ratico en las noches para ventearnos y filosofar, se volvieron cada vez menos frecuentes.
El resumen es que, a pesar de que somos adictos el uno al otro, hemos dejado no solo de vernos --ya ahora, a dos metros y con cubrebocas, diay mejor ni hablar (nunca mejor dicho), hay casi que gritar y como al otro no se le ve la boca, menos que nos entendemos--, también hemos dejado de hablarnos por teléfono y creo que los últimos whatsapps nos los cruzamos hará dos o tres semanas.
Esa es mi historia con Julio, en tiempos de coronavirus. Y también con mis otros 800 mejores amigos y amigas (esa cifra de compas es la que me endilga mi jefe, Víctor Fernández, quien desde hace años me escucha hablar de mi gente y son legión a los que identifico como “es que es uno de mis mejores amigos-as)”.
Es harto posible que la cifra sea mayor, entonces ¿cómo explicarnos que esa sequía de comunicación que describí con Julio, se haya vuelto una tendencia entre muchísima gente que, como yo, ahora tiene más tiempo pero menos ínfulas para hablar?

El silencio, daño colateral
La incomunicación voluntaria en la era máxima de la comunicación masiva es uno más de los tantos daños colaterales provocados por el macabro nuevo coronavirus cuya principal tragedia es el cobro de miles de vidas humanas y el costo en la salud de millones alrededor del mundo.
Ni hablar del caos económico que también tiene arrodillado al planeta, es decir, estar en mute o en modo avión es una contingencia mínima comparada con todas las tragedias que ha provocado la pandemia a lo largo y ancho del globo.
Pero bueno, estamos los otros, los que sin sufrir (aún y esperemos que no) dramas de semejante calibre, también afrontamos los coletazos de la pandemia y es a raíz de esto que recién caí en cuenta de cuánto nos ha cambiado la vida, empezando por el bajón en nuestra otrora tupida comunicación con nuestros vínculos amistosos y hasta familiares.
Y es que, ignorantes como estábamos cuando todo esto comenzó, viéndolo en retrospectiva, cuando nos mandaron a muchos a trabajar en la casa, de pronto hubo una oleada de optimismo, casi un espíritu aventurero, diría yo.
Como cuando a los de las generaciones de los años 70 u 80 nos mandaban tres meses de vacaciones y había un mundo de cosas por hacer: en este caso, las “vacaciones” consistieron en ahorrarse al menos una hora al alistarnos, bañarnos, ponernos un buzo y encremarnos (o bueno, allá cada quien con sus rituales mañaneros) antes de sentarnos frente a la compu con un cafecito casero y así.
Inconscientemente, muchos lo percibimos como un sabático de nosotros mismos: no más pintura de uñas por unos meses, tiempo para que saliera la chocoterapia y recuperar la virginidad del cabello, aprender a cocinar, chinear las plantas del jardín, todo aquello que colgábamos entusiasmados en nuestras redes sociales.
Me atrevo a decir que muchos atravesamos esas semanas con una sensación de que se trataba de un estado pasajero, máxime porque los números de Costa Rica con respecto a la pandemia nos ponían como ejemplo en el mundo y, hay que decirlo, con bastante candor, inocencia y fiebre patriótica, nos llegamos a creer que la pandemia nos iba a pasar por encima, y sin despeinarnos.
Ya a la altura de mayo y junio, cuando los trimestres se convirtieron en semestres y el aumento de casos y fallecidos por el coronavirus se convirtió en pan, digo, en conferencia de todos los días, poco a poco se nos fue bajando el ímpetu, por decir lo menos.

Ahora hasta risa mezclada con ternurita me da recordar cómo en las primeras semanas de confinamiento, muchos estábamos todos pompeados con las entonces novedosas reuniones virtuales por una plataforma que apenas en marzo prácticamente nadie conocía: la hoy imprescindible Zoom.
Uno de mis 800 amigos tuvo el detallazo de invitarnos a otros 10, con los que conformo uno de 50 grupos de WhatsApp (como nos ocurre a todos) a una paella con par de cervecitas, se aseguró de que la cena nos llegara con buen tiempo a nuestras casas y estrenamos un Zoom que duró tres horas, mientras cenábamos y nos reíamos de las mismas tonterías que nos alborotan la serotonina cada vez que nos juntamos en persona.
Hasta dónde recuerdo, esa noche de sábado tocamos el tema de la pandemia apenas de soslayo y nos dedicamos a lo de siempre, a lo nuestro, a las bromas, a las filosofadas de vida, ¡a los planes para cuando “todo esto pasara”!
Veamos, incluso, que ya casi no usamos esta frase que estuvo de boca en boca durante meses: “cuando todo esto pase”. Y tampoco volvimos a ver reuniones festivas por Zoom en redes sociales, de seguro aún las hay pero no con aquella frecuencia e intensidad como las que veíamos a cada rato en fotos en redes, entre marzo y abril.
Así fue como tras casi seis meses de estar sometidos a un parón inimaginable, a un cambio total de la vida como la conocíamos, me percaté de que llevo al menos tres meses de venir posponiendo, inconscientemente, la comunicación con decenas de amigos por el único medio seguro que tenemos hoy por hoy para hablar y hasta vernos vía pantalla con esa legión de compas con la que estábamos en contacto, al menos una vez al mes o cuando menos nos lo pensábamos, antes de que la covid-19 se dispersara por el planeta para imponer una nueva, inédita e inaudita realidad de vida.
Justamente esta reflexión se impone por eso y porque tras conversar con compañeros de trabajo y hacer un breve sondeo con mi gente, todos hemos caído en cuenta de que se impone tremenda pregunta como un gran elefante blanco: si no es de coronavirus y de toda la complicada madeja por y con el covid ¿de qué vamos a hablar?
Una compañera de trabajo me contaba que igual sus relaciones sociales están en pausa, pero aún así, hay un amigo que de vez en cuando la llama para saber cómo está, y como no hay mucho qué contar, la conversación se llena de silencios incómodos hasta que él le pregunta, con toda la buena fe pero pésimo tino: “¿Y qué va a hacer hoy?”. Y que ella para sus adentros desea decirle “Diay, jetear, como los últimos meses ¿qué más voy a hacer?”.
Otro amigo, Íñigo, hablando de este tema del silencio autoimpuesto por el perezón de hablar del coronavirus, me dice que a menudo quiere llamar a una de sus mejores amigas pero que, de nuevo, en la robotizada rutina que permanecemos, lo más novedoso que puede contarle la otra es que ese día cuando se despertó se colocó la pantufla izquierda en el pie derecho.
Pero bueno, tras compartirles estas líneas, “pensar en voz alta”, que llaman ahora, me he dispuesto en estos últimos días a poner al menos uno o dos audios optimistas, divertidos y, sobre todo, llenos de fe imaginándonos cómo serán nuestros reencuentros, nuestros abrazos, nuestras risotadas y, ¿por qué no? nuestras lloradas.
Podemos nadar en incertidumbre, imagino que todos lo hacemos en mayor o menor grado. Pero también podemos soñar con recuperar aquellos vínculos físicos con nuestros compas, y aunque no haya todavía fecha prevista para los reencuentros, es muy sabroso evocar aquella contentera que nos da desde buen temprano cuando sabemos que ese día nos vamos a encontrar con tal o cual o aquel.
Porque puede ser que el macabro coronavirus nos tenga arrinconados y callados. Pero solos, no. Porque, hablémonos o no en estos días, a la hora de los balazos sabemos que nos tenemos los unos a los otros. Y que todos estamos a un simple click. Ya con solo esa sensación deberíamos acopiar serenidad por ahora y mucha ilusión... para cuando todo esto pase.
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