Revista Dominical

Museo Nacional: Los secretos del cuartel militar que hoy resguarda la historia

Se fundó en 1887 pero fue hasta 1950 que el Museo Nacional transformó al antiguo Cuartel Bellavista en el resguardo de nuestra memoria. Túneles de tiempos militares; tesoros rescatados de incendios y muebles presidenciales son parte de su colección invaluable

Decenas de mariposas Morpho, con su intenso color azul, son las encargadas de darle la bienvenida a los curiosos de la historia. Caminar por el jardín es una experiencia para disfrutar, un momento que sirve como abreboca para emocionar a cualquiera que llegue al Museo Nacional de Costa Rica en busca de conocimiento.

Los sentidos se activan. La mirada se pone más curiosa y se dispone para encontrar en el museo los secretos mejor guardados de la historia de nuestro país. El oído se activa y queda listos para prestar atención a las narraciones que nos cuentan los anales de nuestra idiosincrasia dentro de lo que una vez fue un cuartel de guerra.

La mariposa Morpho se convirtió el 28 de abril en el nuevo símbolo nacional. Unos días después, el 4 de mayo, el Museo Nacional de Costa Rica cumplió 135 años de fundación, siendo testigo, actor y símbolo de la historia de nuestro país.

Desde 1950 el antiguo Cuartel Bellavista es la casa del museo; antes se había ubicado en la Universidad de Santo Tomás (1887-1896), en los jardines de El Laberinto al sur de la capital (1896-1903) y en el antiguo edificio del Liceo de Costa Rica (1903-1949); siempre en San José.

Pero fue en el otrora cuartel de guerra donde encontró su sede definitiva. Sus muros y torreones esconden grandes recuerdos que siguen, al día de hoy, revelándose a los costarricenses.

El actual mariposario del museo, por ejemplo, fue un espacio donde posiblemente se realizaban prácticas de tiro. Sus viejas paredes, cubiertas hoy por plantas que alimentan y sirven de hospedaje a las Morpho, recibieron décadas atrás las balas disparadas por las armas de los oficiales durante sus entrenamientos. El sonido de aquellos balazos quedó en el pasado, mas no en el olvido.

Durante un recorrido amplio por el cuartel convertido en museo, acompañados por la historiadora y curadora Gabriela Villalobos, y por Wendy Segura, de prensa y relaciones públicas de la institución, un equipo de Revista Dominical descubrió algunos de los más grandes misterios que guarda el museo dentro de sus paredes.

Caminamos por lo que fue el piso de la casa de don Juanito Mora; fuimos iluminados por una majestuosa lámpara de techo que adornó de forma pomposa el antiguo Congreso de la República que a mediados del siglo XIX estuvo donde actualmente se encuentra el Banco Central. Descubrimos el detalle especial y curioso que esconde el bastón del expresidente Cleto González Víquez y algunos tesoros que han rescatado los historiadores y arqueólogos del museo de la basura y hasta de un incendio.

Y es que la misión del Museo Nacional no solo es la de exponer, sino de salvaguardar la historia a partir de los objetos que posee, pero también desde el rescate, la investigación y la restauración. Los expertos de la institución trabajan para que la historia natural, arqueológica y social de Costa Rica se mantenga viva y al alcance de todos.

“Nos preguntan por qué tenemos tantos objetos guardados. No es que no queramos exhibirlos pero a veces es muy caro el montaje, otras no hay espacio. En cada exhibición hay miles de horas de investigaciones y de restauración, son meses y meses de trabajo solamente para que el público las pueda apreciar”, explicó Villalobos.

La experta agregó: “Para llegar a una exposición hay un amplio trabajo de restauradores, arquitectos, curadores y diseñadores para que el público pueda disfrutarla”.

El Museo Nacional nació a finales del siglo XIX, en la época del Estado Liberal con proyectos como el educativo, el cual buscaba modernizar al país a partir de la ciencia. Para esos años el mundo estaba maravillado con las exposiciones internacionales, y eso se trató de emular aquí.

Antes del nacimiento del museo hubo ciertos intentos de formar un centro de recopilación y resguardo de la identidad nacional. Su preámbulo fue la exhibición de 1886 llamada Primera Exposición Nacional, que se montó pensando en llevar una muestra del país a la Exposición Universal de París de 1889.

La exhibición local se inauguró el 15 de setiembre de 1886. El presidente Bernardo Soto fue el encargado de darle el banderazo de salida a la muestra que estuvo abierta durante 18 días con el fin de estimular las artes, la agricultura y la industria locales. Al evento asistieron 40.000 costarricenses.

“La exposición fue un rejunte de todo un poco, había muchas piezas arqueológicas de la colección de José Ramón Rojas Troyo. También estaba la colección de José Cástulo Zeledón que era especialmente de aves, además de algunos bienes de arte y otros que tuvieron que ver con la construcción del ferrocarril como objetos ligados al metal y la fundición”, explicó la historiadora.

En esa exposición se presentó, por ejemplo, la pala de plata conmemorativa de la finalización de la construcción del Ferrocarril al Atlántico.

Tras su creación el 4 de mayo de 1887, durante la administración Soto Alfaro, la misión del Museo Nacional fue servir de depositario, clasificador, investigador y restaurador de la historia costarricense. Entre sus especialistas destacan arqueólogos, biólogos e historiadores.

El Cuartel Bellavista o Buenavista se empezó a construir en 1917 cuando Federico Tinoco, entonces ministro de Guerra y Marina de Alfredo González Flores, buscó el fortalecimiento de la institución militar.

“La construcción del cuartel en esta ubicación no es casual porque tenía que estar en un punto estratégico. El nombre viene desde antes porque está en un punto alto de la ciudad de San José y desde aquí se puede ver la ciudad completa. Quien está en este punto alto, domina la ciudad”, explicó Villalobos.

El Cuartel Bellavista terminó de construirse a finales de la década de 1920.

En nuestro recorrido tuvimos la oportunidad de subir al espectacular torreón del sector suroeste que se usó como punto de mira y control de la ciudad de San José en tiempos de guerra.

La edificación está en remodelación y pronto podrá ser visitada por el público. Nos dimos cuatro gustos admirando desde las alturas toda la Avenida Segunda, aunque la estructura es mucho más pequeña que cuando se construyó, ya que se demolió una parte en 1949 después del “Cardonazo” (intento de golpe de estado a José Figueres Ferrer por parte de su ministro de Seguridad, Édgar Cardona).

La demolición de la torre se hizo para evitar que fuera usada como punto militar estratégico en algún conflicto futuro. La estructura original superaba los 26 metros de altura, actualmente mide 14. También se taparon varios túneles que fueron descubiertos en el 2009 durante el proceso de remodelación del lugar.

Después de la abolición del ejército, el 1. ° de diciembre de 1948 y del famoso mazazo que Figueres Ferrer dio en uno de los muros del edificio, la cultura y la historia tomaron el cuartel.

Siguiendo con el recorrido reconocimos, por la famosa fotografía, el lugar exacto donde Figueres Ferrer en un acto simbólico abolió el ejército. El golpe se lo dio el caudillo a uno de los muros del lado oeste del edificio con un mazo, y si bien ese muro está también remozado, mantiene sus materiales originales.

Con una intensa investigación los especialistas del museo lograron ubicar con precisión el lugar donde se dio aquel histórico golpe.

A un lado de ese muro oeste se puede apreciar además una plazoleta que, en la época del mazazo de don Pepe fungía más como el techo de un nivel más bajo del edificio.

Otro estudio llevó a los arqueólogos a descubrir que existían túneles que todavía estaban en pie, además de un garitón que servía como un espacio de control para que un oficial vigilara el paso por los túneles que funcionaban como vía de comunicación entre los niveles superiores del cuartel con los más bajos, donde estaban la dirección y las oficinas de los comandantes.

Uno de los secretos más curiosos del inmueble y que durante muchos años estuvo escondido está en la sala que se usó en los primeros años para la exposición de arte religioso, cerca de los antiguos calabozos.

Casualmente en ese espacio estaban las letrinas de los soldados, pero por temas de imagen estas fueron tapadas durante muchas décadas, después de que el museo se apropiara del cuartel. Allí actualmente está la muestra Manglares: barrera y libertad, de la artista Maricel Alvarado.

“Esto es algo que en la memoria de las generaciones más antiguas está presente y es que por muchos años se ubicó aquí la exhibición de arte religioso. Muchos hablaban de los santos y los animales, pero se acuerdan más porque era un poco oscuro y tenebroso. Aquí lo importante es saber cómo funciona la historia del cuartel con la del museo porque en la rehabilitación de este espacio se encontró que allí estaban las letrinas, pero por un tema de estética se habían tapado para usar el lugar para exposiciones”, explicó Villalobos.

Después de la intervención que se hizo para celebrar los 50 años de la Abolición del Ejército, se descubrieron las letrinas y se dejaron expuestas.

En ese mismo espacio, para demostrar cómo el patrimonio apunta en muchas direcciones, se colocó parte del elegante cielorraso que estaba en el antiguo edificio del Congreso de mediados del siglo XIX.

“Esto es un gran ejemplo de cómo cambia el concepto de patrimonio. Hay cosas que la gente discrimina por su estética y su relación con el poder. Las letrinas representan lo más cotidiano del ser humano y el cielorraso el poder y la distinción. Cada objeto nos permite entender un edificio y nos contextualiza en su función, son sus huellas”, afirmó la historiadora.

Siguiendo en los calabozos que servían como castigo para los oficiales indisciplinados, las paredes del lugar están llenas de graffitis que en su momento los encerrados dibujaron para expresar sus molestias, amores y hasta preocupaciones. Muchos datan de los años 1930 y otros de tiempos de la guerra civil de 1948.

Otro detalle que llama la atención en los torreones son las troneras, pues desde la perspectiva interna se puede entender para qué funcionaban los agujeros en la pared y el por qué de su diseño.

“Fueron construidas para disparar desde adentro con una visión en un ángulo hacia abajo. Por dentro son amplias, pero desde afuera son pequeñas, esto con el fin de poder disparar y evitar recibir balazos desde el exterior; es una estrategia militar de ataque y defensa”, comentó Villalobos.

Muchas de las troneras del edificio estaban selladas y con el tiempo los investigadores fueron destapándolas para darle al cuartel una lectura correcta por parte de sus visitantes.

Caminar por los pasillos del antiguo Cuartel Bellavista es recorrer la historia paso a paso: el Museo Nacional no solo guarda las impresionantes esferas precolombinas, sino que en cada rincón hay un pedazo de nuestro pasado que nos remite a memorias de cómo se formó la sociedad costarricense.

En los corredores cerca de la plazoleta, donde los pisos de mosaico cuentan también con muchos años, hay unas bancas grandes, de madera maciza y muchas de ellas pertenecieron a familias que se reunían en las afueras de sus casas a departir, o incluso otras fueron usadas en iglesias.

En el centro del jardín principal del museo destaca una estructura muy llamativa, algo que en la actualidad es muy difícil de ver: un pozo de agua.

Este pozo perteneció al Hospital San Juan de Dios para abastecimiento del líquido vital. Para trasladar la estructura al museo se necesitó de todo un plan de ingeniería que en la década de 1970 sorprendió a propios y extraños por la calidad del trabajo: fue tan bien hecho que el pozo está intacto. Muchos de los visitantes lanzan monedas al fondo, tal vez con la intención de que se les cumpla un deseo.

Otro ejemplo de los secretos del museo son las dos edificaciones aledañas al cuartel que fungieron como las casas del comandante y subcomandante. Ambos edificios, que forman parte del paisaje urbano patrimonial arquitectónico de San José, fueron restaurados para usarlos como espacios de exposición, pero antes sirvieron como oficinas y hasta bodegas.

Entrar a ellas es viajar en el tiempo. El trabajo de restauración que realizó en el museo el arquitecto Rónald Quesada muestra a la perfección el uso del espacio en aquellas casas coloniales con techos altísimos y separación de zonas de descanso, atención de las visitas y las áreas de cocina y limpieza.

En la casa del comandante se pueden apreciar varias bellezas históricas. Una de ellas son las impresionantes lámparas de techo y las que fueron ubicadas en las paredes del lugar. Resulta que dichas piezas, que parecen ser a juego, son las que se usaron en el pomposo edificio del Congreso del siglo XIX. Estas completaban el diseño del cielorraso que se puso en las letrinas del cuartel.

Por un tema de peso, explicó Villalobos, no se pudo colgar entera la lámpara en la casa del comandante siendo que se dividió en secciones y algunos de los focos son los que se ubicaron en las paredes.

En la casa hay otro secreto muy importante que se expone en la recreación de una habitación de la época. Gracias a una donación, en este cuarto hay dos camas y un espejo circular de gran tamaño, muebles que pertenecieron a la recordada cantante Julita Cortés, del trío Los Machucambos. Julita era descendiente del expresidente León Cortés Castro.

En otros espacios, el Museo Nacional quiso rendirle un homenaje a la cotidianidad de los costarricenses, representando diferentes escenas del legado cultural por medio de estatuas de color blanco.

Estas esculturas son impresiones en 3D y para hacerlas se usaron como modelos a costarricenses que están relacionados con la historia directamente.

El primero de ellos fue un joven diseñador de apellido González, quien fue la inspiración para crear la estatua que representa a un español de la era colonial. El modelo fue elegido porque González es uno de los apellidos españoles más comunes en América Latina.

“La idea es vincular el hoy con el ayer. Cambiar el concepto de historia es una de las cosas más difíciles, no solo en mitos y silencios, sino en recuperar las voces en términos de que todos y todas somos protagonistas de la historia”, explicó Villalobos.

Más adelante se ve a dos indígenas, María y Dereck, del territorio Rey Curré. Sus imágenes se usaron para representar el tributo que los indígenas debían pagarle a los colonizadores.

Otras esculturas destacadas en la exposición son la de una enfermera, para la cual posó una funcionaria de Salud. También la del señor Carlos Aguilera, quien por muchos años fue el dueño de la famosa Zapatería Panamá y quien representa a los artesanos y obreros de San José.

Además se puede apreciar una figura de un soldado costarricense, inspirada en un joven cuyo abuelo tuvo que huir durante la guerra de 1948.

El piso de la casa del expresidente Juan Mora Porras fue rescatado de la demolición que se hizo de la estructura, a mediados del siglo XX.

Por ese piso de madera tal vez el presidente caminó reflexionando algunas de las decisiones más importantes que tomó durante la campaña de 1856-1857.

Adelantándonos más en la historia, el museo tiene en exposición un piano muy especial, ya que se trata del instrumento con el cual se interpretó por primera vez el Himno Nacional, luego de recibir su letra.

El piano fue ejecutado por doña Ester Venegas, esposa de don José María Zeledón, escritor, poeta y periodista quien compuso la letra del himno. Esto ocurrió en un evento en el Edificio Metálico, en San José.

La colección de bastones de expresidentes del Museo Nacional muestra las características de la sociedad en la cual muchos de ellos gobernaron. Ahí destaca especialmente el de Cleto González Víquez.

Su bastón es de marfil y en la punta tiene una cabeza de dragón labrada. Dentro de ese detalle tan llamativo hay un cascabel que el expresidente hacía sonar a su llegada a cualquier evento.

Muchos de los objetos que hay en resguardo en el Museo Nacional se han logrado obtener gracias la labor acuciosa de sus arqueólogos e investigadores. Muestra de ello es, por ejemplo, un ajuar que rescataron de un incendio en Limón.

“El OIJ de Limón nos llamó cuando se quemó una casa y nos dijo que habían objetos que ellos creían que eran históricos. Hasta allá nos fuimos en plan rescate. Cuando llegamos por supuesto que todo estaba mojado, pero empezamos a recolectar objetos en bolsos. Tuvimos la suerte de que muchos no se dañaron completamente con el fuego”, recordó Villalobos.

Entre esos objetos destacan algunos collares de tela. Villalobos explicó que los objetos rescatados del incendio están relacionados con la organización de la comunidad afrodescendiente en Limón por medio de iglesias como la anglicana, la bautista y la metodista; así como las logias. “Eran la forma institucional de organización de su comunidad porque había un estado que no los consideraba parte”, dijo la especialista.

Otra curiosidad es que los historiadores encontraron en la basura unas bolsas para guardar dinero que se usaban en el desaparecido Banco Anglo. “Cuando el museo amplió sus bodegas se usaron las que eran del banco y en medio de la basura ahí estaban botadas las bolsas que representaban la historia de esa entidad que fue parte de un cambio muy importante en la historia del país”, explicó Villalobos.

Estos son algunos de los grandes secretos guardados en el Museo Nacional durante sus 135 años de vida, pero la historia de Costa Rica data de siglos atrás, así que vale la pena ir, buscar, escudriñar y preguntar muchas veces para seguir descubriendo y entendiendo nuestro papel en el desarrollo del país.

El Museo Nacional desde sus adentros es una aventura que bien puede aprovecharse en muchas visitas. Vaya, aprenda y analice la vida del costarricense desde sus primeros tiempos.

Jessica Rojas Ch.

Jessica Rojas Ch.

Bachiller en periodismo de la Universidad Internacional de las Américas. Cubre temas de música nacional e internacional, además de informaciones de entretenimiento.

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