Jorge Arturo Mora. 3 noviembre
El capitán Jon Helmsdal lleva ocho años en el Logos Hope. Vive con su familia a bordo de un barco que nunca se detiene. Foto: mayela lópez
El capitán Jon Helmsdal lleva ocho años en el Logos Hope. Vive con su familia a bordo de un barco que nunca se detiene. Foto: mayela lópez

Desde un ventanal de las cabinas residenciales del Logos Hopes se aprecia el tambaleante océano pacífico. El barco, que pareciera estar ebrio por su incesante vaivén, permite que las niñas Emma y Keyla puedan correr de un lado a otro de la habitación sin la mínima náusea.

–Uno se acostumbra rápido– dice Keyla mientras se sienta en su camarote y acomoda las colchas con rapidez.

–¿Ni para dormir te causa problemas el movimiento del barco?

–No, para nada– responde súbitamente la infante mientras toma un almohadón con un unicornio multicolor.

Las horas de ambas hermanas dentro del barco están en agonía, pues hoy será su último día de respirar dentro del navío llamado Logos Hope. Tras un par de carreras entre la habitación, su padre Alex entra al recinto para llamarles la atención.

“Vamos niñas”, les dice el papá con calma y continúa su camino.

“Estamos muy emocionados porque, por primera vez en un año, vamos a comer fuera del barco”, asegura su progenitor mientras camina hacia afuera de la habitación. “Ya estoy soñando con camarones y con un churchill”, dice con su risa profunda.

Desde el año pasado, las cuatro paredes de la familia Paniagua han sido agua. Los cuatro integrantes de la familia dejaron su casa en Cartago para residir en la eterna frontera.

Aprovechando la primera gira continental de la década que realizó el Logos Hope por América –barco que carga con una extensa librería de títulos por todo el mundo– la familia Paniagua dejó amistades y raíces con la consigna de volver con otros ojos.

Su intención se cumplió, pues ahora regresan a su país con la nostalgia empaquetada en su mirada y el calor que les ha dado doce meses de compartir con 375 tripulantes voluntarios de sesenta países, quienes se suman al barco en su mayoría por un llamado nacido de su fe cristiana.

Keyla, Julie, Emma y Alex fueron los únicos costarricenses a bordo del barco en el último año. Foto: mayela lópez
Keyla, Julie, Emma y Alex fueron los únicos costarricenses a bordo del barco en el último año. Foto: mayela lópez
Casa en la migración

“Por supuesto que no fue sencillo tomar la decisión. Es algo difícil”, dice Julie, la madre de las niñas, sentada en el sillón de su cabina que en las noches se convierte en dormitorio.

“Había que pensarlo mucho porque ellas debían dejar sus escuelas y sus amistades, pero sabíamos que era una experiencia que nos iba a unir mucho”, confiesa.

Keyla, de 10 años, rápidamente delata las dificultades que su hermana Emma, de 6, pasó en los primeros días en el barco.

“Para mi hermana, la navegación en la primera semana no fue muy buena”, dice con una sonrisilla escondida.

“Para la segunda me vomité”, precisa Emma, sin pena. “Iba y venía, no podía parar. Siempre tenía que ir al baño… Pero un día, salimos los cuatro a tomar aire fresco y vimos como diez delfines. Estaban muy cerca, estaban debajo de nosotros”.

“Fue algo como una señal”, la interrumpe su padre. “Fue muy significativo porque nos embarcamos en algo nuevo que nos parecía bellísimo y nuestra intención era que ellas pudieran disfrutarlo”.

Tanto Julie como Alex vivieron la experiencia actual de sus hijas también a temprana edad. Los progenitores de Julie –quien nació en California, pero es nacionalizada costarricense– fueron activos miembros del Logos Hope durante toda su vida. Eso provocó que en su adolescencia Julie se embarcara durante dos años a bordo.

“Fue complicado porque en el barco no hay adolescentes ni ahora ni cuando yo estuve. Es una época difícil, por eso quisimos que ellas vivieran esto siendo niñas. Creo que es la edad ideal”, asegura con su fluido español levemente marcado por su país de origen.

La historia de su esposo coincidió con el camino de Julie. Alex conoció el Logos Hope en la primera visita del barco al país, en Puerto Caldera, hace 21 años.

“Yo ahí vi a esa mujer y me volvió loco. Cuando el barco volvió y la vi de nuevo, supe que tenía que conocerla”, rememora Alex quien conoció a la embarcación cuando tenía 19 años. “Yo me conecté mucho con la iniciativa y bueno, luego Julie y yo nos casamos y llegamos a pensar en esta experiencia que nos conectó tanto”.

En el barco, cada tripulante tiene la misión en común de estar en servicio de los países que visitan alrededor del mundo. En octubre del año pasado, los Paniagua viajaron directamente a Granada para sumarse a la tripulación y proyectar un año en cubierta. Desde ese instante, Julie asumió funciones dentro del servicio de abastecimiento de alimentos, mientras que Alex es parte de la administración del barco.

Keyla y Emma vivieron en este camarote hasta el pasado viernes 26 de octubre. Foto: mayela lópez
Keyla y Emma vivieron en este camarote hasta el pasado viernes 26 de octubre. Foto: mayela lópez

Las hijas, por su parte, debían preocuparse por sus estudios. El barco cuenta con una escuela que funciona de martes a sábado, ya que el lunes es el día en que la embarcación permanece cerrada.

“Es la manera en que el barco descansa. Necesitamos reponer energías de toda la semana”, asegura Alex, “y así ellas se mantienen al día y conocen a más personas”.

En esta escuela brotaron las amistades que Keyla y Emma estrecharon durante los últimos meses. Ambas comienzan a recitar los países de sus amigas infantes (Inglaterra, Holanda, Trinidad y Tobago, Rumanía…) lo cual provoca una nostalgia inmediata en la hermana mayor.

“Eso también es difícil, pero es parte de. Igual no cualquier niño puede decir que tiene amigos de literalmente todas las partes del mundo”, dice Julie.

Incluso, en la puerta de la cabina de la familia Paniagua, debajo de una placa en la que se lee un gran PURA VIDAy quedan aún algunas invitaciones a fiestas de cumpleaños realizadas por otras niñas tripulantes.

“Ya nos toca el turno a nosotros”, dice Emma, quien se muestra con mucha más alegría de descender finalmente del barco. “Muchas de nuestras amigas se han ido bajando y ya nos toca”, confirma.

La familia Paniagua intercambia el inglés y el español en sus días. Durante su estadía en el barco, mantuvieron un ambiente hogareño. Foto: mayela lópez
La familia Paniagua intercambia el inglés y el español en sus días. Durante su estadía en el barco, mantuvieron un ambiente hogareño. Foto: mayela lópez
Siempre mar

Hoy la familia Paniagua desciende, pero la actividad del barco –que comenzó en 1973– no se interrumpe.

En la cabina de navegación se encuentra Jon Helmsdal, el capitán del barco.

El marinero, nacido en Islas Faroe (Dinamarca) observa con detenimiento una fotografía de toda la tripulación, donde se mira a Alex y Julie en la esquina inferior derecha.

“Esta la tomamos en la última Navidad”, dice el capitán con su pausado inglés. “Cada diciembre tomamos una foto. Esta la tomamos en Cartagena. Se pueden ver la cantidad de banderas de los tripulantes. Es mucha gente la que está en esto”.

Esta Navidad, el capitán cumplirá su octavo año de servicio desinteresado en el barco. En su infancia, el Logos –primer navío que existió para esta iniciativa– llegó a su archipiélago para asombrarlo.

“Ahí lo conocí sin tener la mínima idea de que años después querría convertirme en capitán. Supongo que la influencia de familiares que se han dedicado al mar me caló y yo quise ser parte de esto”, confiesa.

El capitán, quien es un hombre afable y que no deja atisbos de preocupaciones, asegura no sentir vacíos en su estómago por residir en el mar. Su esposa y sus tres hijos viven con él dentro del barco.

“Además existe esta imagen de que el capitán no puede separarse de la cabina, pero sí puedo tener tiempo para mí, como parte de una familia y para hacer cosas que me gustan”, admite Helmsdal, quien es un gran fanático de la Liga Premier de Inglaterra.

Fiel a su estilo, el capitán no se queda en su cabina de mando. Recorre el barco, busca hablar con visitantes y su tripulación.

En uno de los pasillos se encuentra Amusha Moodley, una joven sudafricana que se encarga de la gestión de comunicación.

“El barco llegó a mi país y yo sentí la necesidad de conocer más. Hemos ido por el mundo, he visto gente que no tiene nada, que no tiene lo que uno da por presupuestado. Eso dimensiona mucho”, confiesa la joven que lleva tres años en el navío.

En la recepción del barco se encuentra Lincoln Bacchus, trinitobaguense que el próximo mes regresará a su país tras dos años a bordo.

“Ya extraño mi casa. Ha sido una experiencia muy gratificante, al comienzo muy dura, pero me emociona volver a estudiar, volver a estar en mi hogar. Es una linda manera de cerrar la vivencia”, asegura.

En otro de los ventanales del barco espera su salida esta tarde Juan Núñez, dentista chileno que realizará labor social en comunidades puntarenenses cercanas al arribo del barco.

“Vamos a revisar a las personas que lo necesiten. Este barco tiene una clínica muy completa, muy buena. Ser parte de esto es algo muy espiritual, es algo muy íntimo”, sentencia.

Todas sus caras se postran en un pizarrón que permanece en el tercer piso del navío, antes de las salas de cocina.

Cada fotografía se acompaña de un taller que cada uno realiza, una vez más, por voluntad propia. Espacios de baile, de oración, de motivación y de teatro se enlistan.

Las decenas de rostros se estampan en el pizarrón durante su estadía. Todos sus sentimientos reposan en la cubierta más allá de lo que suenan sus zapatos.

“Todos estamos aquí por algo, pero lo que más importa es a quienes llegamos”, finaliza el capitán, dejando que sus palabras se mantengan a flote.

Desde los años setenta, el Logos Hope ha visitado todos los continentes con una tripulación voluntaria. Foto: mayela lópez
Desde los años setenta, el Logos Hope ha visitado todos los continentes con una tripulación voluntaria. Foto: mayela lópez