Un aire místico impregnaba las primeras sex shops que vieron luz verde en Costa Rica. Pintadas con tonos oscuros, iluminadas con pequeños bombillos y construidas con pasadizos que llevaban a los pocos dildos en exhibición, despertaban cierta vergüenza en la gente. Han cambiado los tiempos, pero parte de esa culpa no se esfumó.
Para muchos, comprar un juguete sexual resulta una experiencia más solitaria y silenciosa que otra cosa. Primero deben vencer la barrera mental de querer adquirirlo; luego, el “reto” de presentarse a la tienda. Ya una vez dentro, se debaten entre 15 minutos y media hora hasta decidirse, y algunos incluso se retiran vencidos por el oprobio de recibir orientación del personal.
Los que se quedan, sin embargo, suelen tomar las paredes de la sex shop como un confesionario. Sin demasiados reparos, comparten anécdotas tan íntimas que parecieran que las están contando con copa de vino en mano.
Lo hacen aquellas personas deseosas de nuevas experiencias, como probar el sexo anal o ser suspendido en cadenas, o aquellas parejas en las que el hombre se cuestiona si un dildo lo “sustituye”. Y nunca fallan quienes se pasan de tono con las propuestas que serían mejor recibidas en un prostíbulo.
“Llegan y te dicen: ‘Bueno, yo le compro eso, pero hagamos un trío’ o ‘la queremos a usted’ (...). Pero simplemente estamos vendiendo un producto”, aseguró Guiselle Artavia, gerente comercial de Erotica, una de las sex shops de antaño en San José.
Como la mayoría de las tiendas también atienden por redes sociales, los chats no están exentos de estos intercambios. Por allí, algunos clientes se les insinúan a los vendedores con conexiones sexuales e incluso les ofrecen regalos en metálico, pese a que a la foto de perfil es un logo empresarial.
“Hay que entender eso, hay que leer qué tipo de persona es y cómo quiere que se le atienda. Aquí hay más oportunidades de que salgan corriendo que cuando entran a una tienda de zapatos y le quieren vender un par de tenis”, agrega Diana Hidalgo, dueña de La Bóveda, tienda que abrió hace tres meses en la calle del Cine Variedades, en el centro de San José.
Otros clientes llegan a la sex shop como si fuera cualquier otra transacción; dígase comprar el diario o una computadora, porque ya saben lo que quieren. Al menos tienen claro el tipo de juguete que andan buscando: si es para usar en pareja o en solitario, o para una zona erógena en específico.
Eso sí, antes de decidir cuál de todos se llevarán a casa, más de uno pasa por una torva emocional. Entonces, además de actuar como confesores para escuchar los pecados (cometidos o soñados) más extraños de la clientela, los trabajadores brindan apoyo sentimental.
En una ocasión, recuerda Hidalgo, una cliente le contó que nunca había tenido un orgasmo a causa de un abuso sexual. En otra oportunidad, una adulta mayor narró que no quería “echarse a morir” después del deceso de su hijo, por lo que buscaba “sentirse linda y experimentar” con lencería.
¿Qué se hace en esos casos? No reaccionar ni muy expresivo ni con mucho adjetivo, sino tratar de entender estas experiencias para sugerir el producto más preciso y, si es necesario, remitir al cliente a un profesional de la salud.
“Tenemos que reaccionar y poder empatizar y profesionalmente brindarle a algo que en serio les funcione (...). Más allá de la morbosidad son cosas que le permiten a las personas liberarse de la rutina, del estrés”, añade Hidalgo.
